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08.08.2021
 
Mientras las comunidades de todo el mundo continúan luchando contra la pandemia, el Dr. Khairil Musa recuerda su estancia de trabajo en un centro de tratamiento COVID-19 en Yemen, durante la primera ola en 2020. 
 
Los médicos intensivistas, somos pragmáticos de formación. Nuestro trabajo es cerebral y a la vez muy clínico. No soy un novato en lo que respecta al sufrimiento o a la muerte, he lidiado con estas situaciones a diario, durante todo el tiempo trabajado en la unidad de cuidados intensivos (UCI) en mi ciudad, Sídney (Australia). Pero lo que presencié en el momento más crítico de la primera ola de COVID-19 en Yemen, fue un torrente incesante. Con el paso del tiempo, mi corazón sintió, como cuando te quedas dormido en tu brazo: una extremidad pesada y desprendida, que intentas masajear para que vuelva a la vida.
 

El ojo de la tormenta

Formé parte del equipo que trabajaba en un centro de tratamiento de COVID-19 dirigido por Médicos Sin Fronteras (MSF). La ronda diaria en nuestro hospital se sintió como un castigo, algo que nunca había experimentado. Fila tras fila de pacientes sofocados, jadeando y angustiados. Se escuchaba una gran cantidad de voces de nuestros equipos médicos y de enfermería yemeníes gritando: “¡Oxígeno, oxígeno!” y nuestro equipo de porteadores corriendo a las cabeceras de los pacientes para cambiar los cilindros de oxígeno vacíos.
 
En Adén, Yemen, estábamos en el ojo del huracán, con el centro de tratamiento COVID-19 a punto de colapsar. El miedo al virus había escalado en la ciudad de Adén y otros hospitales se negaban a tratar a cualquier paciente con síntomas respiratorios.
 
Sin ningún otro lugar al que acudir, muchas personas viajaron durante horas para llegar a nuestro centro, a una hora de distancia del corazón de la ciudad. Teníamos 32 camas en nuestra unidad de hospitalización y una UCI de siete camas, que se llenó a los pocos días de abrir.
 

Suministros limitados

El acceso limitado a los medicamentos y equipos esenciales creó inmensas dificultades. Nuestro equipo trató desesperadamente de conseguir suministros: algo casi imposible con la paralización de los vuelos y el cierre de muchas fronteras internacionales. Sin acceso al oxígeno líquido, tuvimos que utilizar voluminosos cilindros de oxígeno, más de 250 al día para tratar a los pacientes.
 
En un país fracturado por la guerra, un sistema sanitario colapsado y la pobreza generalizada, el trabajo parecía insuperable y muy pronto la marea nos sobrepasó. Sin ninguna de las sofisticadas tecnologías o terapias a las que estoy acostumbrado en mi bien equipada UCI de Sídney, tuvimos que volver a lo básico: confiar sobre todo en el juicio clínico y en los pocos equipos de monitoreo que teníamos.
 
 
 

Decisiones críticas

La angustia que experimentaban las y los pacientes era palpable, palabras expresadas en breves ráfagas de árabe: “Doctor, no puedo respirar, ¿Cuándo mejoraré?; por favor, ayúdeme”.
 
Cada día había que tomar decisiones críticas. ¿Quién, de entre todos, debía ser trasladado a la UCI? La mayoría de pacientes tenían una enfermedad tan grave que se habrían beneficiado de estar en un respirador. Pero cuando sólo quedan pocos, la elección se vuelve angustiosa.
 
“¿Qué opinas de la cama 21?”, me pregunta mi colega, un médico intensivista de Canadá con el que trabajé en el centro de tratamiento. El paciente era un joven de unos treinta años, sólo unos años mayor que yo, tenía antecedentes de hipertensión y obesidad. “Saturación de oxígeno del 70% en el Especial”. El canadiense había adoptado este término, “el Especial”. Era una combinación de puntas nasales y una máscara de oxígeno con depósito que utilizábamos simultáneamente para suministrar 30 litros de oxígeno a las y los pacientes. Se trataba de un escaso intento por aumentar el flujo de oxígeno en pacientes in extremis, cuando no tenían acceso al nivel superior de atención que ofrecía una UCI.
 
“¿Qué pasa con el paciente en la cama seis?” Pregunté a su vez: “Hombre de cuarenta años, sin comorbilidades, saturación del 65% en el Especial. No mejora con la prensión”.
 
Seguía una discusión, que a menudo terminaba en cuestión de minutos, en la que analizábamos los pros y contras de enviar a un paciente en lugar de otro paciente. Una pequeña voz en mi mente gritaba la injusticia: los espacios eran tan limitados, que nos obligaba a tomar esta decisión.
 
Sabía que en la UCI de mi país, cada paciente estaría conectado a un respirador, y no aferrándose desesperadamente a la vida en una sala comunitaria readaptada. Pero esta respuesta no sirvió de nada, y aún había que tomar una decisión. Así que decidimos trasladar al hombre mayor. Su enfermedad era más grave en términos relativos, y su falta de comorbilidades favorecía un resultado más positivo.
 
Al final, ambos hombres murieron. El mayor en la UCI, donde desarrolló una infección secundaria, una complicación común. La infección hizo que le fallaran los riñones y el corazón; no teníamos acceso a una diálisis y sólo había medicamentos básicos para controlar su insuficiencia cardíaca.
 
El hombre de unos 30 años murió en la sala, a los pocos días de su ingreso. Todos los ventiladores estaban en uso y murió de hipoxia.
 
Por razones que aún se desconocen, la hipoxia asociada a la COVID-19 se tolera durante mucho más tiempo que en cualquier otra enfermedad, por lo que se produce una muerte lenta a lo largo de los días, en lugar de minutos.
 
Hombres y mujeres que se ahogan en tierra firme, desesperados por respirar. Con mis años de conocimiento y formación, me sentí incapaz, sin recursos. Sólo podía ofrecer mi mano para sostener la suya y una oración para rezar en voz baja. No me pareció suficiente.
 

Consuelo

Cada día que pasaba, el número de muertos aumentaba. Los que no podíamos admitir morían en sus casas y la ciudad informó de un incremento en los entierros, hasta ocho veces más del promedio diario antes de la pandemia.
 
La mayoría de pacientes que tratamos empezaron a confundirse entre sí, y por más que deseara conocerlos más allá de sus datos demográficos y sus niveles de oxígeno, mantener la distancia fue la única forma que conocía para protegerme.
 
Sin embargo, algunos pacientes dejaron huella.
 
Una mujer de unos setenta años, sin aliento, deteriorándose incluso con el mejor tratamiento que le podíamos ofrecer. Cuando fui a recolocar su máscara de oxígeno, me di cuenta de lo lúcida que estaba a pesar de su estado. Cuando me alejé, desolada me puso una mano temblorosa en el hombro. Me miró con ojos claros y sonrió con mucha fuerza. Como si supiera que había llegado su hora para decirme que estaba bien. Fue un gesto tan lleno de significado que me rompió. En ese momento me sentí tan vulnerable, me consolaba, mientras yo no tenía ninguna opción para ella. La persona que moría daba consuelo a la que vivía.
 

Duelo

Me encontré en un lugar extraño emocionalmente después de ese encuentro. Al igual que mis colegas, estaba agotado por las largas horas de trabajo, pero ni siquiera el sueño podía reponer mi cuerpo agotado. Un profundo cansancio se apoderó de mí.
 
Pasaba el tiempo sentado solo en mi habitación, con lágrimas en los ojos. Sentía que la oscuridad de la que había sido testigo había encontrado un lugar en mi corazón. En esos momentos lloraba; por las vidas perdidas, por las que suplicaban vivir y por las que aún estaban por llegar.
 
Mi mente se llenó de pensamientos sombríos: ¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué seguimos adelante cuando las cosas parecen tan inútiles? ¿Estoy aquí para ver morir a todas estas personas?
 

Momentos de triunfo

La carga de trabajo lograba que cada día pasara a una velocidad desenfrenada. Afortunadamente, entre las luchas, tuvimos momentos de triunfo. Uno de nuestros pacientes más enfermos, un hombre delgado de unos cincuenta años desmintió nuestras estimaciones y se recuperó, mejorando constantemente hasta que pudo ser dado de alta. Su gratitud hacia nosotros era inmensa que, nos reponía de más maneras de las que él podía imaginar.
 
Era difícil escapar del virus que se apoderaba de todos los aspectos de nuestra vida en el terreno, pero lo intentamos con todas nuestras fuerzas. Una gatita callejera fue rescatada fuera de nuestras instalaciones y se convirtió en nuestra mascota. Irónicamente, la llamé “La gata Covid” y se quedó con ese nombre. Le dimos mucho amor y a cambio, nos regaló alegría y nos ayudó a enfrentar cada día, paso a paso.
 
Con el paso de las semanas, las cosas empezaron a mejorar. Los refuerzos de nuestra sede nos aportaron más experiencia sobre el terreno, nuestros equipos adquirieron más experiencia en la lucha contra este virus, estandarizamos nuestra atención y mejoró nuestro acceso a los suministros. Lentamente sentí que el aliento que había estado conteniendo, pudo ser exhalado.
 
Me reubicaron en el Hospital de Trauma de MSF en Adén. Tratar a las personas lesionadas junto a las heridas de guerra conllevaba sus propios retos, pero el cambio de ritmo fue bienvenido.
 

Mirando hacia atrás

La guerra es terrible. Si se añade la COVID-19 a la mezcla, el resultado es devastador. Fui un invitado temporal en Yemen, siendo testigo de la terrible situación a la que se enfrentaban. Tuve el privilegio de trabajar junto a un gran equipo médico, de enfermería, de porteadores y muchas personas de Yemen que siguen en Adén, y que continúan brindando asistencia sanitaria vital en circunstancias difíciles. Me impresionó muchas veces su obstinación en no aceptar el statu quo, su lucha por mejorar las cosas cada día, la esperanza y el amor que muchas de ellas expresaban por su pueblo y su tierra.
 
Aprendí muchas lecciones durante mi estancia en Yemen. Ahora comprendo que el valor del trabajo no consiste sólo en saber utilizar un respirador. El valor se encuentra en aparecer y estar presente, en dar testimonio. Aprendí que el tiempo dedicado a cuidar de los demás nunca se pierde, y que el más pequeño grano de esperanza es suficiente para atravesar los días más oscuros.
 
Al final, me fui de Yemen profundamente inspirado por mis colegas y pacientes para tratar de servir a los demás, ser amable, valiente y para mantener la esperanza, incluso cuando el mundo parece no tenerla.