07.07.2017
Cientos de miles de personas se han visto desplazadas por el conflicto entre Boko Haram y las fuerzas armadas nigerianas en el noreste del país. Algunos de ellos ya han vivido durante años en hogares temporales. Otros están en movimiento de un lugar a otro. Todos ellos relatan una vida llena de dificultades en busca de un atisbo de esperanza. Estas son algunas de sus historias en las poblaciones de Pulka y Banisheikh, en el estado de Borno.
 
Igor G. Barbero
 
"Para cuando marchamos, ya habíamos sufrido mucho. Estábamos muy asustados. Nos llevó dos días llegar hasta aquí a pie. Dormimos durante la noche entre los arbustos. Algunas de las personas con las que viajábamos fallecieron durante el viaje. Algunos niños murieron de sed porque no teníamos agua”. Falmata es una mujer de 35 años de Shetimari, en el estado de Borno, en el noreste de Nigeria. Recuerda con un suspiro el principio del viaje que la llevó lejos de su aldea. Eso fue hace cuatro años, en medio de un conflicto entre las fuerzas armadas nigerianas y Boko Haram que ha dejado a casi dos millones de personas desplazadas por todo el país y a varios cientos de miles de refugiados asentados en países vecinos alrededor de la región del Lago Chad como el Níger, el Camerún y el Chad.
 
Falmata es una de esas personas que lo ha perdido casi todo, pero todavía espera un futuro mejor. El viaje la llevó a la población de Banisheikh, a una hora y media en coche al oeste de la capital del estado, Maiduguri. "Nos instalamos aquí porque pensábamos que era un lugar más seguro", explica. Mucha gente murió en su aldea, incluidos tres familiares suyos. Miembros de Boko Haram venían en motos y robaban sus pertenencias, recuerda. Algunas mujeres fueron sometidas a matrimonios forzados, otras niñas desaparecieron. "No creemos que la aldea sea todavía lo suficientemente segura como para volver".
 
Lejos de los cultivos con los que antes salía adelante, Falmata se ha estado moviendo de un campo a otro en Banisheikh junto a su esposo y sus siete hijos. La comunidad desplazada ha crecido con el tiempo y la mayoría viven ahora en cinco asentamientos, protegidos sólo por frágiles tiendas de plástico, algunas veces apoyadas con maderos y paja. Estos pequeños espacios, en los que cocinan, duermen y pasan la mayor parte de su tiempo, se convierten en auténticos hornos con las altas temperaturas del verano de Borno.
 
 
 
Cuando llueve, el refugio de plástico gotea. Los fuertes vientos crean a menudo agujeros en el plástico y en ocasiones la madera se ve afectada por termitas, que dañan la estructura haciendo que el refugio se desplome. "No hay mucho que hacer por aquí. Hay gente de diferentes lugares. Casi todos nos hemos vistos desplazados desde hace mucho tiempo. Al menos, la situación es mejor que antes, cuando ni siquiera podíamos dormir bien por la falta de seguridad", dice Falmata.
 
A diferencia de muchas de las carreteras que atraviesan Borno, donde los movimientos sólo pueden hacerse con escoltas militares, el tráfico a lo largo de la ruta que une Banisheikh con Maiduguri se ha restablecido desde hace tiempo, pero los numerosos puntos de control son un recordatorio de la volatilidad de un lugar que es un cruce recurrente para insurgentes procedentes del bosque de Sambisa en la parte sur del estado de Borno, rumbo al norte hacia Níger.
 
En los últimos meses, tras la intensificación de la ofensiva, el ejército nigeriano ha tomado el control de algunos núcleos urbanos de Borno. Los enfrentamientos entre el ejército y Boko Haram están creando nuevas olas de desplazados en todas las direcciones de manera constante. Las personas a menudo no tienen otra opción que abandonar sus aldeas en las zonas rurales, a veces separándose de sus familiares, y trasladarse a las localidades más grandes donde se concentran algunas organizaciones humanitarias.
 
La ayuda no llega a otras áreas inaccesibles, sobre las que emerge poca información. Una de las poblaciones que se ha convertido en un destino recurrente es Pulka, cerca de la frontera con Camerún. Con entre 60,000 y 70,000 habitantes en la actualidad, Pulka ha visto cómo su población ha aumentado considerablemente desde el comienzo del año, con recién llegados diarios o semanales, hasta tal punto que las organizaciones humanitarias temen que el lugar ya no es apto para albergar a muchas más personas, en particular debido a la escasez de agua potable y la falta de refugio.
 
"Cuando la gente llega, tienen muy pocas pertenencias. La gran mayoría son mujeres y niños de hasta 15 años de edad, así como algunas personas mayores", dice Sabina Mutindi, responsable del programa médico de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Pulka. "La generación de hombres jóvenes está completamente ausente", añade Mutindi. Puede que algunos hayan muerto en el conflicto, otros quizás ingresaron en las filas de Boko Haram. "Vemos todos los casos médicos posibles. Pacientes con hipoglucemia, expuestos a un entorno agresivo, que presentan infecciones del tracto respiratorio, úlceras, presión arterial alta". Una vez en Pulka, la lucha es por la supervivencia.
 
 
"Antes del conflicto, tenía una buena vida, pero ahora no sé si mañana podría explotar otra bomba. Me limito a sobrevivir. No puedo trabajar ni moverme... Lo único que puedo hacer es dormir", lamenta Musa, un hombre de 75 años de la localidad nigeriana de Kirawa. Musa habla con pesar después de haber perdido la mayor parte de sus reservas de comida, dinero y pertenencias debido a la violencia. Hace cinco meses, los militares le llevaron a él y a su familia desde Kirawa a Pulka. Esa era, dice, la "única opción disponible". "Pero, ¿qué clase de vida es la que tengo ahora?", se queja Musa mientras señala un trozo de plástico sobre el suelo donde duerme.
 
A pesar de todos los obstáculos, para otros ir a Pulka supone un gran alivio. Algunos habían dejado la ciudad cuando Boko Haram tomó el control y han estado fuera de Nigeria, en Camerún, durante los últimos años. Desde mayo, el regreso de refugiados nigerianos desde Camerún se ha intensificado. Los que vienen vinculan su salida al deterioro de las condiciones en los campamentos donde buscaban refugio. Sin embargo, sus nuevos destinos también tienen servicios limitados. "Nos dijeron que nos obligarían a regresar a Nigeria, así que decidimos venir por nuestra cuenta. Decidí venir a Pulka porque es el lugar donde nací", dice Adama, una mujer de 25 años y madre de cuatro hijos, que vivió en el campamento de Minawao en Camerún durante los últimos dos años hasta principios de mayo.
 
El regreso a Nigeria no está exento de problemas. Durante el viaje, Adama tuvo que cruzar un río y algunas personas que viajaban con ella murieron cuando la canoa que estaban usando naufragó. "En Minawao, la vida no era fácil. Solíamos dormir a cielo abierto. No siempre teníamos comida, te podías considerar afortunado si tenías algo de comer todos los días. Recibimos información de que las cosas en Pulka estaban mejor”. A su regreso, Adama comprobó que su despensa de alimentos y el ganado que había dejado en la casa que alquilaba en Pulka habían desaparecido, así como todas sus pertenencias. No le quedó más remedio que trasladarse al complejo donde MSF dirige un hospital, y que actualmente acoge a alrededor de 2.000 personas desplazadas y retornados que no han sido asentados aún en tiendas de campaña. "La gente tiene que ayudarnos", suspira Adama.
 
MSF está presente en Maiduguri, capital del estado de Borno, desde agosto de 2014. Actualmente, la organización gestiona 11 instalaciones médicas en seis poblaciones de Borno (Maiduguri, Ngala, Monguno, Gwoza, Pulka y Banisheikh) y visita regularmente otras cinco: Bama, Banki, Dikwa, Damasak y Rann.
 

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