29.07.2019
Olga lo cuenta con la voz temblorosa: “Ayer por la tarde salí de casa para ir a buscar un poco de yuca en un campo cerca del aeropuerto.
Cuando iba para allá, dos hombres armados con machetes me cortaron el camino y me dijeron que me sentara. Uno me tapó los ojos y el otro empezó a desnudarme”. Así empieza este relato, que podría ser el de casi cualquiera de las miles de personas que sufren agresiones sexuales en la capital centroafricana. El año pasado, Médicos Sin Fronteras (MSF) asistió a casi 4,000 supervivientes por todo el país y solo en el proyecto de MSF en el Hospital Comunitario de Bangui, ya se han superado las 800 personas atendidas en la primera mitad de este año.
 
Como en muchos otros países, en la República Centroafricana (RCA) la violencia sexual es tabú, y tras muchas de las agresiones se impone el silencio por la vergüenza en el seno familiar. Algunas de las lenguas locales ni siquiera tiene un vocablo específico para violación. Varias veces pensé en suicidarme, pasaba vergüenza cuando iba por la calle, siento que todo el mundo me mira y de noche no consigo dormir”, explica Olga, de 41 años, a la psicóloga de MSF que atiende a supervivientes de agresiones sexuales. El proyecto se llama Tongolo, estrella en idioma sango.
 

El manto de silencio

 
El largo conflicto en el país y la presencia de hombres armados en casi cualquier rincón son terreno abonado para la violencia sexual. “Pero aquí muchas agresiones se cometen entre vecinos o en el seno de la familia, y en la mayoría de casos el problema se resuelve amistosamente en la comunidad o entre familias para evitar el deshonor familiar, y se olvidan de que es una urgencia médica que debe atenderse”, lamenta la coordinadora del proyecto de MSF en Tongolo, Beatriz García.
 
Para acercar la atención a la comunidad, MSF ha abierto una extensión del proyecto del Hospital Comunitario en las afueras de Bangui, en el popular barrio de Bédé-Combattant. “Estamos seguros de que así estamos facilitando la llegada de supervivientes en un lapso inferior a las 72 horas, lo cual es clave para mitigar las posibles consecuencias de la agresión”, explica García. Olga se presentó 24 horas después de la agresión y se le prescribió profilaxis para protegerla de infecciones de transmisión sexual como el VIH.
 
 

‘Me siento aliviada’

 
Martine, de 53, es viuda y tiene tres hijos. Sale con aire relajado de consulta psicológica en el nuevo centro de Bedé-Combattant. “Me siento aliviada. Desde hace seis años que llevaba un peso en mis hombros, no le había contado a nadie lo que me había pasado, pero algunas personas me dijeron que no debía tener miedo ni vergüenza. Y aquí estoy”, explica. “Durante los combates de 2013, me refugié en el bosque y allí dos hombres armados me retuvieron a la fuerza y me violaron. Luego tuve intensos dolores en el vientre, me sentía sucia y tenía terror a encontrarme con hombres armados”, relata sin perder la serenidad. Ahora Martine tendrá consulta semanal gratuita en el servicio de MSF.
 
En Bangui hay un vacío en cuanto a servicios para supervivientes de violencia sexual. Más allá de los servicios médicos prestados por MSF, las víctimas no encuentran apoyo legal o socioeconómico para superar las consecuencias de las agresiones que han sufrido. Es esencial que la problemática se haga visible y llamar la atención de donantes, autoridades y agencias humanitarias. Las necesidades en cuanto a violencia sexual siguen siendo enromes.
 
Gracias en parte a diversas campañas de sensibilización, la población empieza a darse cuenta de la dimensión del problema y muchas supervivientes se presentan en los servicios de MSF incluso años después de la agresión, como Martine. Por otra parte, el proyecto está abierto a toda la población pero está poniendo especial empeño en atender a menores y a hombres, porque son casos aún menos visibles y que suelen presentar condiciones más complejas. “En la RCA hay muchos hombres víctimas de violencia sexual pero no se atreven a hablar. Casi no llegan a nuestros puntos de atención, son reticentes a pedir ayuda. Hay una gran presión en la comunidad y una estigmatización muy violenta”, detalla la coordinadora del proyecto.

 

*Los nombres de las supervivientes han sido modificados.