18.04.2018
Huyeron de los combates en la región del Alto Nilo en busca de protección y seguridad. Pero las 25,000 personas que viven en este centro desde 2014 sufren graves trastornos mentales, desesperación y ansiedad. También aumentan los intentos de suicidio.
 
El centro de protección de civiles (PoC) de Malakal, en Sudán del Sur, se creó a principios de 2014 para ofrecer protección temporal a la población del área que estaba atrapada a causa de los combates en la región del Alto Nilo, en el norte del país. Sin embargo, cuatro años después, la dureza de las condiciones de vida, la pérdida de esperanza, la sensación de aprisionamiento y las limitadas oportunidades de vida han tenido un impacto sobre la salud mental de las personas desplazadas.
 
Para la mayoría, abandonar el centro no es una opción.
 

Servicios de salud mental

 
En la esquina de la sala principal del hospital, una mujer joven cae al suelo repentinamente estremeciéndose sin control. Inmediatamente, el personal del hospital acude para evitar que se lesione. Una enfermera despliega una pantalla para ofrecerle cierta privacidad. “Ha sufrido una crisis de convulsiones psicogénicas”, explica el doctor Jairam Ramakrishnan, el psiquiatra del hospital. “Es algo bastante frecuente en el hospital. Para muchas personas, la ansiedad y el estrés de estar atrapadas en el centro de protección de civiles superan el umbral de lo que pueden soportar”.
 
En 2017, se registraron 31 intentos de suicidio y siete consumados. A finales de año, asistimos a un pico de 10 intentos en solo un mes. “Gran parte de la población se enfrenta a unas circunstancias desoladoras de forma crónica”, afirma. “La mayoría de los hombres no abandona el centro; temen ser atacados o que los obliguen a unirse a un grupo armado”.
 
 
El centro se fundó en 2014 después de que los combates en Malakal forzaran a muchas personas a huir de sus hogares. Las fuerzas de las Naciones Unidas desplegadas en Sudán del Sur (UNMISS) buscaban garantizar un espacio donde la población pudiera establecerse de forma temporal. La mejora de las condiciones de vida en el campo no era una prioridad inmediata.
 
Sin embargo, con el paso de los años, las autoridades se dieron cuenta de que el centro no iba a desmantelarse pronto. Se quieren mejorar las condiciones, pero las opciones son limitadas. Actualmente, en este centro de espacio muy reducido viven 25,000 personas, la mayoría niños. En algunas partes del asentamiento, el espacio habitable es inferior a 17 metros cuadrados por persona, muy por debajo de los 30 metros cuadrados que marcan los estándares humanitarios internacionales.
 

Desesperación y soledad

 
La época más difícil en el campo es la estación de lluvias, entre junio y octubre, cuando el terreno de vertisol se transforma en un barro espeso y los suelos de tierra compactada de las cabañas se convierten en un cenagal. “Dada la violencia que han vivido, sería de esperar que muchos pacientes sufrieran un trastorno de estrés postraumático. Pero yo percibo una imagen diferente”, asegura Ramakrishnan. “Estas personas son resilientes y sobreviven sin presentar muchos de los signos que revelan el trastorno de estrés postraumático. Sin embargo, con el paso del tiempo y al permanecer estancados en sus actuales circunstancias, sin atisbo de mejora en sus condiciones de vida, se sienten desesperados”.
 
La psicosis encierra a las personas en una prisión mental, disociándolas del mundo real. Puede verse a personas solitarias caminando en un estado de aturdimiento mientras luchan para afrontar la situación. Debido a la separación, muchos no cuentan con familias que les den apoyo emocional. Resulta difícil establecer con exactitud la proporción de personas con problemas de salud mental en el campo, pero recibimos entre 18 y 20 nuevos pacientes con trastornos mentales graves al mes.
 
Esto no incluye a las personas que pasan desapercibidas o que no están buscando tratamiento para otros problemas mentales. Los especialistas en salud mental del Grupo de Trabajo de Sudán del Sur, que ayuda a coordinar las actividades, determinaron que desde 2017 cerca de la mitad de todos los casos de salud mental estaba relacionado con la depresión y el 15% con la ansiedad.
 
Además, la amenaza de la violencia siempre está presente y se suma a la tensión. En febrero de 2016, 25 personas fallecieron en un estallido de violencia en el centro. Muchos más resultaron gravemente heridos y la tercera parte del campo fue pasto de las llamas. Algunos buscan consuelo en el marisa, un alcohol local destilado a partir del sorgo. El alcoholismo abunda en el campo y contribuye a problemas de salud como la hipertensión y la reducción de la resistencia natural a enfermedades como la tuberculosis.
 

Miedo a violencia sexual

 
Aunque la rutina de la vida familiar puede ayudar a algunas mujeres, también viven sumidas en un miedo constante a la violencia sexual que se cierne sobre ellas cuando abandonan la seguridad del centro. Y es que una de las pocas fuentes de ingresos para las mujeres es la recolección de leña fuera de las puertas del centro.
 
“A menudo son atacadas y agredidas sexualmente”, explica Natalia Rodríguez, nuestra psicóloga en la zona. “Muy pocas acuden a MSF en busca de asesoramiento o para ser sometidas a una exploración médica. Tienen miedo, ya que las mujeres que han sufrido abusos tienen dificultades para contraer matrimonio”.
 
 
En el centro de protección de civiles, la infancia se acaba muy pronto. Durante el segundo semestre de 2016, los casos de intento de suicidio y los suicidios registrados entre la población infantil llamaron la atención de las autoridades. Por desgracia, los problemas de los niños suelen pasar inadvertidos. En las familias, los signos de trastornos emocionales, como la agresividad o la incontinencia nocturna, no suelen ser percibidos por los padres. Los abusos, el abandono y el hambre pueden pasar desapercibidos y provocar cambios conductuales.
 
Los niños y los huérfanos pueden estar la calle, a veces alimentándose de la basura al no tener asignadas raciones de alimentos. Una vez más, el alcohol es a menudo el único medio de escape y puede conducir a conductas violentas. “Mediante terapia cognitivo-conductual, podemos contribuir a desarrollar las habilidades de las personas para afrontar trastornos como la depresión. Se trata de ayudarles a identificar desencadenantes mentales de la depresión y encontrar estrategias de mitigación”, afirma Natalia Rodríguez. “Nadie sabe cuándo mejorará la situación en Alto Nilo para que puedan regresar a sus hogares”, comenta Ramakrishnan.
 
Mientras tanto, las autoridades del campo tienen que hacer algo más que proporcionar alimentos y agua. También deben hacer frente a la falta de vivienda suficiente, desarrollar estrategias para fomentar la cohesión de la comunidad, y crear más oportunidades de empleo en el campo. En este momento, los recursos psiquiátricos y psicológicos son insuficientes para aliviar a tanta población vulnerable.

 

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