02.10.2016
Courtney acaba de comenzar su primera misión con MSF como enfermera a bordo del Dignity 1, un barco de búsqueda y rescate en el mar Mediterráneo. En este texto, nos habla de lo que la inspiró para trabajar con MSF y reflexiona sobre la gente que trata de escapar del peligro y la inseguridad intentando el peligroso viaje.
 
“Mujer que está sentada en las costas de Libia esperando cruzar el Mediterráneo, ¿de qué estás huyendo?
 
Estoy sentada en la cubierta del barco mientras que el Dignity 1 zarpa del puerto en Malta para realizar su siguiente operación de búsqueda y rescate. Estoy emocionada y nerviosa y, como siempre que comienzas un nuevo trabajo, un poco aterrorizada. 
 
Llegaremos a la zona de búsqueda y rescate (en las aguas internacionales cerca de las costas de Libia) en unas 20 horas, si todo sale bien. 
 
Estoy pensando sobre la misión y mis responsabilidades al ser una de las dos enfermeras a bordo y por millonésima vez pienso en lo increíblemente afortunada que soy al estar viviendo mi sueño de trabajar para Médicos Sin Fronteras.
 
Mi cerebro piensa en las situaciones que pueden presentarse médicamente, e imagino cada paso que tendré que realizar para responder. ¿Cómo manejaremos una afluencia masiva de heridos? ¿Qué hacemos si una mujer embarazada entra en labor de parto? ¿Revisé esta mañana el refrigerador en el que tenemos las vacunas? Repaso los medicamentos que están dentro del kit de reanimación y cómo tendré que administrarlos en caso de que sea necesario. Hago una nota mental de repasar todos los protocolos una vez más, y escribo una lista de temas que debo revisar.
 
Alejo de mi mente los absurdos miedos de nuestro bote naufragando o de que mi litera caiga sobre mi compañero en medio de la noche mientras se mece el bote, a veces violentamente, a causa de las olas. Comienzo a sentir un poco de pánico pensando en todos los “y qué si pasa…” y tengo que recordarme a mi misma (porque soy una gran cobarde) que estoy segura y que muy probablemente seguiré estando segura.
 
Mientras me relajo pensando en mi seguridad y la tranquilidad que me trae este sentimiento, esto me hace pensar en la gente con la que nos encontraremos en los días siguientes, esas personas que realizan un viaje peligroso para llegar a la seguridad que perciben en Europa y que no pueden tener la misma certeza sobre su seguridad que yo. 
 
 
Pienso en una mujer que probablemente está sentada en las costas de Libia en este momento, esperando su turno para intentar cruzar el Mediterráneo; probablemente está encerrada en una casa y no puede seguir su viaje todavía. Tal vez está pensando en la familia que dejó atrás o que no sobrevivió el viaje o la estadía en Libia. Tal vez está curando una herida que sufrió por parte de los individuos que gestionan la prisión, las casas o grupos de contrabando, esas personas que supuestamente deben “ayudarla” a llegar a Italia y que, en cambio, son abusivos e inhumanos. Sólo puedo inferir que está asustada, nerviosa y tal vez también un poco emocionada. Definitivamente no está segura sobre lo que le espera en su viaje. 
 
Me preguntó qué tanto sabe sobre el viaje. ¿Sabe acaso que, al ser mujer, probablemente será empujada hacia el casco del barco porque los pasajeros consideran que ese es el lugar más seguro, pero en realidad es donde el calor es sofocante y hay poco oxígeno? Me  pregunto si sabe que es imposible que el pequeño bote de madera o de goma que abordará en Libia llegue hasta Italia. No tendrán suficiente alimento, agua o combustible para siquiera tener una oportunidad de llegar. 
 
Seguramente sabe que cientos de personas han muerto realizando el mismo viaje tan sólo este año. No puedo imaginar cómo se siente saber esto y aún así estar lo suficientemente desesperado para intentar el viaje de todas formas. 
 
Sé qué está buscando: Europa, seguridad, la oportunidad de tener una vida mejor. Pero me pregunto de qué está huyendo. 
 
 
He leído muchas entrevistas y escuchado varias historias del equipo médico desde que abordé el barco. Historias de la guerra, de violaciones, esclavitud, detenciones injustas /encarcelamientos injustos, una pobreza de la que es imposible escapar y una falta de acceso a atención médica básica. Me pongo sentimental al pensar en el viaje que ha hecho y todo el peligro que aún tiene frente a ella. 
 
Estoy segura de que esta mañana ella no ha tenido la oportunidad de tener un desayuno grande y nutritivo, o de intercambiar mensajes de texto con sus seres queridos, como yo lo hice. Sé que su emoción y nervios están presentes por una razón muy diferente a la mía. Y como lo hago siempre que considero este tipo de desigualdades, reconozco el increíble privilegio de la posición en la que me encuentro. 
 
 Desde que tengo memoria, he estado intrigada por los efectos de la guerra, la pobreza y la injusticia social de las personas que experimentan estas situaciones. Probablemente por ser una chica algo rara, me intrigaban otras culturas y devoraba libros sobre guerras, revoluciones, genocidios y movimientos de resistencia, inspirados por aquellos que superaron adversidades abrumadoras para mejorar sus vidas. Sabía que estas cosas habían sucedido en lugares muy lejanos y que las guerras y la injusticia continuaban alrededor del mundo, pero me sentí segura mientras crecía y sabía que era afortunada. 
 
No he tenido una vida totalmente fácil, pero creo que puedo asegurar que incluso durante los momentos más difíciles, debido a lo que leía, siempre estuve totalmente consciente de que gané en la lotería de la vida. Nacer sana, dentro de una familia que me ama, en un país relativamente seguro y libre, me coloca dentro de las personas más afortunadas en este mundo. 
 
No tengo uno, tengo dos pasaportes que me permiten viajar por todo el mundo fácilmente, nunca tengo nervios al pasar por la aduana o miedo de que se me niegue la entrada a un país. 
 
 
Es un privilegio, que cuando paso accidentalmente por la seguridad del aeropuerto con unas grandes tijeras en mi bolsa, y un litro de protector solar (oops…) el guardia de seguridad sólo me mira y dice “no pareces una… persona que haría algún daño, la próxima vez, sólo coloca estos objetos en tu maleta”. Puedo llenar los espacios en blanco de lo que no dijo, y sé que se me otorgó el beneficio de la duda cuando a muchas personas no les hubiera pasado lo mismo. Me hace sentir incómoda. 
 
Es un privilegio contra el que lucho y que intento no malgastar, ya que me encuentro cara a cara con muchas personas que no han sido tan afortunadas. Soy muy consciente del hecho de que esto no es algo que he ganado o que merezco más cualquier otra persona. Es sólo el destino. 
 
Entiendo que la vida no es justa, pero no puedo aceptarlo ni ahora ni nunca. Estoy agradecida de trabajar en una organización como MSF, que me da una forma de luchar contra esta injusticia y que me alienta a defender a los más vulnerables, en este caso, la mujer que está sentada en una playa de Libia esperando subir a un bote y cuya historia no conozco todavía y cuyas heridas todavía no puedo ver, y mucho menos atender.
 
Mientras siento la adrenalina y el viento en mi rostro, además de los nervios por mi primer viaje en el Dignity 1, esta mujer permanece en mis pensamientos. Deseo que esté segura mientras aborda un bote hacinado, sin un chaleco salvavidas, y espero que lleguemos a ella antes de que el bote se hunda, antes de que se asfixie o resulte herida. Sé que su vida, hasta ahora, no ha sido fácil, y espero que encuentre bondad y seguridad en su viaje por el Mediterráneo hacia una nueva vida. 
 
Me gustaría poder hablar con más certeza sobre su futuro mientras nuestro barco se acerca hacia la zona de rescate, pero lo único que sé con certeza es que la tripulación de MSF a bordo del Dignity 1 estará buscando a esta mujer y lista para ayudarla cuando o si la encontramos. Espero que podamos hacerlo."
 

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