"Las inundaciones destruyeron hogares, pero también se llevaron las pertenencias de las personas, como los mosquiteros y su ropa, haciéndolos aún más vulnerables a los mosquitos que ahora se reproducen libremente en los lagos recién formados por las aguas de las inundaciones."

Ana NeryMédica
24.05.2019
Ana, una coordinadora médica de MSF, reflexiona en este texto sobre las historias de los sobrevivientes del Ciclón Idai y los recuerdos de las personas que fallecieron.
 
Nada simboliza la destrucción causada por el ciclón Idai en Mozambique más que los árboles. Caídos, rotos y sin hojas, son un testimonio vívido de los vientos rápidos y el agua que causaron que incluso plantas fuertes de un siglo de edad cayeran al suelo sin vida.
 
Durante la inundación, los árboles también se convirtieron en inesperados salvavidas. Las personas en áreas rurales y urbanas se refugiaron en sus ramas mientras las aguas subían más allá de sus techos, esperando un rescate que en ocasiones nunca llegó.
 
Después de nadar desesperadamente en ríos recién formados en sitios donde antes había hogares y granjas, las personas me contaron con un aire de decepción que la sobrevivencia no estaba vinculada a la bondad ni a la valentía de uno, sino a la cruel aleatoriedad de la rama de un árbol de la que lograbas sostenerte. 
 
 

Una vida enterrada por la lluvia

 
Mirando más allá de los árboles, hay pequeños detalles que cuentan otras historias. El estanque sobrepasado cerca de Lamego vio a las madres regañando a sus hijos por no ir a la escuela y quedarse a nadar en el río. Madres que se ahogaron mientras sus pequeños hijos e hijas -nadadores expertos gracias a la práctica-, lograron llegar a un lugar seguro, pero eran demasiado pequeños como para salvar a sus padres.
 
En el mar de barro en el que se convirtieron algunas de las áreas rurales, estoy confundida por la cantidad de personas que caminan en círculos mirando hacia el suelo. Se vuelve claro cuando alguien se agacha para desenterrar algo esencial que es invisible para mis ojos: las manos cansadas extraen retratos familiares, una camiseta, el espejo favorito de alguien. Recuerdos de una vida enterrada por la lluvia.
 
 
 

Una solemne dignidad 

 
Al caminar por la senda que lleva al centro de salud de Nhampoca, soy interceptada por dos hombres mayores. 
 
-Doctora, ¿podría venir con nosotros y ver algo? 
 
Saco los suministros médicos de mi bolsa, lista para ver a un paciente que necesita ayuda, pero al acercarme a la orilla del río me sorprende el aire solemne de un grupo de hombres que se reunieron en un círculo alrededor de alguien, o algo, que aún no puedo ver. 
 
Los hago a un lado con delicadeza, y por fin logro ver en el barro una serie de detalles individuales que cuentan una historia: el vestido colorido de una mujer, que ahora es marrón y sin brillo; sus manos sin fuerza y descoloridas debido al agua del pantano.
 
- “Es demasiado tarde. Llegamos muy tarde. Lo siento, no puedo ayudar”, es lo único que alcanzo a decir rápidamente.  Ellos asienten en silencio. Solo querían que alguien viera a esta mujer. Les prometo que le diré a la gente sobre esto, incluso si no sé a qué me refiero cuando digo eso. Le contaré a los demás.
 

 

Vulnerables ante la malaria

 
Las personas hacen una fila para entrar a la clínica móvil que MSF tiene en el pequeño pueblo rural de Nhatiquiriqui. A medida que uno de los trabajadores de salud comunitaria traslada a los pacientes a nuestra pequeña área médica, nos sentamos sobre bolsas de arroz vacías, pues nadie tiene sillas, y atendemos a paciente tras paciente. ¿El diagnóstico? Malaria. Más de la mitad de ellos son niños menores de cinco años.
 
Las inundaciones destruyeron hogares, pero también se llevaron las pertenencias de las personas, como los mosquiteros y su ropa, haciéndolos aún más vulnerables a los mosquitos que ahora se reproducen libremente en los lagos recién formados por las aguas de las inundaciones.
 
 
Una niña, que parece mucho mayor que sus nueve años, se sienta a mi lado con sus dos hermanos menores. Todos tienen malaria, así que pido que traigan a su madre para explicarle el tratamiento y las medidas preventivas.
 
El trabajador de salud comunitaria me toca el brazo suavemente y me explica que estos pequeños perdieron a su madre.
 
- "Hay más casos como el de ellos", dice.
 
Al pueblo le tomará tiempo recuperarse.
 
 

Salvación

 
La fase de emergencia terminará a medida que las aguas comiencen a retroceder. Pero los árboles siguen contando historias.
 
-"¿Ves ese árbol? Estuve ahí durante cuatro días", me cuenta un anciano de Nhampoca. "Este árbol salvó las vidas de mis familiares".
 
Para Chipendo, una enfermera en el centro de salud local, la salvación no llegó de una operación de rescate en helicóptero, sino de la valentía de un grupo de pescadores locales que utilizaron el tronco de un árbol como una canoa improvisada y acudieron a su rescate, arriesgando sus propias vidas. Había pasado dos días sin comer, sujetándose de una rama.
 
Pidió que no la llevaran a su casa, sino directamente al centro de salud; ella sabía que había trabajo por hacer y pacientes por ver. Al final, fueron la tierra y las personas quienes sufrieron, perdieron y reconstruyeron.
 
A medida que los cultivos comienzan a brotar tímidamente de la tierra en Nhampoca, pienso en todas las historias de valor, fortaleza, resistencia y altruismo que he escuchado de quienes sobrevivieron al ciclón. Pero también pienso en los recuerdos de las personas que fallecieron en la lucha por sus vidas.
 
En este momento de recuperación tan vulnerable y frágil, en el que los mozambiqueños comienzan a unir sus vidas, familias y hogares; camino por una senda de tierra al salir del centro de salud y miro por última vez el estancamiento causado por las inundaciones.
 
Hay grandes plantas acuáticas que comienzan a crecer. Y, por primera vez en el agua oscura, veo flores.