09.11.2018
En el proyecto de maternidad en la República Democrática del Congo, Lanice se enfrenta a casos de medicina de emergencia ininterrumpidos. Lanice es una doctora canadiense que se encuentra en su cuarta misión con Médicos Sin Fronteras (MSF). En este blog, escribe sobre la vida, la muerte y su aprendizaje en la primera línea de atención médica.
 
“¡Caso rojo en maternidad!” se escuchó en la radio 
 
La puerta se abrió con dos hombres que lidiaban con una áspera camilla de bambú, donde sostenían a una mujer embarazada. El equipo ayudó a los hombres a recostarla sobre la cama mientras le hacían algunas preguntas en swahili.
 
Ella es de Kitchanga y ha estado convulsionándose toda la noche”, me informó mientras la paciente era llevada a una cama para partos. 
 
Como una doctora práctica, es difícil para mí dar un paso atrás y dejar que el personal local asuma el control, pero después de cinco meses en el departamento, trabajando en la preparación y capacitación para emergencias, fue un placer ver al equipo entrar en acción; tomar la temperatura de la mujer, la presión arterial, hacerle las pruebas de malaria y glucosa, además de un examen rápido pero completo.
 

Una condición terrible 

 
La mujer no tenía fiebre, su presión arterial estaba muy alta y tenía reflejos hiperactivos.  Su nivel de glucosa era normal, y la prueba de malaria salió negativa, pero encontramos proteínas en su orina. Sus convulsiones eran síntoma de una condición de embarazo llamada eclampsia que, si no se trata, puede ser fatal. El tratamiento consiste en administrar sulfato de magnesio… pero es una medicación complicada. Puede salvar vidas, pero demasiado medicamento puede hacer que la mujer deje de respirar. Por lo tanto, tuvimos que proporcionar los cuidados de forma rápida pero segura.
 
Desafortunadamente, no pudimos escuchar los latidos del feto. Un ultrasonido rápido lo confirmó, tristemente el bebé había muerto por el estrés de esta terrible condición. La cabeza del bebé estaba muy abajo dentro del canal uterino. La manera más segura de continuar con el parto y ayudar a tratar la eclampsia era usar una “ventosa obstétrica” - una pequeña copa que se coloca sobre la superficie de la cabeza del bebé y, una vez fijada allí, se genera un vacío que permite aplicar una suave tracción. Tuvimos dos excelentes médicos asignados a nuestro departamento de maternidad ese día, el doctor Alain y el doctor Desiré, y ellos prepararon al equipo para ayudar con un parto con aspiración por ventosa.
 
Levanten sus rodillas hacia el pecho para abrir la pelvis”, instruyó el doctor Desiré a su equipo, mientras el doctor Alain trabajaba con la bomba de mano en el ventilador para lograr la presión necesaria. Tres contracciones más tarde, el doctor Desiré llevó el cuerpo del bebé flácido y sin vida, a una sala de parto tranquila. Siempre es triste cuando un bebé llega sin vida. Treinta minutos después, seguíamos esperando que la placenta de la mujer se desprendiera de la pared de su útero. Eso indicaba que teníamos un caso de placenta retenida.
 
 
Hay un pequeño truco que a veces funciona para ayudar a separar una placenta, y decidí intentarlo para evitar llevarla al quirófano. Le entregué al doctor Desiré un pequeño catéter de alimentación infantil, que él introdujo a través de la vena umbilical hacia la placenta. Mientras tanto, empapé cuatro tabletas de un medicamento llamado misoprostol en un recipiente estéril, luego aspiré la solución para que el doctor Desiré se la inyectara en el catéter.
 
Doctor Desiré”, exclamé, “esto es lo que nosotros llamamos un “Día de comida completa”. ¡Eclampsia, ventosa y ahora placenta retenida!” Debo admitir que, en mi francés a medias, no salió tan bien esta expresión, pero todos entendieron el significado. 
 
Afortunadamente, después de esperar 25 minutos, el misoprostol penetró y la placenta se soltó de forma segura y fácil sin estrés para la mujer. Ella permaneció en nuestro departamento bajo minuciosa observación para asegurarse de que no tenía más convulsiones.
 

Habilidades renovadas

 
En la noche, mi radio cobró vida con un rápido francés: "Lanice, ¿estás cerca del doctor Emmanuel?"
 
Marion, nuestra enfermera canadiense, sonaba preocupada mientras preguntando por el líder de nuestro equipo clínico.
 
"Sí, está justo aquí, acaba de terminar una reunión", le contesté, en mi francés que mejoraba lentamente. "¿Por qué?"
 
"Creo que tenemos un caso de rabia. ¿Puede venir?"
 
"¡Los dos vamos para allá!"
 
En esta misión cubro el rol de partera internacional, pero como una doctora calificada, tomo cualquier oportunidad para mantener activas mis habilidades de medicina tropical. 
 
La luz del día estaba menguando, largas sombras se extendían a través del camino de tierra mientras nos apresurábamos hacia el departamento de emergencias. Las sombras eran iluminadas ocasionalmente por mujeres con coloridas mantas africanas, con cargamentos sobre sus cabezas y bebés sobre sus espaldas mientras se dirigían a casa. Marion estaba esperándonos fuera de la sala de emergencias, frunciendo el ceño.
 
Un perro lo mordió en la cara hace seis semanas y ahora está en un estado terrible” nos relató la historia del paciente en francés. Detrás de las cortinas, un niño yacía en la camilla de emergencias, mientras su padre lo sostenía y tomaba sus manos. La saliva escurría de la boca del niño, sus ojos bien abiertos. De repente, el niño se arqueó en un espasmo, con el cuerpo rígido y ahogando un grito.
 
Estudié sobre la rabia en mi curso de medicina tropical y sabía que tras una atención tardía como esta, solo podríamos ofrecer cuidados de apoyo para aliviar sus síntomas. La gravedad de sus síntomas era devastadora. La más mínima perturbación o incluso el esfuerzo de beber agua le provocaban espasmos horrendos.
 
La palabra en francés para para rabia es “rage”: que al igual que en español, es más que adecuada para esta horrible enfermedad. Emmanuel discutió sobre los cuidados paliativos con el médico de cabecera y nos dirigimos a casa, callados mientras se acercaba el fin del día.
 

Parto en la carretera

 
Sola en mi habitación, preparándome para acostarme, la radio sonaba una vez más: "¡Lanice, Sage-femme! (Patera en español)"
 
Patrick, nuestro coordinador de proyectos canadiense, hablaba fuerte y rápido.
 
"¡Parto en la carretera!"
 
"Estoy en camino", respondí, poniendo mi radio en mi cinturón mientras tomaba mi equipo de emergencia y una toalla.
 
"¿Un parto?"  Marion, escuchaba la llamada y preguntaba, mientras asomaba su cabeza fuera de su habitación junto a la mía.
 
"¡Vamos!" Respondí, mientras las dos corríamos hacia la llovizna. 
 
 
Marion fue la primera en cruzar la puerta y se agachó al lado de una mujer en el camino justo afuera de nuestra puerta del complejo. Le lancé un par de guantes mientras metía mis manos en los míos. Comenzamos a trabajar en la oscuridad, con un amigo de la mujer que alumbraba el área con la débil luz de su teléfono, justo a tiempo para ver a un bebé nacer sobre un montón de trapos que las mujeres habían traído.
 
"Rápido, envuélvelo con esto", le explicaba, mientras Marion levantaba al bebé y desdoblaba mi toalla para proteger al recién nacido.
 
Entonces, extendí mi mano para sostener la placenta y sacarla de la mujer. Marion secó y estimuló al recién nacido mientras yo intentaba masajear el útero de la mujer, no fue una tarea fácil ya que estaba agachada a mi lado.
 
Llamé por radio para que un auto nos recogiera y en minutos estábamos en camino a la unidad de maternidad con una madre y un bebé saludables para que recibieran mayor valoración y cuidado. 
 
"Wow, qué día", le dije a Marion.
 
"Eclampsia, ventosa, placenta retenida, rabia y un parto fuera de nuestra puerta. ¡Esta noche dormiremos muy bien! ".
 

La obstetricia tiene un ritmo propio 

 
Después de un día tan pesado, esperaba tener un momento de tranquilidad para ponerme al corriente con los informes de fin de mes. La obstetricia, sin embargo, tiene un ritmo propio, que no se puede negar. Llegué al departamento y la enfermera a cargo me pidió realizar un ultrasonido a una mujer embarazada, pues el equipo no había podido encontrar el latido del feto y los doctores congoleses estaban ocupados. 
 
Preparé a la mujer para el examen y deslicé la sonda sobre el abdomen inferior. La cabeza estaba baja, en la posición correcta, pero el pequeño pecho del feto estaba quieto, inmóvil y sin pulsaciones del corazón. Este bebé, lamentablemente, también había muerto en el útero. Tomé los datos de las medidas, confirmé que el feto tenía 26 semanas y, con la ayuda de nuestro personal de maternidad que habla swahili, expliqué lo que debíamos hacer para inducir el parto.
 
Apenas terminé de escribir el expediente de admisión, historia y examen de la mujer, pensando que podría escabullirme para hacer algunos trámites, cuando el doctor Alain salió de detrás de las pesadas cortinas de nuestra suite de parto, anunciando "¡Parto de nalgas!"
 
Compartir habilidades y conocimientos, es uno de los mayores placeres de trabajar con MSF. He trabajado con el equipo para ayudar a prepararlos para emergencias y para usar oxitocina para aliviar el parto y disminuir nuestra tasa de cesáreas. Mientras tanto Rehma, nuestro excelente supervisor de enfermería, el doctor Alain y el doctor Desiré, se ponían a mi lado mientras aprendían a dar a luz bebés que venían en posición de nalgas y gemelos, algo que un médico general en Canadá generalmente solo haría en una emergencia en caso de que no hubiera un obstetra disponible.
 
Esta mujer en particular estaba en su quinto embarazo y el bebé bajaba por el fondo del canal uterino, primero con las piernas flexionadas fuera del camino. Como el bebé no era grande y se esperaba que fuera un parto seguro, se me dio la oportunidad de hacerlo. Me puse el pesado delantal de plástico y los guantes estériles mientras el equipo preparaba la mesa de reanimación para ayudar al recién nacido. Una revisión rápida de los latidos fetales del corazón reveló que el corazón ahora estaba latiendo a una velocidad alta, una indicación que había problemas.
 
La posición de nalgas se presentaba rápidamente y, en un minuto, las pequeñas nalgas pasaban por el canal del parto hasta el nivel de los hombros del bebé. Intenté encontrar el brazo posterior y realizar la "maniobra de Bickenbach", una técnica utilizada para dar a luz durante este tipo de partos, pero no pude extraer el brazo, una de mis luchas en curso con un parto de nalgas. Por lo tanto, rápidamente me cambié para extraer la parte superior del brazo utilizando la "maniobra Loveset". Giré al bebé, saqué el segundo brazo y en un movimiento fluido, flexioné la cabeza y lo saqué rápidamente hacia arriba para colocarlo sobre el abdomen de la madre.
 
Los bebés que vienen de nalgas a menudo tardan un poco en respirar, por lo que trabajamos simultáneamente para sujetar y luego cortar el cordón, mientras el doctor Alain trasladaba al bebé a una cama más caliente.
 
Mientras tanto, me sorprendió descubrir que la placenta se desprendía del canal del parto, literalmente justo en los talones del bebé. La placenta se había desprendido antes de que naciera el bebé, creando un riesgo de sufrimiento y conmoción fetal. Le hice un masaje en el útero, confirmando que estaba firme y bien contraída, y la enfermera continuó con el cuidado de rutina de la mujer. Luego me acerqué a la mesa de calentamiento donde el doctor Alain estaba usando el kit de reanimación para llevar aire a los pulmones del recién nacido.
 
"¡Vamos, bebé!", alentaba, su inglés a medias competía con mi francés en la misma situación. Un grito debajo de la máscara señaló una feliz evolución y continuamos nuestro cuidado hasta que el bebé estuvo estable.
 

48 horas en la línea de frente

 
Media hora más tarde, mientras tomábamos el almuerzo, nuestro coordinador de proyectos me llamó de nuevo: hubo un traslado de tres pacientes enviadas desde nuestro equipo de extensión, y una de las mujeres estaba sangrando a causa de un aborto espontáneo.
 
Agarré mi bolso y salté al jeep para encontrarme con la mujer y otras dos pacientes. Antes de mi llegada, habíamos tenido tres futuras madres fallecidas en este año, por complicaciones y pérdida temprana del embarazo, por lo que me sentí obligada a ir y encontrarme con las pacientes transferidas y hacer todo lo posible para evitar otra muerte materna.
 
Afortunadamente, la mujer se encontraba estable pero necesitaba cuidados adicionales. También había un niño pequeño acostado sobre una colchoneta en el suelo, en coma debido a una malaria cerebral, y otra mujer, más joven que yo pero con una vida difícil, era transferida para recibir más atención por parte nuestro equipo.
 
Llamé por radio para preparar a nuestro equipo de emergencia para recibir al niño en coma, cuando llegamos ya estaban listos. Nuestro líder del equipo de atención a casos de VIH también estuvo allí para conocer a su paciente y llevé a la mujer embarazada y a su esposo a nuestra sala de maternidad para que recibieran atención adicional.
 
Para entonces, la tarde había pasado y nuestro equipo de personal internacional se estaba reuniendo para nuestra junta semanal. Me desplomé en una silla cómoda, mi espalda estaba caliente por los rayos del sol, y comí un puñado de palomitas de maíz mientras revisaba los últimos dos días:
 
Eclampsia, ventosa obstétrica, placenta retenido, rabia, parto en la carretera, fallecimiento fetal, complicaciones después de un aborto, coma ocasionado por malaria, VIH… ¡Solamente 48 horas en la línea del frente, y disfruté cada minuto del trabajo!
 
Mientras escribo esto, estoy llegando al final de mi misión con MSF. Pronto me alegraré de volver a casa, visitar a familiares y amigos y soñar con mi próxima tarea ... ¿Doctora? ¿Partera? ¡El tiempo dirá!"