Durante los últimos días, la comunidad de los Rohingya, minoría étnica musulmana que se ha refugiado en Bangladesh después de huir de sus lugares de origen en Myanmar, ha vuelto a ser objeto de una serie de agresiones y abusos por parte de las autoridades de Bangladesh.
Los últimos tuvieron lugar el pasado martes 14 de julio. Médicos sin Fronteras (MSF) fue testigo de como un grupo de unos 30 policías y funcionarios locales entrababan en el campo provisional de Kutupalong en la localidad de Cox's Bazar,y destruían 259 casas al mismo tiempo que saqueaban las posesiones de la población. El material de construcción de las casas destruidas se depositó en el campo oficial adyacente de la Comisión de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). A otros residentes del campamento provisional se les advirtió que tenían 48 horas para vaciar sus casas o, en caso contrario, se las quemarían.
Anteriormente, a finales de junio, miles de personas ya sufrieron actos de violencia al ser desplazadas de sus hogares por la fuerza. Durante los acontecimientos, MSF trató a numerosas personas, mujeres y niños en su mayoría, en la clínica que la organización instaló en el campo provisional.
"La utilización sistemática de la intimidación, la violencia y desplazamiento forzoso en contra de los residentes del campo provisional es absolutamente inaceptable", dijo el Jefe de Misión de MSF en Bangladesh, Paul Critchley, "Esta población vulnerable ha huido de la persecución y la discriminación en Myanmar, sólo para que no se les reconozca y permanezcan sin asistencia en Bangladesh. Se han reunido en Kutupalong, uno de los muchos campamentos improvisados que se han formado en los últimos años, en busca de refugio y, a su vez, se han encontrado con más miedo y abusos".
Los funcionarios alegan que su intención era la de crear un área de contención de unos 30 metros entre el campo oficial de refugiados y el improvisado. Esta zona ha aumentado desde entonces, amenazando el espacio de vida de miles de personas más que quedan sin un lugar adonde ir.
Se debe encontrar una solución duradera y digna para la comunidad Rohingya, no sólo en los países donde buscan asilo, sino en el de su origen, Myanmar.
Lamentablemente, esta situación desesperada no es nada nuevo para los Rohingya, la minoría étnica musulmana procedente de Myanmar, donde se les niega la ciudadanía y sufren persecuciones y discriminación. Durante las dos últimas décadas cientos de miles de personas han huido de sus hogares para buscar refugio en el extranjero; sin embargo, a muy pocos se les ha concedido el estatuto de refugiado. La mayoría lucha por sobrevivir, sin ayuda y sin reconocimiento en países como Bangladesh y Tailandia.
MSF ha atendido a la población de Bangladesh desde 1992. Recientemente, la organización creó un programa de atención básica de salud en las colinas de Chittagong; asistió a las víctimas del ciclón AILA y, además, realizó una intervención de emergencia para ayudar a los Rohingya no registrados en el campo de Kutupalong, con servicios abiertos a la comunidad que los recibe.
La pasividad de gobiernos, financiadores y sus contrapartes debe terminar, y se tienen que adoptar medidas urgentes y concretas al respecto.
Al menos en seis países africanos, las interrupciones en el suministro de medicamentos antirretrovirales (ARV) y otros medicamentos esenciales contra el VIH/sida ponen en peligro la vida de los pacientes. Los problemas de aprovisionamiento y la falta de financiación han provocado retrasos, suspensiones o han puesto en riesgo el abastecimiento de medicamentos vitales para tratar esta enfermedad. La pasividad de gobiernos, financiadores y sus contrapartes debe terminar, y se tienen que adoptar medidas urgentes y concretas al respecto. Así lo declara Médicos Sin Fronteras (MSF) con motivo de la V Conferencia de la International AIDS Society (IAS) en Ciudad del Cabo, Sudáfrica.
Los consecuencias de las interrupciones de suministros pueden ser catastróficas: si hay que suspender o retrasar el inicio de la terapia antirretroviral de nuevos pacientes, se está poniendo en peligro la supervivencia de muchas personas. Para los pacientes que ya están en tratamiento, la interrupción o la reducción de la dosis derivará en fracasos terapéuticos y aumentará el riesgo de desarrollar resistencias a los medicamentos. En los últimos meses, los programas de VIH de MSF se han visto directamente afectados por estas irregularidades.
En Sudáfrica, el Gobierno ha recortado el presupuesto para sanidad debido a la crisis económica y parece difícil encontrar fuentes de financiación alternativas a corto plazo. “Todas las clínicas de nuestro alrededor han dejado de admitir a nuevos pacientes porque no disponen de suficientes ARV”, afirma Eric Goemaere, coordinador general de MSF en Sudáfrica. “Las listas de espera son cada vez más largas, con el riesgo de que los pacientes mueran antes de poder iniciar el tratamiento. Es increíble que se haya permitido que un programa de ARV que funcionaba relativamente bien quedara paralizado en sólo unas semanas. MSF no tiene capacidad para llenar estos vacíos y nos cuestionamos muy seriamente por qué deberíamos hacerlo, en vista de los compromisos internacionales anunciados”.
En Malawi, los retrasos en el desembolso de fondos por parte del Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria ya han provocado una preocupante escasez de ARV. Como resultado, las reservas de estos medicamentos en varias estructuras de salud se están reduciendo peligrosamente. A fin de evitar más rupturas de stocks, el Ministerio de Salud de Malawi, con la ayuda de MSF y otras ONG, está redistribuyendo suministros de ARV en varios distritos. Asimismo, MSF ha tenido que comprar stocks de seguridad adicionales a fin de asegurar un suministro constante para los pacientes de sus proyectos. Hasta la fecha, MSF puede ofrecer tratamiento a nuevos pacientes, pero existe un peligro real de que tenga que reducir el número de admisiones.
Los equipos de MSF en Uganda, República Democrática del Congo, Zimbabwe y Guinea-Conakry también están viendo rupturas de stock e irregularidades en el aprovisionamiento.
Estas irregularidades son el resultado de una escasez de fondos nacionales y de retrasos en el cumplimiento de los compromisos adquiridos por parte de los gobiernos financiadores. Los financiadores institucionales internacionales más importantes, como el Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria y el PEPFAR (plan de emergencia norteamericano de lucha contra el sida), deben hacer frente a limitaciones presupuestarias y a la incertidumbre de poder renovar los fondos en el futuro. Los problemas en la gestión de abastecimientos y compras a nivel nacional vienen a agravar aún más la situación, con lo que cualquier retraso en la financiación pone en peligro la cadena de suministros.
“MSF está extremadamente preocupada por la falta de acciones concretas por parte de los gobiernos, sus contrapartes y los donantes internacionales para asegurar la financiación y el suministro continuado de ARV y otros medicamentos esenciales”, añade Meinie Nicolai, directora de operaciones de MSF. “Están jugando con fuego. Sin ARV, no hay tratamiento para el VIH/sida. Gobiernos y donantes deben dar respuesta a los problemas de financiación y suministro con urgencia y eficacia”.
En colaboración con el Ministerio de Salud de Sri Lanka, MSF ha practicado más de 5.000 intervenciones quirúrgicas en cinco meses en el distrito de Vavuniya. Actualmente, las actividades se centran en atención postoperatoria y hospitalizaciones de desplazados
Siete semanas después del fin de los enfrentamientos entre el ejército sri lankés y los rebeldes tamiles, el número de pacientes que llega hasta los hospitales es menor pero todavía supera la capacidad de camas disponibles. El número total de pacientes en el hospital de Vavuniya se ha estabilizado en las últimas semanas en aproximadamente 1.200, en relación a las 450 camas disponibles. MSF está trabajando con personal del Ministerio de Salud en los hospitales de Vavuniya y de Pompaimadu, así como en un hospital instalado por MSF cerca de los campos de desplazados de Manik Farm.
En junio los equipos médicos siguieron dedicándose principalmente a realizar intervenciones quirúrgicas y asegurar la atención postoperatoria a los heridos, con casi 1.200 intervenciones quirúrgicas practicadas a heridos de guerra y miles de vendajes puestos. “Cada vez acuden más desplazados a los hospitales”, explica Hugues Robert, coordinador general de MSF en Sri Lanka. “La población en el distrito de Vavuniya casi se ha duplicado en unos pocos meses, con más de 260.000 desplazados procedentes de la región del Vanni. Esto significa que hay muchas mujeres embarazadas y muchos niños, que han desarrollado, por ejemplo, complicaciones de infecciones respiratorias o sufren de desnutrición y diarrea. El Ministerio de Salud ha ampliado su capacidad para poder tratar a estos pacientes, pero dada la magnitud de las necesidades, es importante que MSF siga prestando apoyo."
En el hospital que MSF abrió al otro lado de los campos de Manik Farm el 22 de mayo, ya se han registrado 600 ingresos. La mayoría son personas desplazadas, referidas por el Ministerio de Salud que trabaja en los campos o por otros hospitales que carecen de más espacio. Llegan y se van en ambulancia, acompañados por un miembro de las fuerzas de seguridad.
“Las principales causas de hospitalización son heridas antiguas e infecciones respiratorias y cutáneas", explica Marie-Noëlle Rodrigue, responsable de emergencias de MSF. “Nos adaptamos conforme a las necesidades. Por ejemplo, ofrecemos atención obstétrica. Pero como no dispensamos atención médica en los campos, no conocemos exactamente la situación sanitaria de la población procedente de la zona de guerra".
Algunos desplazados necesitan estar ingresados durante varios días o semanas, como por ejemplo, las personas paralíticas o con discapacidades permanentes tratadas en el hospital Aryuvédico del Ministerio de Salud en Pompaimadu. Los fisioterapeutas de MSF les ayudan a recuperar algo de movilidad para que puedan desplazarse con muletas y en sillas de ruedas proporcionadas por Handicap International. Algunos de los heridos y enfermos también son supervivientes que luchan por recuperar sus vidas.
“Recuerdo a una mujer con el rostro destrozado –no podía ni adivinarse su edad– y su hija de 8 años, la única de sus cuatro hijos que había sobrevivido. La niña ayudaba a su madre para todo”, recuerda una enfermera. “La mujer pasaba por momentos en los que desaparecía dentro de sí misma; era la única forma de escapar del dolor, a pesar de la medicación. Tuvieron que hacérsele varios injertos de piel tras haber sido herida por múltiples explosiones de bomba. También recuerdo a un niño de siete años que había dejado de hablar y que no había comido prácticamente nada durante dos meses desde la muerte de su padre. Padecía desnutrición severa y no recuperó peso durante su estancia en el hospital. Se marchó sin haber dicho ni una sola palabra".