28.02.2017
Estamos sorprendidos y entristecidos ante la noticia de la muerte de Salome Karwah. Salome llegó por primera vez con MSF como una paciente de Ébola y, después de luchar valientemente contra una enfermedad que mató a sus padres y a otros integrantes de su familia, ella regresó para proporcionar atención psicológica a las personas que sufrían debido a esta enfermedad. En sus propias palabras: “Si uno de mis pacientes no quiere comer, le aliento para que lo haga. Si están débiles y no pueden bañarse solos, les ayudo. Lo hago con toda mi fuerza porque entiendo su experiencia, he pasado por lo mismo.”
 
La experiencia de Salome con el Ébola le brindó una increíble empatía hacia los pacientes que ella atendía con tanto esmero. Muchos integrantes del personal de MSF que recuerdan haber trabajado con ella hablan de su fortaleza y de su compasión, pero también de su sonrisa. Ella contribuyó enormemente al trabajo de MSF durante el pico de la epidemia en Monrovia. 
 
Salome también se convirtió en una figura dentro de la lucha para terminar con el estigma al que se enfrentan los sobrevivientes de Ébola, ella participó en muchas entrevistas con los medios locales e internacionales. Este fue un paso increíblemente valiente en un país que se encontraba en medio de un brote y aún tenía miedo de la enfermedad. Nuestros pensamientos van a su familia en este momento tan triste y difícil.
 
En honor a ella, queremos compartir con ustedes la siguiente historia que Salome escribió en octubre de 2014, después de que comenzó a trabajar con MSF.
 
 

"Sobreviví al Ébola para ayudar a otros"

 
Todo empezó con un fuerte dolor de cabeza y fiebre. Más tarde, empecé a vomitar y me dio diarrea. Mi padre se enfermó y mi madre también. Mi sobrina, mi prometido y mi hermana habían caído enfermos. Todos nos sentíamos impotentes.
 
Mi tío fue el primero de la familia que se contagió del virus. Lo contrajo de una mujer a la que había ayudado a ir al hospital. Se enfermó y llamó a nuestro padre para que lo ayudara y mi padre lo llevó al hospital para que lo atendieran. A los pocos días de su vuelta, nuestro padre también enfermó. Como todos lo cuidamos también nos infectamos.
 
El 21 de agosto, mi familia y yo nos dirigimos al centro de tratamiento de MSF en Monrovia. Cuando llegamos a la unidad de tratamiento, las enfermeras nos instalaron a mi madre y a mí en la misma tienda. Mi prometido, mi hermana, mi padre y mi sobrina fueron colocados en distintas tiendas. Mi hermana estaba embarazada y sufrió un aborto espontáneo. Tomaron muestras de sangre y esperamos los resultados, tras los análisis de laboratorio me confirmaron que tenía Ébola. Pensé que era el fin del mundo, tenía miedo porque había oído decir a la gente que si tienes Ébola, te mueres. Los análisis del resto de mis familiares también confirmaron que tenían el virus.
 
Después de pasar unos días en el pabellón de aislamiento, mi condición empeoró. Mi madre también luchaba por su vida, estaba en unas condiciones terribles. En ese momento, las enfermeras decidieron transferirme a otra tienda. Para entonces, apenas comprendía lo que ocurría a mí alrededor. Estaba inconsciente e incapacitada. Las enfermeras tenían que bañarme, cambiarme la ropa y alimentarme. Vomitaba constantemente y me sentía muy débil. Sentía fuertes dolores. La sensación era abrumadora. El Ébola es como una enfermedad de otro planeta. Causa tanto dolor, tan intenso, que puedes sentirlo en los huesos. Nunca había sentido un dolor como ése en toda mi vida.
 
 
 
Mi madre y mi padre murieron mientras luchaba por mi vida. No sabía que habían muerto. No fue hasta una semana después, cuando ya empezaba a recuperarme, cuando las enfermeras me avisaron que habían fallecido. Me entristecí, pero tuve que aceptarlo. Estaba consternada tras haber perdido a mis padres; pero Dios me había salvado de la enfermedad; tanto a mi como a mi hermana, mi sobrina y mi prometido.
 
A pesar de la tristeza por la muerte de mis padres, estoy feliz por estar viva. Dios no habría permitido que pereciera toda la familia, nos mantuvo con vida por un propósito. Le agradezco a los trabajadores del centro de tratamiento por sus cuidados, son muy buena gente. Se preocupan realmente por sus pacientes. El cuidado, la medicación y el darse ánimo uno mismo pueden ayudar a los pacientes a sobrevivir.
 
Cuando una persona enferma por el virus del Ébola, debe alentarse a sí misma: tomar los medicamentos, beber suficientes líquidos, ya sean soluciones para rehidratación oral, agua o zumos; pero el organismo no debe quedarse vacío. Incluso si te traen la comida y no tienes hambre, por lo menos, tómate la sopa. Tras 18 días en el centro de tratamiento, las enfermeras vinieron una mañana, me tomaron muestras de sangre y las llevaron a analizar al laboratorio. Ese día, como a las 5, regresaron. Venían a avisarme que estaba lista para volver a casa porque el resultado de mis análisis era negativo.
 
Entonces sentí que mi vida comenzaba de nuevo. Me fui a casa cotenta, a pesar de haber perdido a mis padres.
 
Llegué a mi hogar sintiéndome feliz, pero mis vecinos seguían teniendo miedo de mí. Algunos de ellos me dieron la bienvenida, otros continuaban temerosos de estar cerca, decían que todavía tenía el Ébola. Había un grupo en particular que no dejaba de llamar a mi casa ‘la casa del Ébola ’. Pero, para mi sorpresa, una de las mujeres del grupo vino a mi casa para pedirme que llevara a su madre al centro de tratamiento porque estaba enferma por el virus. Lo hice y me sentí feliz porque, al menos, ella sabe ahora que nadie puede ir al supermercado a ‘comprar’ Ébola. Si alguien se contagia, no es bueno estigmatizarlo porque nadie sabe quién será el siguiente en contraer el virus.
 
 
Ahora, he regresado al centro de tratamiento, donde ayudo a la gente que está sufriendo por el virus a recuperarse. Trabajo como consejera de salud mental. Me causa placer ayudar a la gente y eso es lo que me trajo de vuelta. Las labores que realizo en este lugar pueden ayudar a otros a sobrevivir.
 
Cuando estoy de turno, aconsejo a mis pacientes, hablo con ellos y les animo. Si uno de ellos no quiere comer, le aliento para que lo haga. Si están débiles y no pueden bañarse solos, les ayudo. Lo hago con toda mi fuerza porque entiendo su experiencia, he pasado por lo mismo.
 
Me siento feliz en mi nuevo papel. Trato a mis pacientes como si fueran mis hijos, converso con ellos sobre mis propias experiencias. Les cuento mi historia para motivarles y que sepan que también pueden sobrevivir. Eso es importante y creo que va a ayudarles.
 
Mi hermano mayor y mi hermana están felices de que trabaje aquí. Me apoyan al cien por cien. Aunque nuestros padres no sobrevivieron al virus, podemos ayudar a otras personas a recuperarse.
 

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