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04.04.2019
Espero que los médicos sigan viniendo por aquí y nos sigan atendiendo, porque no tenemos dinero para irnos fuera. Estamos escasos de recursos, y el pasar para el hospital es muy caro. Además, si no tienes familia, allí tampoco hay dónde quedarse.
 
La bebé, cinco meses de edad y ocho kilos y medio, toma pecho mientras el equipo de Médicos Sin Fronteras (MSF) charla con Juana*. Ya son varias las visitas de MSF a su comunidad, vieja conocida de los equipos que operan en las zonas más afectadas por la violencia en Guerrero y cuyo cometido es llevar atención médica a aquellas poblaciones aisladas por enfrentamientos entre grupos armados o que sufren tiroteos en sus calles.
 
Juana y su bebé son especiales: es el segundo parto atendido de urgencia por los equipos. Ella había estado haciéndose los controles prenatales con MSF, que visita la comunidad una vez al mes. En el último control prenatal, se le explicó que el mejor sitio para la atención del parto era el hospital más cercano (a 90 kilómetros, unas tres horas en caminos de terracería, mayormente), y se completaron todos los documentos para la referencia al centro médico.
 
Una noche, Juana comenzó a sentir contracciones. “Empecé como a las doce de la noche. Al principio los dolores no eran muy fuertes, pero poco a poco sentía el dolor cada vez más recio. Empezamos a preparar los documentos para ir al hospital, la tarjeta del seguro popular, las credenciales, las sábanas y algo de ropa para el bebé. Mi tío empezó a buscar cómo podíamos alquilar una camioneta, porque aquí no llegan las ambulancias. En lo que nos preparábamos los dolores eran cada vez más fuertes, así que a las 3 de la mañana decidimos bajar al centro de salud donde estaban durmiendo los médicos sin fronteras, porque sabía que ahí no me iban a pedir dinero ni ningún papel. Tocamos a la puerta y el doctor nos abrió. Me examinaron y me dijeron que la dilatación estaba a 7 cm, y que era muy tarde para ir al hospital. Si intentaba ir al hospital, probablemente tendría al bebé en el camino. Entonces, el doctor decidió atender el parto en el centro de salud. Fue todo muy rápido, y en una hora ya había nacido el bebé. La enfermera me ayudó mucho después del parto y me puso un suero. La mañana siguiente, los médicos se iban a ir a las doce, pero se esperaron hasta las cuatro de la tarde para darme el alta cuando ya no tenía dolores”, explica Juana, mirando a su bebé, y recuerda que en el post-parto fueron determinantes su esposo, su mamá y su hermana. Madre e hija están muy bien.
 
Ella trabaja tejiendo palma. Su esposo trabaja en el campo, como la mayoría de la comunidad. El último evento de violencia, con varios muertos, fue hace un par de meses y aunque ahora los pobladores ya pueden llegar a la cabecera municipal, les resulta imposible desplazarse a otras comunidades aledañas. Demasiado peligroso. Durante años, la comunidad no ha tenido disponible ningún médico y solo un enfermero es el que debe atender a una comunidad de alrededor de 2400 personas.
 
Espero que los médicos sigan viniendo por aquí y nos sigan atendiendo, porque no tenemos dinero para irnos fuera. Estamos escasos de recursos, y el pasar para el hospital es muy caro. Además, si no tienes familia allí tampoco hay dónde quedarse. Estoy muy agradecida a los Médicos sin Fronteras por haberme ayudado”, finaliza Juana.
 
MSF ha ofrecido asistencia médica, psicológica y humanitaria en clínicas móviles en 26 comunidades del estado de Guerrero en 2018.
 
 
 
* El nombre de Juana es ficticio y el de la comunidad no se identifica por razones de seguridad.