"Espero que algún día, y contra todo pronóstico, tu mayor preocupación sea sobre qué montículo de hierba debes rodar, o cómo patear una pelota más fuerte que tu hermano o cómo negociar una hora para que puedas dormir más tarde."

Georgina WoolveridgeDoctora
08.06.2018

En respuesta a una afluencia de víctimas masivas a finales del año pasado cerca de Tal Maraq, Irak, la Dra. Georgie Woolveridge, de Australia, atendió a una niña gravemente herida. En esta entrada de blog, nos cuenta su historia.

 

Nunca he querido olvidar algo de forma tan desesperada como el recuerdo de la primera vez que te vi. Cuando terminé de atender al sexto paciente en una hora, vi que te llevaban al único espacio vacío en la sala de urgencias que se llenaba rápidamente. El tuyo era uno de los dos pequeños cuerpos recostados sobre una camilla de acero destinada para adultos heridos con sus cuerpos destruidos, signos de la guerra. Tu hermanito estaba junto a tí.

 

Reprimí las lágrimas y el sabor agrio del vómito cuando todo lo que conocía entraba en choque. Un mundo donde los bebés lloraban cuando los vacunaban, donde estaban hambrientos sólo en los minutos que tomaba preparar un biberón, uno en el que sólo se lastimaban mientras aprendían a caminar. En este nuevo mundo, los niños eran trasladados a hospitales ensangrentados y aparentemente sin vida.

 

“Recibí una llamada informando que un chaleco suicida había sido detonado en un puesto de control y que 'algunas ambulancias' estaban en camino”

 

Una hora antes recibimos una llamada que informaba sobre la detonación de un chaleco suicida en un punto de control y que “algunas ambulancias estaban en camino”. Se implementaron los protocolos para gestionar los arribos, pero ningún entrenamiento podría haberme preparado para la afluencia de heridos que llegaría. Comenzó el caos y cada vez que llegaba una nueva camilla, nos veíamos envueltos en un tétrico juego parecido al Tetris al tener que intentar acomodar todas las camas extra. Nos preparamos para lo peor.

 

“Tenía dudas acerca de ti, pequeña”

 

En un hospital con recursos limitados, donde la mayoría del personal médico vive a más de dos horas de distancia – ya que habían huido durante la ocupación del Estado Islámico –  los objetivos de la atención médica deben enfocarse en lo primordial.

 

Tenía dudas acerca de ti, pequeña. Apenas podías caminar, estabas casi sin vida y con lesiones que podrían resultar fatales. El mensaje era claro: trabajaríamos tan duro y rápido como fuera posible para estabilizarte a ti y a tu hermano, mientras mis colegas solicitaban con vehemencia a las autoridades que nos permitieran pasar a través de los puestos de control para llevarte a un lugar donde recibieras una atención integral. Pero si aumentaba la carga de pacientes y la gravedad de los casos, tu tratamiento tendría que modificarse a un enfoque basado en los cuidados paliativos.

 

La medicina puede volvernos estoicos, desapegados y emocionalmente desconectados. Pero en un momento de calma inusitada entre las oleadas de pacientes, me detuve junto a tu cama, con la mano en el costado de tu cabeza, y por unos momentos perdí esa rigidez.

 

           

Implicar que tuviste suerte ese día es desagradable y totalmente ofensivo. El estar involucrada en una explosión que mató a tu madre y hermano, haciendo que tu otro hermano y tú terminaran gravemente heridos, no es tener suerte.

 

Sin embargo fuiste afortunada, ya que las autoridades permitieron pasar sólo a una ambulancia. Te estabilizamos lo mejor que pudimos y acomodamos a los tres pequeños cuerpos destrozados por la guerra en la parte trasera de la ambulancia: tú, tu hermano y otro niño de 11 años. Nos despedimos nerviosos y a la expectiva de lo que sucedería.

 

“Y luego, cuando despertaste y te vi siendo vivaz, jugando y que me abrazaras es el recuerdo más precioso que puedo guardar de una experiencia que me abruma todos los sentidos”

 

Reuniendo esperanza

Recibía informes poco claros y filtrados sobre ti. "Está viva", "tiene lesiones cerebrales graves", "sin familia".

 

Dos semanas después, yo fui la afortunada. Te busqué y te encontré en un hospital localizado a dos horas de distancia, caminé con anticipación hacia tu habitación para encontrarte dormida en un sueño infantil, tu mano instintivamente protegiendo a tu hermano menor, tu aliado. Y luego, cuando despertaste y te vi siendo vivaz, jugando y que me abrazaras, ese es el recuerdo más precioso que puedo guardar de una experiencia que me abruma todos los sentidos.

 

Debo confesar que el día que nos conocimos, tuve problemas para soñar con un futuro para ti. Ahora, puedo reunir esperanza. Espero que algún día, y contra todo pronóstico, tu mayor preocupación sea sobre qué montículo de hierba debes rodar, o cómo patear una pelota más fuerte que tu hermano o cómo negociar una hora para que puedas dormir más tarde.

 

Una vida donde "terrorismo suicida", "desplazamiento interno" y "refugiado" sean palabras casi inexistentes. Mis deseos para ti pueden ser demasiado entusiastas e ingenuos, pero ya has sobrevivido. Tengo esperanza de que prosperes en el futuro.