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09.05.2022

El ejercicio del trabajo sexual en Honduras está expuesto a constantes violaciones de derechos humanos y de abusos. La falta de acceso a servicios médicos, la discriminación, el estigma, la violencia, así como la falta de programas que les brinden apoyo y las pocas opciones de empleo, son por mencionar algunas de las situaciones de vulnerabilidad diaria a las que se ven expuestas este grupo de personas. 

En el contexto hondureño y de la región centroamericana se demuestra que estos derechos y garantías no son accesibles y son casi inexistentes. Debido a estas limitaciones en salud, y como respuesta a estas necesidades urgentes, MSF en 2021 abrió en San Pedro Sula, una de las ciudades más violentas de Centro América y el mundo, una clínica de atención integral para atender las necesidades en salud de las personas trabajadoras del sexo y comunidad LGTBIQ+. 

En esta clínica, las personas pueden acceder a los servicios de salud con enfoque en salud sexual y reproductiva y salud mental, de forma confidencial, gratuita, sin estigmas, revictimización o discriminación. De igual manera, se atiende de manera integral a quienes han sido víctimas y/o sobrevivientes de violencia sexual. 

 

 

Las necesidades de esta población son urgentes y requieren un nivel de atención especializado. Por ello, durante dos meses, el equipo de MSF en San Pedro Sula estuvo acompañado por Vanessa Maldonado, consultora especialista en trabajo sexual, quien ha trabajado con esta población en diferentes contextos de vulnerabilidad de la región. Maldonado brindó a los equipos de MSF herramientas de sensibilización y acompañamiento en terreno para comprender su contexto y dar una respuesta más adecuada. En esta entrevista cuenta acerca de su experiencia: 

 

¿Qué dificultades de acceso a la salud tienen las personas trabajadoras del sexo en San Pedro Sula? 

En las necesidades médicas hay una situación de salud muy precaria. Lo que ganan en el trabajo sexual no es suficiente siquiera para pagar una vivienda con acceso a los servicios, que eso sí es distinto en otros estados o en otros lugares del mundo. En algunos países, por ejemplo, algunas trabajadoras sexuales tienen un capital económico que les permite cierta movilidad, cierta vida más holgada económicamente, donde pueden alimentar a sus hijos e hijas o incluso pueden pagar para que les cuiden a sus hijos.  

Pero aquí en Honduras he encontrado que, aunque trabajen 12 horas al día, no tienen acceso a los servicios básicos como agua o energía. Entonces, cuando no se tiene acceso a estos servicios, el cuidado del cuerpo, el cuidado de la salud no figura como prioridad. Es una situación complicada. 

 

Durante la consultoría, ¿cómo evalúa la atención de MSF a esta población? 

MSF tiene una clínica en San Pedro Sula donde brindan atención integral a las y los trabajadores sexuales, y también a la población LGTBIQ+ que es trabajadora sexual como la que no se dedica a eso. Lo que a mí me parece el súper “plus” de esta clínica de MSF es la atención gratuita y confidencial. Pero, sobre todo, es el trato digno que reciben acá; es lo que más valoran. Aprecian que se les traten con dignidad, que les traten con respeto, que les llamen por el nombre que ellas se han autonombrado. Además de ser un servicio profesional, es profundamente cálido. Si le preguntas a las personas trabajadoras sexuales en la calle por qué vienen a la clínica, es por la emoción que les da el trato digno. Esa es la gran diferencia. 

Se ha formado al equipo que aquí trabaja para atender las características específicas de esta población; por lo que aquí no se revictimiza, no se estigmatiza. 

 

 

Además, hay un equipo de promoción de la salud que hace el trabajo comunitario en los sitios donde ellas y ellos trabajan. En mi estancia fuimos a hablar con ellas y ellos, nos presentamos y exploramos cuáles son las condiciones en las que se ejerce el trabajo sexual. Pero también conversamos con esta población y les decimos que está la clínica, les presentamos los servicios que se brindan y al mismo tiempo las y los conocemos, entendemos cuáles son sus necesidades de salud y que puedan tener una atención más íntegra. 

 

¿Cómo ha sido la experiencia en MSF? 

La experiencia en MSF para mí ha significado la materialización de un sueño. Las organizaciones no siempre tienen presupuestos y las trabajadoras sexuales más precarizadas son a las que menos llegan apoyos, acompañamientos, salud, atención y acceso a derechos en general. Entonces para mí esta clínica ha significado un poco de devolución a esta población de las trabajadoras sexuales, una forma de acompañar el acceso a derechos, fundamentalmente. 

El espacio que ha creado MSF me parece que va a contribuir a desestigmatizar el trabajo sexual, lo cual también es súper importante a nivel social y a nivel político. 

 

Como especialista en este tema, ¿ha identificado usted contextos o situaciones similares que se repiten en la región? 

Si bien cada contexto tiene sus particularidades y el comercio sexual es profundamente inmenso, sí hay tres elementos comunes en la población: el primero es el estigma social histórico que atraviesa el trabajo sexual, el no reconocimiento del trabajo, que permite diversos tipos de criminalización en diversas zonas y la falta de acceso a los derechos.  

En segunda instancia, aunque los servicios de salud son públicos en la región, en Honduras sí hay costos de atención y no siempre se pueden cubrir. La vida es cara y a veces ellas y ellos tienen que priorizar la comida a ir a atender una enfermedad. Y, cuando las trabajadoras sexuales son mujeres trans, hay una doble estigmatización: primero por ser trabajadoras sexuales y segundo por su identidad y expresión genérica. 

Y, en tercera instancia, las personas que ejercen el trabajo sexual en condiciones de precariedad viven diferentes exclusiones en torno a derechos. Los sistemas públicos de salud están colapsados en la región y no tienen la capacidad física ni humana de poder atender a esta población. Estas poblaciones con las que intervenimos son precarizadas, vulnerabilizadas y viven en situaciones de pobreza muy fuerte. 

 

 

¿Qué otras formas de violencia afectan a las personas trabajadoras del sexo y personas trans? 

La región centroamericana ocupa un índice muy alto en trans-feminicidios, en impunidad, de no acceso a justicia a estas poblaciones. Cuando digo justicia pienso en que acá las mujeres u hombres trans no se pueden cambiar el nombre. Llegan al médico o médica y les atiende por su nombre legal y les masculiniza si son mujeres trans. Esto es súper violento. Las y los profesionales de la salud no siempre están formados o capacitados para atender esta población con dignidad, con respeto y con derechos. 

Las personas trabajadoras del sexo deberían contar con una estructura que no las excluya, que no las discrimine, que no las estigmatice, y que les asegure el acceso a derechos. No podemos romantizar el trabajo sexual. Se deben favorecer alternativas de inclusión, para que el trabajo sexual no sea la única opción, sino que puedan tener una gama de alternativas, adaptadas a sus necesidades individuales y sus derechos.