15.03.2018
Meinie Nicolai es enfermera y Directora General de Médicos Sin Fronteras (MSF).
 
La mayoría de las personas en Guta Oriental viven bajo tierra. La atención médica se proporciona cada vez más en sótanos. Lo que está sucediendo allí no resiste la luz del día.
 
Recientemente hablé con la directora de un hospital al que MSF apoya desde 2013 en Guta Oriental. Me sentía cada vez más incómoda de estar sentada en una oficina segura en Bruselas escuchando a detalle las dificultades a las que se enfrentaban ella y sus colegas.
 
Esta joven y confiada doctora me explicó que los últimos cinco años de asedio, bombardeos y fuego de artillería intermitente han sido muy difíciles, pero no se comparan para nada a lo que han vivido el último mes. Admitió que a duras penas podía encontrar las palabras adecuadas para describir la situación. Su hospital era un edificio de cinco pisos, pero actualmente sólo pueden usar el sótano pues creen que al hacerlo pueden conseguir algo de protección en caso de que haya bombardeos o fuego de artillería. 
 
Han instalado varios quirófanos en el sótano, pero la sala de cuidados intensivos más cercana se encuentra a varios kilómetros de distancia y el trayecto es muy peligroso. La doctora me contó sobre un bombardeo que sucedió el día previo a nuestra plática, fue cerca del hospital. Siete personas murieron, tres eran niños; y 30 heridos fueron llevados rápidamente al hospital.
 
Cuando hablamos se escuchaba completamente exhausta. Ella y sus colegas habían realizado 17 cirugías mayores en las últimas 24 horas –incluyendo cirugías generales, ortopédicas y vasculares– con equipo técnico y suministros limitados. Le pregunté cómo estaban los pacientes y me contó que uno de ellos murió. Pero no todo era malo, los otros 16 pacientes se encontraban estables. 
 
Me contó que las transfusiones sanguíneas son uno de sus mayores problemas. El banco de sangre central está sólo a siete kilómetros de distancia, pero con los intensos bombardeos y fuego de artillería, bien podría estar a 70 kilómetros; no pueden llegar hasta allí. En su hospital sólo pueden realizar las pruebas más básicas previas a las transfusiones, y se están quedando sin bolsas de sangre. La mayoría de los habitantes ha comenzado a vivir en sótanos y refugios subterráneos improvisados; espacios cerrados con condiciones totalmente insalubres. La doctora dijo que ha tenido que reducir las consultas generales a lo mínimo para poder mantener su capacidad de atender a los pacientes críticos.
 
El proceder de esta batalla y su impacto son extraordinarios. Durante las primeras dos semanas de la ofensiva más de 300 heridos y 70 muertos eran llevados diariamente a las instalaciones apoyadas por MSF, día tras día; y 15 instalaciones apoyadas por MSF en el área han sido alcanzadas por los bombardeos y el fuego de artillería. Cuatro de los médicos a los que apoyamos han sido asesinados y, hasta el momento, 20 han resultado heridos. 
 
En general, la situación de la guerra parece clara, pero algunos de sus detalles no. Y apuntan a que el conflicto no sólo es muy grande, sino también muy sucio. 
No podemos verificar los detalles de los pacientes que llegan para recibir tratamiento a alguna de las instalaciones a las que brindamos apoyo, con dificultades para respirar y síntomas consistentes con los de una exposición a agentes químicos. Y no podemos verificar las historias de los pacientes con heridas de bala que son atendidos por los médicos a los que apoyamos, quienes dicen que fueron atacados por francotiradores dentro del área controlada por la oposición.
 
Lo que podemos hacer es seguir intentando garantizar el uso más eficiente posible de los suministros médicos restantes que MSF posicionó previamente en el enclave, a pesar de que estos disminuyen a diario. Y podemos repetir nuestras peticiones a las partes beligerantes y sus partidarios para que los civiles atrapados en Guta Oriental no sean ni objetivos ni objetos prescindibles en su búsqueda por una victoria militar. La población civil no debe ser utilizada como si fueran títeres por las partes en conflicto o como justificación para la campaña militar de la coalición liderada por Siria. 
 
Mientras se preparaba para regresar con sus pacientes, la doctora resumió la situación como extremadamente crítica; su equipo está exhausto y tienen dificultades para dormir porque los despiertan los enfrentamientos o las afluencias de pacientes. Todos han perdido peso porque la comida es poca o inexistente. “Esto debe terminar”, me dijo. “No podemos seguir viendo morir a los niños”. 
 
Estos médicos y enfermeras están agotados, pero siguen haciendo su trabajo tan bien como pueden. Todos deberíamos sentirnos avergonzados. Me estoy quedando sin palabras y aún me queda transmitir el mensaje claro que escuché de la oscuridad y el miedo del sótano del hospital: esto tiene que terminar.
 

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