19.03.2019

“Yo antes era demasiado problemática y, no solo eso, caminaba triste. Mi sonrisa era falsa y no me sentía bien. No le había contado lo que sentía a mi mamá. Hasta que un día exploté y se lo dije”, rememora Lorena*.

Uno de los puntos de atención de Médicos Sin Fronteras (MSF) más conocidos en Tegucigalpa es el que está dentro del hospital Alonso Suazo, el más grande de la capital hondureña, donde MSF tiene una clínica con dos psicólogos, una médica y una trabajadora social.

Allí asistió Lorena, de 14 años, con su madre y hermana para recibir atención psicológica. Esta adolescente sufrió violencia sexual por parte de un familiar durante varios años. Entre junio y noviembre acudió a las sesiones con MSF. Aunque todavía es algo introvertida, asegura que ahora se siente mejor, como si se hubiera quitado un peso de encima.

“Yo antes era demasiado problemática y, no solo eso, caminaba triste. Mi sonrisa era falsa y no me sentía bien. No le había contado lo que sentía a mi mamá. Hasta que un día exploté y se lo dije”, rememora Lorena.

Su madre estaba muy preocupada y se sentía culpable: Lorena había intentado suicidarse varias veces. “Yo la miraba triste y le preguntaba ¿por qué estás así?, si niña solo vas a ser una vez. Un día me contó que a los cinco años abusaron de ella. Con razón insistía en que había sido feliz hasta esa edad”.

“Siempre le dije a ella que iba a creer lo que me dijera y que iba a ser lo que fuera por ayudarla. Como sabía que ella necesitaba ayuda, decidí ir a buscar a los de chaleco blanco, como les dicen a veces a los de Médicos Sin Fronteras”, cuenta Estela*.

MSF ha insistido en que una una violencia sexual es una emergencia y, por lo tanto, debe recibir atención médica y psicológica de calidad. “Las primeras 72 horas tras el incidente son esenciales para prevenir enfermedades de transmisión sexual, entre ellas el VIH, o embarazos nos deseados, a través de la profilaxis post-exposición”, asegura Marcelo Fernández, jefe de misión.

Por otro lado, así como la joven Lorena, la mayoría de las sobrevivientes presentan síntomas psicológicos, entre ellos, “tristeza, miedo excesivo (fobia o sentimiento de amenaza), irritabilidad, ira, ansiedad y culpabilidad. A veces, odio a sí misma, preocupación constante y problemas de sueño”, agrega Fernández.

Antes -continua la joven- jugaba para satisfacer la tristeza que tenía, ahora me puedo liberar. Ya no siento tensión (risas). Mi relación con mi hermanita ha cambiado porque siempre estábamos peleando, y con mi mamá y mi papi también. Mi mamá sentía que era demasiado rebelde. Ahora sé que ya no es necesario pensar en lo que pasó, sino que es mejor sonreír a seguir llorando y no tener una respuesta. Me siento bien viniendo a hablar con el psicólogo, porque puedo decirle cómo me sentí. Él me ha dicho que la vida también tiene sus cosas buenas y, no solo eso, que el daño queda atrás y hay que olvidarlo poco a poco.

“Venir aquí nos cambió la vida”, asegura Lorena a modo de conclusión. Ella mira a su mamá de reojo y las dos se sonríen. “Nos cambió la vida, nos cambió la vida”, cantan juntas de manera espontánea, entre carcajadas, mientras buscan sus cosas para volver, tranquilas, a casa.

En Honduras, MSF lleva a cabo diversos proyectos de atención médico humanitaria, destinados a asistir a poblaciones en situación de vulnerabilidad. Nuestros equipos ofrecen atención médica, psicológica y psicosocial, de manera gratuita y confidencial a personas afectadas por la violencia y la violencia sexual en diferentes puntos del país.

@MSF_Mexico