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18.06.2021
Con motivo del Día Mundial de las Personas Refugiadas, desde Médicos Sin Fronteras (MSF) presentamos los testimonios de tres personas solicitantes de asilo que cuentan sus experiencias en busca de un lugar seguro para vivir.
 
Cada tres segundos una persona se ve obligada a huir de su sitio de residencia por cuenta de la persecución por motivos religiosos, raciales o políticos. Se calcula que actualmente en el mundo hay al menos 82 millones de personas desplazadas de sus hogares, una cantidad de población suficiente para llenar más de 940 veces el estadio Azteca de Ciudad de México hasta el tope de su capacidad.
 
Estas cifras son útiles para captar la dimensión del fenómeno, pero no alcanzan a retratar el sufrimiento que implica para millones de personas tener que escapar para sobrevivir, y luego enfrentar múltiples amenazas adicionales en el camino. Por su trabajo a lo largo de las rutas migratorias y en la frontera norte de México, Médicos Sin Fronteras conoce de cerca esta problemática. Con motivo del Día Mundial de las Personas Refugiadas, presenta los testimonios de tres solicitantes de asilo que cuentan sus experiencias en busca de un lugar seguro para vivir. 
 

"Las amenazas de muerte nos obligaron a dejar nuestro negocio de tacos y nuestra casa en Guerrero"

 
Mi nombre es Julián y nací en Oaxaca, pero fue criado en Guerrero. Como familia, nos encontramos en una situación crítica y difícil que no le deseo a nadie. Teníamos una taquería entre la carretera federal de Acapulco y la autopista. Al principio, el negocio funcionaba bien, todo estaba tranquilo. Teníamos buena fluidez de gente y nos compraban, pero la venta bajó cuando empezó la delincuencia. Empezaron a acercarse personas para decirnos que teníamos que pagar para seguir trabajando. En una ocasión, llegó un señor con armas y dijo que tenía que guardárselas porque había un retén antes de llegar a la autopista. En ese momento empecé a sentir miedo por mi familia y por mí, porque no sabía qué podía pasar más adelante. Con el paso del tiempo las cosas fueron empeorando porque nos exigían cada vez más cuotas impagables para seguir trabajando. Las amenazas se volvieron más fuertes. Nos tiraron bolsas negras con restos humanos y carteles que decían que nos pasaría lo mismo si no pagábamos.
 
Un día, mi hijo estaba en el negocio con su mamá y pasó una camioneta. Eran como las 7:00 de la noche, más o menos. Quisieron llevarse a mi esposa y a mi hijo. Ellos corrieron y se metieron a un terreno baldío que estaba cerca, alcanzaron a llegar a una casa y se escondieron. Los hombres de la camioneta se bajaron y checaron el lugar hasta que se fueron. Ellos me llamaron y fui a traerlos. En ese momento, con miedo y desesperación por todas las amenazas que habíamos recibido, nos dimos cuenta de que nos estaban obligando y que si no cedíamos nos iban a matar.
 
Esa noche nos quedamos escondidos. Salimos de la colonia. Dejé encargados a mis hijos con la vecina. Tomamos el autobús hacia Ciudad de México y en la madrugada buscamos un lugar donde pudiéramos quedarnos esa noche. Al siguiente día, me llaman diciéndome que habían quemado nuestra casa y le habían prendido fuego a todo lo que teníamos. En ese momento pensé que a mis hijos los habían encontrado. Tuve que regresar de nuevo a Acapulco. Con miedo y mucho temor, pude sacar a tiempo a mis hijas.
 
De ahí regresamos a la Ciudad de México y estuvimos juntos, pero ya no sabíamos qué iba a pasar. Recibíamos llamadas de ellos amenazándonos. Decían que teníamos que regresar o nos encontrarían. Que iban a mandar a alguien a seguirnos en donde estuviéramos. Decidimos irnos al puerto de Cabo San Lucas, en Baja California Sur, pero no encontramos trabajo. Por televisión nos enteramos de que se podía solicitar asilo, entonces vinimos a la frontera norte, a Matamoros. Aquí estamos esperando, pero todavía no hemos comenzado el trámite. Yo les pido a las personas que si hay alguien que nos pueda sacar de este lugar, que nos ayude. Porque estamos corriendo riesgo. Una vida con temor o amenazas no se la deseo a nadie. 
 

“No podía estar seguro ni en mi país, Honduras, ni aquí en México”

 
Soy Felipe, originario de Honduras. El 19 de agosto de 2019 tuve que huir de mi país por amenazas de la pandilla Mara Salvatrucha. En Tegucigalpa comencé a recibir amenazas de muerte, así que me vi obligado a abandonar el departamento. Me fui a Fuerano, a dos horas de Tegucigalpa. Ahí todo marchaba bien hasta que decidimos poner un puesto de frutas y verduras. La pandilla 18 nos pedía una cuota que no podíamos pagar. 
 
Después de que no se les había pagado y que fueron a cobrar tres veces, nos quemaron el negocio y nos dieron 12 horas para abandonar el lugar. Nos encontrábamos sin salida alguna, así que nos tocó abandonar nuestro país dejando todo olvidado, tanto nuestras cosas como lo más importante, que es la familia. 
 
Ya llevamos dos años en esta situación de desamparo. En 2019 entramos por Tapachula, Chiapas, donde solicité el refugio mexicano. Me dieron el asilo, hoy cuento con residencia permanente en México. Vivimos un año ahí. Todo marchaba bien. Teníamos venta de comida hondureña, pero volvió otra vez el terrible sufrimiento de no poder dormir tranquilo, porque también nos amenazaron de muerte. Me presenté a la Fiscalía de migrantes y puse una denuncia, pero sentí que no me habían escuchado porque no me dieron ningún comprobante, sólo me tomaron mis datos y me preguntaron dónde había sufrido las amenazas. 
 
Como sentía que no me habían escuchado y sólo contaba con un número telefónico para que estuvieran en comunicación por si algo me llegaba a pasar, seguía con la incertidumbre y me preguntaba constantemente: ¿será que ellos me van a avisar cuando quieran venir a matarme? Entonces tuvimos que huir de nuevo, camino a Monterrey. Durante 4 meses trabajé como vigilante, pero también se metieron a robar el lugar. La persona que denuncié por el robo me tiene amenazado.
 
Sentía que explotaba sabiendo que no podía estar seguro ni en mi país, ni aquí en México. Esta última semana, sin saber dónde ir, hemos tenido que dormir con mi esposa y mi hijo en el puente Hidalgo, frontera entre Reynosa y los Estados Unidos. Ahora estamos en un albergue.
 
Médicos Sin Fronteras nos ha escuchado. Nos van a llevar a otro lugar más seguro. También nos está apoyando con nuestro caso.  Espero que, así como me han escuchado y apoyado a mí, ayuden a muchos paisanos centroamericanos, porque en nuestro país se sufre mucha violencia tanto de las pandillas como al interior de las mismas familias. 
 

"Lo único que quiero saber es donde están los cuerpos de mi madre y mi hermano en Venezuela"

 
Mi nombre es Jorge y soy venezolano. Llegué el 8 de marzo a México, después de un duro recorrido por Colombia, Ecuador y Perú.  Ahí me tocó trabajar bastante para conseguir lo de los pasajes. De Ciudad de México volé hasta Matamoros, donde voy a pedir asilo o refugio. Aquí llegue con buena salud, pero luego empecé a sentir un dolor constante en las manos. Se me inflamaban al despertar. Ahora tengo mucho dolor en la columna y en todas las articulaciones.
 
La razón por la que tuve que huir de mi país comenzó en 2003, cuando secuestraron a mi mamá y a un hermano. Pusimos la denuncia al Cuerpo de Seguridad del Estado. Cuando llegamos a investigar el caso, nos dimos cuenta en varias oportunidades que el grupo antiextorsión y secuestro era el culpable. Sin embargo, la Fiscalía lo negaba y decía que era imposible que raptaran a una familia.
 
Tenemos todas las denuncias puestas y ha llegado a instancias internacionales. Lo único que quiero saber es dónde están los cuerpos de mi madre y mi hermano. Al ver que nadie se hacía cargo del caso y después de sufrir un atentado con bala, tuve que salir. En Venezuela está mi familia, mi esposa y cuatro hijos, además de un hermano que también sufrió persecución y violencia. 
 
Todos los días me comunico con la familia por WhatsApp, pero no les puedo enviar dinero porque no tengo trabajo. Mi esposa y mis niñas están vendiendo mercancía en la calle para poder sostenerse. Y yo estoy luchando para tratar de entrar a los Estados Unidos. Luchando para llevar este caso a instancias internacionales, empezar a trabajar y ayudar a mi familia.
 
El miedo más grande que tengo es que me maten a mi familia allá en Venezuela. Por eso lo que más anhelo es salir adelante, sacar a mi familia y vivir juntos en Estados Unidos, donde las personas viven con seguridad.