13.02.2017
Las historias de Valentina y Taisiya son dos claros ejemplos del prolongado sufrimiento que la población del este de Ucrania sufre a causa del conflicto.
 
Ambas recurren a nuestros servicios de salud mental y esperan, algún día, volver a vivir en paz. “Tan solo deseo que se acabe pronto toda esta violencia”, confiesa Valentina.
 

Valentina Viktorovna, 52 años y maestra: “Asistir a clase era demasiado peligroso, las bombas caían muy cerca” 

 
A Valentina el conflicto del este de Ucrania le ha destrozado la vida. Vive con su marido en Pavlopil, un pueblo situado a pocos kilómetros de la línea de fuego. Tras perder su trabajo, su casa también sufrió graves daños a causa de los bombardeos. Ahora intenta recomponer su vida ayudando a los demás con la esperanza de que la violencia cese. Valentina y su marido reciben atención médica por parte de MSF. Además, ella ha asistido a consultas de salud mental para afrontar el estrés en el que se ha visto obligada a vivir durante los últimos tres años.
 
“Todos mis recuerdos están en este pueblo. Aquí es donde he construido mi vida y donde mi marido y yo hemos criado a nuestros dos hijos. Solía ser un lugar hermoso al que la gente venía a pasar el verano junto al río. Incluso planeaban construir un complejo turístico.
 
Hasta que comenzó la guerra.
 
Trabajaba como maestra en el colegio de primaria del pueblo, me encantaba mi trabajo. Guardaba todos los dibujos y fotografías de mis alumnos. Pero cuando cerraron la escuela, tuve que jubilarme. Asistir a clase era demasiado peligroso para los niños, las bombas caían muy cerca. Así que, con tan solo 52 años, ya estoy jubilada. Por suerte, mi marido aún conserva su trabajo en la fábrica.
 
 
No consigo acostumbrarme a esto, a este ritmo lento. Si tuviera que comparar mi situación con algo, diría que es como si un tren de alta velocidad hubiera tenido que detenerse bruscamente. Por eso, ahora trato de mantenerme ocupada con trabajos voluntarios aquí y allá, visitando a otras familias de la localidad para ver cómo puedo ser útil. Ayudando a los demás: así es como encuentro significado a esta nueva rutina diaria.
 
Nuestra casa ha sufrido graves desperfectos por los numerosos bombardeos en las cercanías. Parece que va a venirse abajo de un momento a otro. Todavía recuerdo la primera vez, el ruido, y cómo todo temblaba a nuestro alrededor. Pasé tanto miedo... No dejaba de imaginarnos escapando de una casa completamente destruida. Afortunadamente, la vivienda aún sigue en pie, aunque nos llevará tiempo arreglarla. No podemos permitirnos pagar las reparaciones.
 
Durante los bombardeos, mi marido y yo solíamos sentarnos aquí, en el cuarto de estar, lejos de las ventanas y completamente a oscuras, con las lámparas oscilando de un lado a otro sobre nuestras cabezas. Pensábamos que mantener la mente ocupada nos sería de gran ayuda para no pasar tanto miedo, así que empezamos a jugar a juegos y adivinanzas.
 
Este conflicto ha separado a muchas familias. Muchos han abandonado el pueblo y otros, como mi hijo mayor, incluso han salido del país. Hasta los que se han quedado en la zona tienen miedo de venir y visitarnos, y es que, pese a que todo está más tranquilo ahora, la situación sigue marcada por la inestabilidad. No suelo ver a mis hijos y nietos muy a menudo, por eso tengo sus fotografías y dibujos en la pared, para sentir que están aquí con nosotros. Pero les echo mucho de menos.
 
Nos hemos quedado sin nada. Aunque, por suerte, hemos podido contar con el apoyo de organizaciones de ayuda. Tan solo deseo que se acabe pronto toda esta violencia y podamos seguir con nuestras vidas. Quizás, contar a la gente lo que está pasando aquí nos ayude”.
 

Taisiya Gregorivna, 82 años y viuda: “Pavlopil solía ser un lugar agradable para vivir”

 
Taisiya tiene 82 años y es viuda. Ha vivido en Pavlopil, en el este de Ucrania, los últimos 46 años. Situado a escasos kilómetros de la línea de frente, el conflicto ha causado graves estragos en el pueblo y en sus habitantes. Desde 2014, la casa de Taisiya ha sido alcanzada por bombardeos en dos ocasiones, por lo que se ha visto obligada a trasladarse a un lugar más seguro durante un tiempo. Ahora, gracias al apoyo de su familia, ha podido reconstruir su vivienda donde ha vuelto a vivir. Taisiya también padece problemas cardíacos. Durante los últimos meses ha recibido atención médica y apoyo en salud mental. Nuestros equipos buscan ayudarle a afrontar las experiencias vividas a causa del conflicto.
 
“Nací en Rusia. Y antes de venir a Ucrania, trabajé en una granja cuidando del ganado. Llegué a Pavlopil en 1970. Aquí me casé, construí mi hogar y tuve cuatro hijos, tres niñas y un niño.
 
 
No me acuerdo exactamente de la primera vez que los bombardeos afectaron mi casa, pero sí lo mucho que me asusté. Dos proyectiles impactaron en la carretera, justo delante de la entrada principal. La metralla causó daños en las paredes y en algunas ventanas.
 
La segunda vez fue durante el invierno. Me encontraba sola en casa y ya era muy tarde, estaba muy oscuro fuera. Dos bombardeos destruyeron el tejado y algunas de las habitaciones. Los impactos también rompieron todas las ventanas. Llamé a mi hija, que vive en Mariúpol, y me fui a vivir allí al día siguiente.
 
Quedarme aquí sola era impensable, era demasiado peligroso.
 
Así que me instalé en Mariúpol con mi hija y su familia durante meses. Regresé varias veces a Pavlopil durante unos días, pero la situación aún era demasiado inestable para volver a vivir aquí y pasaba mucho miedo por las noches.
 
Una noche, estaba en la cocina de mi hija, en Mariúpol, cuando cayó un proyectil. Recuerdo que me dije a mí misma: ‘Dios me ha salvado por tercera vez porque nunca he maldecido en mi vida’. Por suerte, mi nieto había salido de la cocina unos minutos antes del bombardeo. No quiero ni pensar en lo que podría haberle ocurrido.
 
Hace casi un año que regresé a Pavlopil. Uno de mis yernos me ayudó con todas las reparaciones. Y pudimos arreglar parte del tejado gracias a la fábrica en la que trabaja una de mis hijas. Nos dieron gratis todo el material necesario. Además, mi yerno me ayudó a reparar los dormitorios y otras partes interiores de la casa que también habían resultado dañadas. Aunque aún falta por arreglar algunas partes de la cubierta. Pero no puedo permitirme el lujo de comprar las láminas de metal. Así que, por ahora, tendrá que quedarse tal y como está.
 
Una de mis nietas también perdió su vivienda por los bombardeos. Desde entonces, siempre está muy asustada. Y ahora padece diabetes. Estoy muy preocupada por ella, solo tiene 22 años.
 
El conflicto ha afectado profundamente a todas las familias de la zona.
 
Pavlopil solía ser un lugar agradable para vivir. Pero, cuando comenzó el conflicto, la escuela tuvo que cerrar porque las bombas caían muy cerca. Y tan solo han vuelto a abrir dos tiendas pequeñas. Hasta cierto punto, podemos considerarlo un avance respecto a aquellos meses en los que todo estaba cerrado. Durante ese tiempo, tuve mucha suerte: mis hijos me traían comida todas las semanas.
 
Ahora que la situación está un poco más tranquila, me siento más o menos bien. He podido recuperar mi rutina diaria. Tengo problemas de corazón, pero hago todo lo que puedo y me mantengo ocupada cuidando de mi casa, de mi jardín y de mis pollos. Sin todo esto, ya me habría muerto.
 
Me siento muy afortunada por tener la familia que tengo, por mis cuatro hijos, seis nietos y ocho bisnietos. Son un gran apoyo. Me cuidan mucho y son quienes me han ayudado a recuperar mi hogar.
 
Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que otros no tuvieron tanta suerte”.
 
 

Acerca de nuestras clínicas móviles en los alrededores de Mariúpol y Kurajovo

 
Desde marzo de 2015, trabajamos con clínicas móviles en distintos lugares en los alrededores de Mariúpol y Kurajovo, en Ucrania. Nuestros equipos móviles, normalmente compuestos por un médico, un enfermero y un psicólogo, posibilitan que las personas desplazadas o aquellas que viven a lo largo de la línea de frente reciban atención médica. Además, donan medicamentos y facilitan apoyo en salud mental y psicosocial. También prestamos apoyo a centros sanitarios a través de donaciones de suministros médicos.
 
En agosto de 2015, instalamos puntos de distribución de agua en el puesto de control de Volnovaja-Donetsk. Desde julio de 2016, prestamos apoyo a profesionales sanitarios locales en el puesto de control de Marinka a través de donaciones de suministros médicos.
 
Hasta principios de enero de 2017, nuestros equipos han llevado a cabo más de 36.800 consultas médicas y 5.980 consultas de salud mental y apoyo psicosocial, en grupo e individuales, en los alrededores de Mariúpol y Kurajovo. Además, unos 17.200 pacientes han asistido a charlas de sensibilización sobre salud mental en las clínicas móviles.
 
Los trastornos relacionados con la ansiedad siguen siendo el principal problema entre los pacientes que reciben apoyo en salud mental y psicosocial, seguidos por problemas de depresión. Las enfermedades cardiovasculares y la diabetes representan las dos patologías más habituales entre los pacientes que atendemos. La mayoría de ellos son personas de edad avanzada con enfermedades crónicas y que están inscritas en un programa específico para recibir tratamiento adecuado y seguimiento de su condición a largo plazo.
 
 

LEER MÁS

Ucrania: “Todo tu universo se desmorona”

Ucrania: “Aquí nos sentimos perdidos y asustados”
 

 
 

Entradas relacionadas