17.01.2019
La mayoría de los migrantes mexicanos que son deportados tienen su familia y trabajo en Estados Unidos. Por estas razones muchos están dispuestos a volverlo a intentar, aún cuando arrastran el agotamiento de la detención.
 
Más de 20 años después, muchos regresan a México sin saber dónde están. Ni siquiera tienen un registro que los identifica como ciudadanos mexicanos. Es el caso de Miguel, quien llega de noche en el primer grupo de 130 personas al Instituto Tamaulipeco para los Migrantes (ITM), en Reynosa.
 
Su español es confuso y ni siquiera tiene recuerdos del país donde nació. “Llegué a EEUU a los cuatro años con toda mi familia y no tengo ninguna razón para quedarme en México”, asegura en un perfecto inglés. Lleva la misma ropa con la que lo detuvieron dos meses atrás, durante su día libre del trabajo. Según él, llegaron dos agentes a revisar su casa y, aunque no encontraron nada más que unas cervezas, lo detuvieron.
 
Las deportaciones se intercalan cada mes entre las ciudades fronterizas de Reynosa y Matamoros. Cada 30 días devuelven a Reynosa alrededor de 2,000 personas, desde McAllen, Texas. Los envían en grupos de 15 para que el procedimiento sea más organizado. La mayoría son hombres entre 25 y 45 años, y algunas mujeres, que aseguran haber pasado horas en oficinas heladas, semanas o meses dentro de un centro de detención.Nos tratan como si fuéramos criminales”, dicen.
 
“He visto tristeza porque ya no pueden seguir trabajando, porque (una vez deportados) ya no pueden volver en muchos años a Estados Unidos. La estación migratoria es un semáforo, una forma de amenaza. Además, sienten ansiedad porque están en un lugar que no conocen”, afirma Ricardo Guillén, uno de los psicólogos de Médicos Sin Fronteras (MSF) que acompaña a esta población.
 
 
Reina, una mujer de 45 años, siente su dignidad quebrantada por el trato que le dieron desde que la detuvieron. “No me permitieron avisar a mis hijos y pasé varios días incomunicada. Además, durante el vuelo hacia McAllen quise ir al baño y solamente accedieron a quitarme una de las esposas de mis manos. No me quitaron la cadena de seguridad que llevaba en mi cintura”, cuenta.
 
“¿Cómo iba a poder ir al baño así? Me sentí discriminada. Pasé dos semanas en un centro de detención que es igual a una cárcel. Allí tienen separadas a las mujeres estadounidenses de las demás, que son mexicanas, centroamericanas o chinas. Al principio me dejaron con las estadounidenses y estaba más tranquila, porque la comida es mejor y si te enfermas llaman al médico rápido. Cuando me trasladaron al otro pabellón fue horrible. No había agua para el café y me tocaba agarrarla de la llave del baño. Una vez vi a una chica que estaba vomitando, muy mal, y nadie llegó a ayudarla. Era como si no existiera”, lamenta la mexicana nerviosa.
 
El Instituto Tamaulipeco para los Migrantes (ITM) se ubica a unos pasos del Puente Internacional Hidalgo, una estructura militarizada de altos muros metálicos, que contrasta con las construcciones bajas de Reynosa. Una vez cruzada esa elevación los migrantes ya se encuentran en México.
 
 
A las siete de la noche, las dos pequeñas salas de la oficina comienzan a llenarse de gente. Hombres con pantalón corto y playera, gorras con logos de equipos de fútbol americano o baloncesto, entran alineados. Tan solo cargan una bolsa blanca de plástico que contiene sus billeteras, celulares y otros objetos personales. Lucen exhaustos.
 
A medida que entran, los funcionarios del ITM los reciben con un sándwich y un jugo. Están hambrientos. Después, el encargado les explica que tienen un teléfono disponible para llamar a sus familiares por si necesitan que les envíen dinero. El objetivo es que compren lo más pronto sus boletos de autobús hacia sus estados de origen.
 
Como ya es tarde, un camión los espera en frente del ITM para llevarlos a Casa Migrante Guadalupe, un albergue donde toman una ducha y pasan la noche. Se les advierte que no pueden salir porque corren riesgo de ser secuestrados o asaltados. En Reynosa hay bandas organizadas que están al acecho de los migrantes. Buscan secuestrarlos para pedirles dinero a sus familiares por sus rescates. Pero ese pago tampoco es garantía de que los suelten con vida.  Las bandas se aprovechan de su situación de vulnerabilidad.
 
“Por eso llegan custodiados: para evitar peligros”, indica una de las mujeres que trabaja en el ITM cuya tarea es recibir las hojas que certifican sus deportaciones. Necesitan despacharlos pronto, pero en la cabeza de la mayoría está volver a cruzar. Es el caso de Eusebio, quien tiene en EEUU a sus tres hijos y su esposa embarazada. “¿Qué voy a hacer en México si mi vida y mi familia están allá?”, se pregunta desorientado.
 
Cuando terminan la primera parte del proceso, un psicólogo y dos trabajadores sociales de MSF los invitan a una charla grupal. Algunas personas les preguntan por la clave de wifi o por un cargador de celular, preocupaciones que pueden parecer sencillas pero que en ese momento se vuelven vitales para avisar a sus familias que se encuentran a salvo. Otros expresan su nerviosismo por el proceso a realizar. A partir de entonces, el equipo de MSF los reúne para hablares sobre el apoyo que les pueden brindar. También les comenta las posibles afectaciones emocionales que desencadena una deportación: nervios, dificultad para dormir, miedo, tristeza, frustración. “En un primer momento, como es corto el tiempo, normalizamos síntomas. Si alguien llega muy angustiado hacemos una especie de terapia breve”, cuenta el psicólogo Ricardo Guillén.
 
La oficina se desocupa a las diez de la noche. Los migrantes buscan sus bolsas blancas y suben al autobús. Al día siguiente, el mismo equipo de MSF vuelve al albergue para continuar con el acompañamiento, especialmente de algunos casos urgentes que identificó la noche anterior. Se trata de una atención personalizada de horas que los deportados agradecen porque, según ellos, nadie los había escuchado desde que los detuvieron. El grupo se marcha hacia el terminal de camiones. En adelante su ruta y futuro serán inciertos, pero al menos la atención brindada por MSF les ha permitido calmar su desesperación inicial por la deportación y les ha dado fuerza para afrontar su nuevo destino.
 

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