16.04.2015

Hellen Morris es una superviviente del Ébola en Liberia. Perdió a su esposo y a otros siete de sus familiares debido al Ébola en agosto de 2014. 

“Contraje el Ébola al ser contagiado por mi suegra, que a su vez fue infectada con el virus en una ceremonia fúnebre a la que asistió en Monrovia el pasado mes de julio.

El fallecido había muerto por Ébola, pero sus familiares no revelaron esa información a los amigos que se habían reunido para rendirle el último homenaje.

Mi suegra regresó a casa tras los ritos funerarios y enfermó unos días después. No sabíamos que había contraído el Ébola en el funeral, así que todos la cuidamos en casa.

Desgraciadamente ella también murió y nosotros decidimos enterrarla de la manera tradicional; sin tomar las precauciones necesarias. Aquel fue el comienzo de nuestra pesadilla con el Ébola.

Una familia destrozada por el Ébola

Menos de una semana después de haber enterrado a mi suegra, mi esposo, mi suegro y cinco de los hermanos de mi esposo enfermaron. Todos los hospitales y las clínicas del país estaban cerrados en aquel momento y sólo funcionaba un centro de tratamiento de Ébola, que no daba abasto para admitir a todos los enfermos.

Así que toda mi familia se quedó indefensa dentro de la casa, esperando solamente a que la muerte nos rindiera visita. Antes de que aquello ocurriera, yo ya había enviado a mis dos hijos a casa de mi hermana, pensando que con ella estarían más seguros.

Cada día que pasaba se hacía más sombrío; no había ninguna señal de esperanza que nos indicara que alguna de las personas infectadas en la casa se estuviera recuperando del virus. Todo el mundo tenía miedo. Nadie del vecindario se acercaba a nuestro patio.

Yo me sentía hundida, pero me armé de valor y me mantuve fuerte. Cuidar a las siete personas infectadas se convirtió en mi única responsabilidad. Bañaba y alimentaba a cada uno, uno tras otro, todos los días. Y así fue durante cerca de dos semanas; hasta que llegó el día en el que los perdí a todos casi al mismo tiempo.

Murieron sucesivamente en el transcurso de una hora, durante la mañana del 10 de agosto. Esa noche dormí entre los cadáveres. Intenté llamar al equipo que se encarga de la recogida de cuerpos para que vinieran a retirarlos, pero no llegaron hasta al día siguiente.

Cuando por fin vinieron, se los llevaron a todos. Una ambulancia vino poco después y me llevó al centro de tratamiento de Ébola ELWA3, de Médicos Sin Fronteras. Allí tomaron una muestra de mi sangre y le hicieron pruebas en el laboratorio. Obviamente, el resultado dio positivo.

Me ingresaron para que recibiera atención médica. Fue duro y pensé varias veces que no saldría de aquella, pero dos semanas después por fin estaba recuperada y me dieron de alta. Regresé de inmediato a casa, pero mi familia y vecinos se pusieron en mi contra; pensaban que me había escapado y no se creían que hubiera vencido al Ébola. Les mostré una copia del certificado médico emitido por el centro de tratamiento de Ébola en el que se me declaraba oficialmente curada, pero seguían sin estar convencidos.

Llamaron al centro de atención telefónica del Ébola y un equipo fue enviado inmediatamente a mi casa para tratar de llevarme de nuevo al centro. Cuando llegaron, uno de los miembros del equipo me reconoció y le transmitió a la comunidad que lo que yo les decía era cierto: que me habían dado de alta el día anterior y que estaba curada.

Viviendo con el estigma

Mi vida ahora está destrozada. Perdí a mi esposo y no tengo quien me consuele. Todos a mi alrededor me temen, aunque haya vencido al Ébola.

Es difícil vivir cuando ves cómo tus amigos y tu familia te hacen el vacío debido a una enfermedad que tú no elegiste tener. He sido desalojada de la casa de la familia donde mi esposo y yo vivíamos antes de su muerte.

Sin hogar ni fuente sustentable de ingresos, lucho sola por mantener a mis hijos. Por el momento me estoy quedando con una amiga. Por lo menos hasta que reúna algo de dinero para alquilar una casa a la que mis hijos y yo podamos mudarnos”.

 

 

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