31.10.2017
Desde agosto de 2016 la región de Kasai en la República Democática del Congo pasó de ser una área pacífica a ser una de las crisis humanitarias más serias del mundo.
 
Si bien ha habido una reducción en el número de incidentes violentos reportados durante los últimos meses, aún hay muchas necesidades médicas y humanitarias que no han sido cubiertas entre la población olvidada por el mundo, especialmente en las áreas rurales donde se han encontrado docenas de fozas masivas, pueblos destruidos y un sistema de salud que ha sido gravemente afectado por la violencia.  
 
Estos son algunos testimonios de los habitantes de esta región, que fueron tomados entre el 25 de septiembre y el 2 de octubre de 2017.
 

Pascal Balananai, enfermero, 32 años

 
 
 
Coordina el departamento de admisiones en el centro de salud Mukendi de Tshikapa. Es de Luebo, pero ha estado siete años en Tshikapa y trabajando en Mukendi desde el comienzo del año. 
 
"Algunos de los padres que vienen con sus hijos al centro de alimentación terapéutica ambulatoria son de aquí, de Tshikapa, pero la mayoría son personas desplazadas por la violencia y provienen de lugares muy diferentes como Muyeyi o Ngombe. Han perdido parientes y seres queridos y sus hijos están desnutridos. Como no hay campamentos de desplazados, algunos viven en la iglesia, otros con parientes o están alquilando habitaciones. Antes del conflicto, también había niños desnutridos en Kasai, pero la gente tenía entonces recursos para hacer frente a la situación. Hay personas que estuvieron mucho tiempo escondidas en el bosque. Han sufrido mucho. Hay personas que vienen desde muy lejos a este programa. Algunas veces los padres no nos cuentan que el niño ya está enfermo, con diarrea, lo que agrava la situación. Nuestro trabajo es muy importante para la comunidad."
 

Mashanga, mujer desplazada, 58 años

 
 
Está con Mulumba, su nieto de 11 meses. Visitan el centro ambulatorio de alimentación terapéutica que MSF apoya en el centro de salud Mukendi de la ciudad de Tshikapa. 
 
"Somos de la aldea de Senge, cerca de la ciudad de Muyeyi. El pueblo estaba dedicado principalmente a la minería. Fue atacado el pasado mayo pasado. Ocurrió durante la noche. Los milicianos llegaron al pueblo y después entraron en nuestra casa. Decapitaron al papá y a la mamá de este niño. No puedo amamantarlo pues soy la abuela. Tenía solo unos pocos meses. Encontré al niño vivo después del ataque. Estuvimos tres semanas escondidos en el monte. Fue muy difícil, tuvimos que cruzar campos para llegar aquí. Solo habíamos experimentado ese tipo de violencia antes de la independencia. Ahora estoy viviendo en una iglesia con otras diez personas que son de poblaciones como Kamako o Kamonia, no es fácil estar así. No tengo nada que hacer ahora durante el día. Estoy sola con el niño. Tenemos otros parientes dispersos por otros lugares. Antes del conflicto, la situación era tranquila. Nos comunicamos con personas que hablaban otras lenguas. Había matrimonios entre personas de diferentes comunidades. Pero ahora no es posible volver ahora a nuestra localidad natal. Todas las casas han sido destruidas."
 

Kabeya Mamba Michel, hombre víctima de violencia, 30 años

 
 
Está hospitalizado en el centro de salud Diketemena de Tshikapa. Está junto con su esposa e hija.
 
"Nos marchamos del pueblo de Senge después de un ataque de milicianos y del ejército. Nos refugiamos en bosque cercano y después de dos meses viviendo allí, la policía nos dijo que podíamos regresar al pueblo, pero luego por la noche algunos militares vinieron y nos dispararon. He llegado hasta aquí desde el bosque, me tomó tres o cuatro días. Hemos estado expuestos a todo tipo de problemas: mosquitos, no sabíamos qué comer... algunos niños han muerto. Yo era un buscador de diamantes. En Senge, también había algunos campesinos y otras personas haciendo diferentes tipos de trabajos. Para mi familia en estos momentos no es posible regresar, por lo que hemos buscado una habitación en Tshikapa. Conozco a muchas personas, mujeres, hombres y niños, que han sido asesinados. Ni siquiera puedo contarlos. Han sido enterrados en fosas comunes de 30 y 40 personas juntas justo en frente de las casas. Mi propia casa estaba quemada. Ojalá podamos recuperar la paz. Nunca había visto algo similar en Kasai en el pasado. Hay muchas necesidades y todavía hay personas escondidas. Estamos sentenciados a muerte si los humanitarios no vienen aquí. Antes del conflicto, la convivencia entre la gente era buena."
 

Ntumba Kasomba, mujer víctima de violencia, 31 años

 
 
Es del pueblo de Senge, junto a Kamonia. Su brazo izquierdo tiene una lesión antigua de machete y debe ser amputado. Está hospitalizada en el centro de salud de Ditekemena en Tshikapa y tiene un niño de 2 años y 9 meses de edad. 
 
"Un grupo de milicianos nos atacaron después de entrar al pueblo. Nos refugiamos con la familia en casa. Al salir nos atacaron con machetes. Un niño pequeño recibió muchos cortes y otro murió. Me escondí después. No puedo regresar a mi pueblo porque todas las casas han sido quemadas y no sé qué podría hacer allí. Mi madrastra y mi tía están vivas. Cinco de mis hijos murieron. Mi esposo recibió un disparo. Casi todos han muerto en el pueblo. Solo entre 50 y 100 han sobrevivido. [Los milicianos] querían expulsar del área a todos los que no son como ellos. Todo lo que deseo es que vuelva la paz y poder cuidar de mi hijo... el único que está vivo. Mi esposo era un buscador de diamantes y yo solía ​​vender harina. Cuando me recupere, intentaré volver a comerciar."
 

Bulu Kuetem, mujer desplazada, 69 años

 
 
Vive ahora en Tshikapa, cerca del centro de salud de Kamalenga
 
"Somos de un pueblo cerca de Kamonia. Algunos trabajan como buscadores de diamantes o de oro. Mi esposo recibió un disparo y huyó después del ataque. No sé si está vivo o no. Tengo cuatro hijos y tres nietos. Ahora estamos viviendo en una iglesia en Tshikapa, llegamos aquí hace cuatro meses. Siempre hemos estado aquí. He visto a gente huir. Tengo parientes aquí, como el pastor de la iglesia. Tenemos miedo de regresar a pesar de que la violencia se ha reducido. Nuestras casas están destruidas. Antes de que comenzara la violencia, la relación era buena e incluso había matrimonios mixtos. Solíamos cultivar, pero ahora no tengo ningún tipo de actividad para hacer aquí. ¿Qué puedo hacer? Siempre estamos aquí, apenas nos movemos. Tengo suficiente con conseguir algo que llevarme a la boca. En Kasai todo estaba en calma. Los milicianos atacaron a las fuerzas del estado y es por eso que tomaron represalias. No sé cuál es la solución para la crisis. Bastante tengo con encontrar comida todos los días y asegurarme el refugio."
 

Kanku Joseph, campesino, 54 años

 
 
Vive en Masanga Anaï, un pueblo que fue atacado por milicianos.
 
"He vuelto al pueblo hace cinco meses. Mientras estaba en el bosque, fue un problema ya que mis hijos se enfermaron mucho. Mi casa fue destruida. Vivo temporalmente en la escuela y he estado reconstruyendo la casa durante una semana. Me llevará hasta dos meses completarlo porque no tenemos las herramientas adecuadas para este trabajo. Perdí a mi hermano y a mis cuatro sobrinos debido a la violencia. Mi nieto también ha muerto. También he perdido muchos bienes. Mi principal preocupación en este momento es volver a tener un hogar. Tengo la esperanza de que todo cambie para mejor."
 

Jean Paul Buana, enfermero, 50 años

 
 
Él es la persona a cargo del centro de salud de la ciudad de Mayi Munene, en el área rural de la provincia de Kasai. Él es de la ciudad de Kananga, pero han pasado diez años en la ciudad.
 
"En marzo, los milicianos llegaron y comenzaron a matar policías y soldados. Los policías huyeron. Maestros, pastores, enfermeras fueron los siguientes. Han quemado la casa del administrador, la escuela... Los ataques más graves ocurrieron en abril. Saquearon todos los medicamentos del centro de salud y luego quemaron el resto del edificio. El quirófano, la cadena de frío para las vacunas, la farmacia y las salas de consulta y recepción fueron destruidos. Lloré cuando entré en el edificio y vi toda la destrucción. No es moral hacer esto. Los milicianos ocuparon la ciudad durante aproximadamente dos meses. Decapitaron a algunas personas y luego los militares los mataron.
 
Teníamos 150 pacientes por mes aquí y este era centro de referencia de salud para alrededor de 128,000 personas en la zona. Solíamos realizar cesáreas, curas renales, laparotomías, etc., pero de marzo a julio la actividad médica fue interrumpida. Regresamos solo en julio después de que los militares estuvieran aquí de nuevo. En este momento somos doce empleados, pero solo seis están trabajando en realidad. El nivel de consultas es menor que antes del conflicto. Muchas personas aún no han regresado. Todavía nos faltan medicinas, materiales. Ahora realizamos actividades de curación, pero la vacunación no es posible. Todos los viernes abrimos el centro de nutrición ambulatorio para pacientes. Hay alrededor de 50 niños en el programa. Las necesidades más importantes son comida y educación. Se han perdido semillas y herramientas. La mayoría de la población local trabajaban en la búsqueda de diamantes. Es muy difícil comenzar de nuevo, necesitamos más ayuda humanitaria. El mundo se ha olvidado de Kasai."
 

Kanku, mujer desplazada, 21 años

 
 
Actualmente vive en la población de Mayi Munene con sus dos hijos: Dani y Ale, de cinco y dos años. Trae al pequeño al centro de alimentación terapéutica apoyado por MSF.
 
"Somos de Kamako [cerca de la frontera con Angola]. Mi esposo, buscador de diamantes, fue asesinado allí. Estaba lavando ropa en el río. La violencia comenzó y decidimos quedarnos en el bosque. En un momento me separé de mi esposo. Cada uno de nosotros cargaba con uno de nuestros dos hijos, pero él recibió un disparo. Me quedé por un mes escondida en el bosque cerca de Kamako. Luego marché a la población de Kamonia, donde estuve un mes más, y luego pasé tres meses viviendo en una iglesia en Tshikapa. En Tshikapa me informaron de que mi hermana mayor me estaba buscando. Es por eso que vine a Mayi Munene, porque ella vive aquí. Lo más difícil que he experimentado han sido las amenazas de los milicianos de Bana Mura. Durante mi viaje, he visto morir a muchas personas. Hemos visto cadáveres, probablemente más de cien. He vivido emociones fuertes a veces, en ocasiones temblaba de miedo. Hoy es muy complicado sobrevivir con niños y sin comida. Apenas hemos recibido ayuda humanitaria. No creo que sea posible regresar a Kamako. He perdido todas mis posesiones allí."
 

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