21.03.2017
Por Eugenia Rojas Carpio,  responsable de Promoción Comunitaria de Médicos Sin Fronteras en Acapulco.
 
"Converso con una compañera de trabajo que vive en la misma colonia de Acapulco donde Médicos Sin Fronteras desarrolla sus actividades. Mientras esperamos, ella me comenta de la vida, su vida: un esposo violento que durante los primeros años de matrimonio le propinó golpes e insultos, hasta que lo denunció. Entonces, el maltrato dejo de ser físico, pero las humillaciones no cesaron. Lo que más le dolió, fue comprobar que las principales víctimas habían sido sus dos hijos mayores, quienes interiorizaron el trauma de la violencia familiar. 
 
Como un intento de luchar a su modo, contra esta violencia, a la última hija de cuatro la llamó Kariño. Le puso este nombre porque si algún día se enamoraba de un hombre maltratador, por lo menos él se vería obligado a llamarla cariño, a la fuerza. En este momento pensé en Cortazar: “Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”. Sentí unas enormes ganas de abrazarla y lo hice.
 
Salgo a la calle, miro el hermoso e imponente Pacífico frente a mí, el atardecer y los barcos llenos de turistas. Intento entender su dolor; una vida sin tregua, sin compasión, llena de miedos y frustración. Mi compañera no sólo vive una vida en la que trata de superar la violencia en su hogar sino que, para colmo de males, también habita en la ciudad más violenta de México: Acapulco. 
 
En este contexto, nuevamente, parece relevante pensar en lo que significa vivir con miedo a ser alcanzado por una bala, confundido con un señalado, levantado por el crimen organizado o desaparecido por alguno de los actores armados con presencia en la ciudad.
 
 
Vuelvo al mar y pienso lo irónico de vivir en una ciudad hermosa y al mismo tiempo tan grotesca; controlada por los carteles y la delincuencia. De todas formas, la gente chapotea en el agua, compra tacos, esquites y diablitos. 
 
A pesar de todo, se ven turistas consumiendo en grandes y lujosos hoteles, listos para recibir a los visitantes que vienen de todo el país. También están los coches de lujo, las cabalgatas, los restaurantes exclusivos, las playas reservadas y el malecón, donde la gente pasea sin mezclarse con los jóvenes y las familias aún movilizadas por los 43 desaparecidos de Ayotzinapa.
 
El 19 de enero Aristegui noticias informa: “En la colonia Generación 2000 y en la colonia La Fábrica, ubicadas en Acapulco, fueron hallados los cuerpos de dos hombres: uno de ellos maniatado con impactos de bala de entre 40 y 45 años de edad, y otro desmembrado y puesto dentro de un costal en un canal pluvial”. No es que sea un medio amarillista, es que esta es la realidad cotidiana de la ciudad. La violencia es diaria y se puede comprobar en el lenguaje: los cadáveres, los desmembrados, los calcinados son noticias, estadísticas, pero han perdido su calidad de padres, hermanos e hijos. 
 
En este contexto la vida cotidiana es compleja. La percepción generalizada es que todo se ha corrompido: en la tortillería se encuentra el halcón (menores de edad que actúan como alerta de la presencia de fuerzas armadas); las plazas son espacios para el consumo de estupefacientes a bajo precio; los terrenos baldíos depósito de cadáveres — enteros o desmembrados —  las mafias locales cobran cuotas de extorsión a la población que, si no acata, paga con la vida.
 
Desde el trabajo con Médicos Sin Fronteras en Colonia Jardín y en Ciudad Renacimiento, barrios urbanos marginales con altos índices de violencia, constatamos que sus habitantes han aprendido a convivir con la violencia, al punto de asimilar como cotidianas, las dinámicas del crimen organizado  en sus barrios. 
 
A través de las redes de apoyo familiar y comunitario, proponemos espacios de diálogo, donde se reflexiona sobre el contexto en el que habitan y trabajan. Grupos de vecinos, de madres, de familias y de jóvenes en los que ha surgido la necesidad de rescatar lo positivo de la solidaridad intentan recuperar la confianza en el vecino, acuerdan volver a mirarse como un colectivo que colabora para restaurar espacios de su comunidad; reconocen la necesidad de entender qué sucede en su entorno. Coinciden todos los grupos en fijarse un objetivo ambicioso: encontrar la manera, personal o a través, de redes de apoyo comunitario, de enfrentar miedos, pesadillas, lutos infinitos, la angustia que provoca salir a la calle o dejar a los niños en la escuela. 
 
 
Estamos empeñados en cumplir su anhelo y que la gente rescate prácticas colaborativas similares a las que sus padres y abuelos usaron para levantar estos barrios. En entender que como individualidades somos débiles, pero que en comunidad podemos encontrar formas de recobrar el sentido de humanidad que la violencia arrebata. Volver a mirarnos nosotros y a nuestros vecinos como seres humanos que merecen respeto; algo tan básico para la vida. 
 
Retomo mi camino pensando en Kariño, las penas de las mujeres maltratadas, las de las madres y padres que no saben dónde están sus hijos. Entre tanto dolor, en vez de sucumbir ante la desgracia, pedimos a la gente que se reconozca como superviviente de una realidad incomprensible y que acuda a los grupos comunitarios en busca de consuelo, estrategias para afrontar el día a día, y formas de acción y movilización que les devuelvan la dignidad. El objetivo es que, como parte de la búsqueda de un bienestar colectivo y de una responsabilidad de todas las familias involucradas, poco a poco se sientan cuidados y amparados.
 
Para aquellas personas expuestas a un dolor y a una angustia insoportable que les impide dormir o relacionarse; para quienes no pueden dejar de llorar o para las que, a causa de las profundas heridas que la violencia les dejó, no han podido rehacer su vida; ofrecemos asistencia psicológica de forma gratuita y confidencial en los diferentes centros de Salud de la Colonia Jardín. Y lo hacemos convencidos de que los procesos terapéuticos pueden lograr aliviar el sufrimiento y recuperar la funcionalidad que permitirá a las personas recuperar un significado para la vida.
 
Se pone el sol, saco mi teléfono móvil para tomar una foto. Pienso en lo mucho que extraño mi cámara, pero por precaución y mientras dure mi trabajo en Acapulco, la  guardo para no llamar la atención ni levantar sospechas. 
 
Me apresuro para volver a casa, no es conveniente caminar sola en la noche. Reflexionar sobre la condición humana remueve las tripas y el calor de la ira se convierte en un impulso para salir, gritar y seguir trabajando; para que la tristeza no acabe con la vida."
 

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Texto publicado originalmente en "El Mundo"

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