13.06.2017

La intervención en México para Médicos Sin Fronteras se sustenta en el sufrimiento que genera la violencia, un fenómeno que vulnera y fractura el tejido social, y disminuye la calidad y expectativa de vida.

En sólo los dos primeros meses de 2017 hubo 3,779 homicidios. El peor balance de violencia en los últimos veinte años, según registros oficiales. Miles de personas asesinadas, centenares de desaparecidos, y mucho dolor y sufrimiento en los individuos y en las colectividades por la guerra frontal entre grupos criminales y fuerzas de seguridad mexicanas, a lo que hay que sumar la violencia que ejercen las propias autoridades contra la población civil. Heridas abiertas, de las que no se habla abiertamente.

El Foro Nacional sobre Salud Mental e Intervenciones Psicosociales en Contextos de Violencia, Hablemos de las Heridas, ofreció un espacio precisamente para eso, para hablar abiertamente y conocer y comprender la magnitud de las heridas “no visibles” que deja la violencia en personas y colectividades.

En el Foro, en el que Médicos Sin Fronteras participó junto con el Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente y otras instituciones, se dieron a conocer los trabajos, realidades e impactos de la violencia desde diversas perspectivas: la de sociedad civil, la académica y la de la administración pública, y en diferentes espacios geográficos del país, con el objetivo de colaborar para abordar los problemas de salud mental y psicosociales que viven las víctimas de violencia y sus comunidades.

 

 

Hablar de estadísticas ya no sirve, ya suena a hueco. Además de mostrar solo una parte de los efectos terribles de esta violencia, las estadísticas nunca mencionan el número de hijos e hijas que se han quedado sin padres o madres, el número de padres y madres que buscan a sus hijos e hijas, las familias que generación tras generación trasmitirán temores, ansiedades, impotencias y odios.

En medio de esta realidad surge la necesidad de hablar, hablar como sinónimo de sacar, exportar, mostrar públicamente, ir más allá del titular amarillista de prensa, de la estadística dura y acercarnos a lo que significa ser tocado por la violencia. Hablar como el sencillo acto de narrar la realidad; definirla correctamente sin eufemismos que la disfracen; escucharla de boca de las víctimas o de sus acompañantes o de aquellos que analizan la violencia que está azotando el país.

El no nombrarla o no poner palabras no hace que no exista, no hace que desaparezca de un plumazo, porque ahí sigue, ahí se instala el dolor y el sufrimiento que invade desde lo individual a lo colectivo todos los estratos de la sociedad de un nivel a otro nivel, dejando a las personas más vulnerables, más atemorizadas.

Son las heridas que no se ven, las heridas que van por dentro, las que se nombraron en el foro, se identificaron y definieron. La palabra miedo empezó a tomar protagonismo, miedo a hablar, miedo a salir sin protección, miedo a ser señalado.

La desconfianza fue otra palabra que emergió. Desconfianza por no sentirse apoyados, por lo que puede hacer el otro, por sentirse desprotegidos, y por sentir que la máquina de la impunidad es mucho más fuerte. Esta máquina genera seres humanos cada vez más aislados, va destruyendo el apoyo mutuo que toda sociedad necesita para poder generar mecanismos naturales de recuperación. Desconfianza de la autoridad, desconfío de la vecina, desconfianza del hermano o del vecino.

Y surgió entonces la palabra culpa. La culpa no reconocida, la culpa que va por dentro y va acompañando a cada uno y a cada una de nosotras: “debería haber hablado más fuerte”, “debería haberle prohibido salir”, “debería haber estado más cerca”. Debería, debería, debería.

El miedo, la culpa, la desconfianza y tantas otras llegaron como representantes de esas heridas, vinieron en los morrales de los participantes, personas que están en los lugares donde habita la violencia, trabajando con y por las personas que han sentido el peso de la violencia.

 

 

Desde nuestra experiencia en diferentes contextos alrededor del mundo, la intervención en México para Médicos Sin Fronteras se sustenta en el sufrimiento que genera la violencia, un fenómeno con múltiples consecuencias. Vulnera y fractura el tejido social –desplazamiento forzado, migraciones, delincuencia, pobreza- y disminuye la calidad y expectativa de vida. Conlleva afectaciones físicas y emocionales, con repercusiones a corto y largo plazo que impactan las esferas individuales, familiares y sociales.

La ayuda humanitaria que MSF realiza en México está enfocada en la atención a población víctima de violencia y violencia sexual, desde una perspectiva integral, brindando atención médica, de salud mental y psicosocial. En 2016 llevó a cabo 4,591 consultas de salud mental y psicosocial a 5,748 personas en su mayoría víctimas directas e indirectas de la violencia tanto a migrantes en tránsito en distintos puntos del país como a las poblaciones de Acapulco y Guerrero.

En todo este camino, hemos sido testigos del sufrimiento de los mexicanos o de las personas de paso por territorio mexicano. Más del 90 % de nuestras consultas cuentan con la presencia de la violencia, la violencia ejercida desde diferentes lugares y desde diferentes actores de la sociedad, un sufrimiento equiparable al sufrimiento presente en zonas de conflicto abierto.

La violencia tiene forma de desplazamiento forzado; salir en mitad de la noche, con las mínimas pertenencias, con el corazón en una mano y en la otra lo más preciado que tienes, tus hijos. La violencia nos obliga a ser testigos y ver cuerpos de personas conocidas tiradas en la calle, escuchar las balaceras en la noche cerca de tu casa, saber que a la vecina le levantaron al hijo, convivir con la extorsión, la amenaza, la tortura, el secuestro, la violación.

En algún lugar de Guerrero circula la siguiente historia, “en el mes pasado a una madre, que contaba el asesinato de su hijo en un vehículo de transporte público, la bajaron del carro y le cosieron la boca con alambre, ‘para que aprenda a no hablar tanto’”.