11.07.2011

Más de 15 años de combates, violencia, desplazamientos y miedo permanente han marcado de por vida a miles de personas en la provincia de Kivu Norte. Como parte de sus servicios médicos, los equipos de MSF ofrecen apoyo de salud mental a los desplazados por el conflicto.

Tortura, trabajos forzados, hostigamientos, violaciones, ataques armados, asesinatos y pillajes se producen semanalmente, si no a diario, en esta provincia oriental de la República Democrática del Congo. En esta parte del mundo, casi nadie ha escapado a las consecuencias de 16 años de conflicto. La mayoría, si no todos sus habitantes, han perdido a seres queridos, han tenido que huir, o han presenciado el asesinato o la tortura de otras personas.

La tierra de Kivu Norte es rica en recursos naturales y fértil para el cultivo. Las cosechas crecen en abundancia cuando la población tiene acceso a los campos. Pero la tensión se palpa en el aire: más heridos de bala en el hospital, ataques a trabajadores humanitarios, rumores de asesinatos y ataques armados, tiroteos en las aldeas… los incidentes son constantes.

La población vive presa del miedo. Familias enteras se ven obligadas a desplazarse a zonas poco más seguras que sus propios pueblos. Allí luchan por encontrar comida y agua potable, por mantener su dignidad, hacen todo lo que pueden para seguir con vida, aunque su mundo se esté desmoronando.

Muertos de miedo
Como parte de su proyecto en Mweso, Médicos Sin Fronteras (MSF) lleva a cabo un programa de apoyo psicosocial a personas traumatizadas y desplazadas por la guerra. Muchas presentan síntomas graves de estrés postraumático como miedo constante, recuerdos recurrentes, insomnio, pensamientos suicidas, ansiedad, palpitaciones y problemas respiratorios. Acuden a MSF en busca de apoyo, alivio y medicación si es necesaria.

Un niño de 12 años vio morir asesinados a sus hermanos y a su madre a manos de unos hombres armados. Su padre resultó gravemente herido. El niño se las arregló para huir, pese a que los agresores intentaron secuestrarlo. “Estoy asustado. Tengo miedo todo el tiempo”, dice. Una mujer de 60 años sufre atroces dolores de cabeza y de estómago, y se pasa los días preguntándose “¿cuándo me matarán?”. Un hombre habla de pesadillas, recuerdos recurrentes y accesos de llanto, 10 años después de haber sido detenido y torturado. Muchas de estas personas dicen “sentirse muertas”.

Sobrevivir campos de desplazados
La mayoría de las personas que atiende MSF han sido desplazadas de sus aldeas y viven en asentamientos improvisados por toda la provincia. Sus precarias chozas se amontonan unas con otras. Familias de cuatro miembros o más se hacinan en menos de tres metros cuadrados. La mayoría llevan años viviendo en campos de desplazados. No saben nada de los seres queridos que dejaron atrás; es demasiado peligroso volver y averiguar qué ha sido de ellos.

En Kashuga, un pueblo a 15 kilómetros de Mweso, hay cinco campos de desplazados que albergan a cerca de 15,000 personas. Cualquier sonido fuerte provoca desbandadas de gente que corre despavorida para salvarse. Son víctimas de acosos y saqueos constantes. No tienen acceso a sus propias tierras y ocupan las de la población local, creando problemas por la obtención de alimentos. Los gastados techos de paja de sus chozas no les guarecen de la lluvia y tampoco pueden hacer hogueras para calentarse en el suelo encharcado. Los hombres se esconden de los grupos armados por miedo a ser reclutados para trabajos forzados. Las mujeres esperan desnudas a que se seque su única muda de ropa. Los niños trabajan como pequeños adultos, cargando baldes de agua o haces de leña que pesan más que ellos mismos. Las niñas se quedan embarazadas tras ser violadas. Huérfanos abandonados por la guerra o por la enfermedad, niños enrolados en grupos armados sin otra alternativa de supervivencia... En estas circunstancias, no es de extrañar que muchas personas sufran problemas mentales graves que les imposibilitan cuidar de sí mismos y de sus familias.

Algunos pasan los días completamente solos, sentados frente a sus chamizos. Otros simplemente no salen de la cama. Para muchos, la vida comunitaria ha dejado de existir. Algunos ya ni buscan asistencia médica. Una mujer con graves quemaduras es abandonada en su refugio por su propia familia: “Morirá igualmente”, dicen. En estas circunstancias, no es raro que los arranques de ira y de venganza contra el primero que pasa se acepten ya como algo cotidiano.

Recuperar la dignidad
Al igual que el resto de las actividades médicas que MSF lleva a cabo en Kivu Norte, los servicios de salud mental salvan vidas. Ayudan a aceptar sus traumas a los pacientes más desesperados y a desestimar la idea del suicidio, y a aquellos que desean venganza, a elegir una vía menos agresiva de canalizar su rabia. La atención psicosocial intenta restituir la dignidad de estas personas, cicatrizar heridas emocionales y prevenir problemas de salud crónicos. Algunos pacientes caminan 15 kilómetros para asistir a las sesiones de seguimiento.

MSF forma a trabajadores psicosociales para dar apoyo psicológico en sus propias comunidades. Mediante sesiones de terapia individual y de grupo, los equipos ayudan a quienes sufren trastornos psicológicos a retomar las riendas de sus vidas y que sean capaces, por ejemplo, de cultivar la tierra, cuidar de sus hijos y de sus bienes, y volver a participar en actividades comunitarias. Reducir la gravedad de sus síntomas es esencial para su salud, su estado nutricional, sus condiciones de vida, su sentido de pertenencia a una comunidad y su capacidad de vivir, a pesar de las dificultades a las que se enfrentan todos los días.

Ayudar a los pacientes a entender que sus síntomas son normales, teniendo en cuenta lo que han vivido, es a menudo el primer paso para resolver sus problemas. Para superar sus terribles experiencias, no siempre es necesario que hablen de ellas. Con su sola presencia en el grupo, sus historias se hacen palpables en la sala y en el trabajo.

Resultados esperanzadores
La mayoría de los que buscan ayuda mejoran. Quienes lloraban diariamente vuelven a sonreír; los que sentían un miedo constante tienen momentos sin ansiedad; los que habían perdido las ganas de vivir vuelven a trabajar. Se empiezan a escuchar historias de cambio: algunos desplazados dicen que los niveles de violencia han bajado en algunos campos, muchos vuelven a cultivar pequeños retazos de tierra, y los médicos reportan mejoras en el cumplimiento de los tratamientos por parte de los pacientes y en sus niveles de cooperación.

A veces pueden conseguirse cambios asombrosos en apenas unas pocas sesiones de apoyo psicosocial. Una chica de 15 años que intentó suicidarse no podía dejar de llorar, era incapaz de hablar o mantener contacto visual. Poco a poco, empezó a contar parte de su experiencia de secuestro y esclavitud sexual. Tras unas cuantas sesiones, su historia de tortura y sufrimiento no había cambiado, pero su llanto cesó, empezó a sonreír y empezó a trabajar la tierra de nuevo. El mundo que la rodea no ha cambiado, pero está decidida a seguir adelante.