11.11.2016
Nicholas Papachrysostomou, nuestro coordinador en el barco de búsqueda y rescate Dignity I, recuerda los dos días más intensos ocurridos en octubre. El mes pasado marcó un récord en el Mediterráneo central con más de 27,000 personas rescatadas.
 
Sin concluir 2016, este año es ya el más mortífero desde que comenzaron los registros de personas que buscan refugio en Europa a través de esta ruta marítima. En concreto, más de 4,200 han fallecido o desparecido en esta dura travesía.
 
A bordo del Dignity I, Mediterráneo, aguas internacionales.- "Ese día, no lejos de la costa libia, el sol aún no había salido. El mar estaba agitado. Eran las 4 de la madrugada del 22 de octubre y, tras un intenso día de rescates durante la jornada anterior, nos acercábamos a la capacidad máxima de pasajeros en el Dignity I.
 
Nos requirieron para un nuevo salvamento de una balsa de goma que se encontraba no muy lejos de nuestra posición. Gracias a las dos lanchas que tenemos, llegamos a las coordenadas indicadas con bastante rapidez. No sabíamos muy bien lo que encontraríamos, pero aquello superó nuestras peores pesadillas.
 
Cuando llegamos al punto señalado, la barcaza estaba en riesgo de naufragio con decenas de personas en pánico. Se sentían solas en la oscuridad, en la inmensidad del mar. Su ansia de ser rescatados era tal que no podían esperar, no escuchaban: eran hombres, mujeres y niños procedentes de África subsahariana que llevaban consigo una pesada carga de sufrimiento.
 
Antes de establecer cómo íbamos a proceder al salvamento, la gente empezó a saltar al agua. Gritaban y se agarraban a nuestros botes. Empezamos a subirlas a bordo, pero cuando el resto de personas que seguían sobre la balsa lo vieron, pensaron que era la mejor manera de ser rescatados y empezaron a saltar muchas más.
 

Asfixiados por combustible y agua de mar

 
En cuestión de minutos, había una multitud en el mar y los equipos trabajaban sin cesar para subirlos a bordo. Muchos de ellos estaban inconscientes, quemados y casi ahogados. Al mismo tiempo, pusimos en marcha una evacuación médica con el apoyo de una lancha rápida conocidas como ‘Charlie Papa’ de la Guardia Costera italiana. Abarloamos la ‘gomona’ -como llamamos a estas barcas- hacia el Dignity I.
 
Fue entonces cuando fuimos plenamente conscientes de la magnitud de la tragedia: había nueve cadáveres dentro de la balsa.
 
El fondo de la barca se había partido y los niños y las mujeres, que normalmente se sientan en el medio, en el suelo, habían quedado atrapados y habían sido aplastados. Se habían asfixiado hundidos en una mezcla de combustible y agua de mar.
 
 

Un cementerio flotante

 
Mis compañeros ataron el cementerio flotante en el que se había convertido el bote amarrado en uno de los costados del Dignity y avisamos a otros barcos de nuestra situación por si localizaban más cuerpos. El día no había hecho más que empezar. En unas ocho horas realizamos otros tantos rescates. Como no teníamos espacio suficiente para subir a bordo a todos los pasajeros, tuvimos que centrarnos en entregar chalecos salvavidas a todos ellos, asegurar sus embarcaciones y ofrecerles palabras de aliento hasta que llegara otro navío y los recogiera.
 
Solo subíamos a bordo a las personas más vulnerables. En el último de los rescates, hicimos una excepción dado que la barca estaba dañada, y subimos a todos los pasajeros a nuestra cubierta.
 
Terminamos la jornada con 668 personas en el Dignity I, una cantidad enorme de pasajeros a los que teníamos que limpiar de restos de combustible, alimentar y, lo más importante, informar del paradero de seres queridos a los que habían perdido.
 

Imágenes demasiado habituales

 
Nos resultó muy difícil de asimilar. Desafortunadamente, este tipo de imágenes se han vuelto tan habituales que parece difícil crear mayor conciencia sobre el sufrimiento de estas personas. Para nosotros, estos rescates supusieron las últimas operaciones realizadas en octubre, un mes que ha terminado convirtiéndose en el más terrible del año.
 
 
Las causas de este incremento de víctimas se deben, en parte, al deterioro de las condiciones climáticas, con vendavales y grandes olas a medida que el invierno se acerca. En las aguas del Mediterráneo, más de 4,200 personas han muerto o desaparecido en lo que llevamos de 2016.
 
Un triste récord desde que hay estadísticas. Y todavía quedan dos meses para que concluya el año.
 
La tragedia podría haber sido mucho peor. Nuestros tres barcos de MSF (el Bourbon Argos y el Dignity I, y en colaboración con SOS Méditerranée, el Aquarius) han rescatado a casi 18,000 personas este año y más de 334,000 personas han llegado por mar a Europa.
 
Todas y cada una de ellas tienen un rostro y una historia de sufrimiento: algunas huyen de las guerras, otras enfrentan diferentes tipos de discriminación, violencia y persecución. Su odisea de dolor comienza en países como Pakistán, donde el conflicto se ha vuelto crónico, en el corazón de África subsahariana como Nigeria, Eritrea o Somalia o en un Oriente Próximo devastado por años de tensión e inestabilidad.
 
Una gran parte de ellos tienen una parada en Libia donde, según entrevistas realizadas por nuestros equipos médicos a cientos de personas rescatadas, muchos sufren detención, violencia sexual y tortura. Nuestra obligación es perseverar en poner nombres y rostros a estas personas. Sin embargo, tenemos que admitir que no siempre lo logramos. Algunos dejan este mundo anónimamente, devorados por el mar.
 

Muertes anónimas

 
Es lo que sucedió el pasado 3 de octubre, uno de los días que marcó un pico en nuestras actividades. Esa fecha realizamos un rescate en colaboración con un buque de la Armada irlandesa. El navío militar ya estaba en la escena a nuestra llegada. Cuando finalmente llegamos a la zona de rescate, vimos que algunos de los rescatados habían estado en el agua mucho tiempo.
 
Varios de ellos habían inhalado combustible y tragado mucha agua. Hubo algunos casos críticos por ahogamiento y, en unos minutos, nuestra clínica estaba abarrotada. Una mujer embarazada de 34 años de Nigeria murió a pesar de nuestros esfuerzos para reanimarla. Era solo el principio.
 
 
El equipo médico estaba tratando a decenas de pacientes por quemaduras y otras complicaciones, y algunos de los rescatados empezaron a preguntarnos por sus familiares y amigos. Una madre preguntó por el paradero de sus hijos, pero ninguno de los niños que llevábamos a bordo eran los suyos. Finalmente, la capitanía del buque de guerra irlandés nos dijo que, en medio de la operación de rescate, había seis cuerpos en el agua que no pudieron ser recuperados: seis personas que murieron anónimamente y cuyos cuerpos se alejaron en el mar.
 
Cuando se lo conté a la madre, se desplomó a mis pies. Había tratado de aferrar a sus dos hijos, pero la balsa en la que viajaban se rompió y se encontró en el agua, incapaz de sostenerlos. Mantuvo la esperanza de que estuvieran vivos en alguna parte, pero corrieron el mismo destino que otros cuatro adultos.
 

Urge una vía segura y legal

 
Nadie merece morir anónimamente en el mar. Nadie debería ser abandonado a su propia suerte en una peligrosa ruta en embarcaciones frágiles con un destino predeterminado. No importa cuán grande sea el esfuerzo que nosotros y otras organizaciones hagamos para mitigar esta tragedia, esta seguirá transcurriendo más allá de nuestra capacidad.
 

Seguiremos encarando situaciones que superarán nuestras peores pesadillas.

La Unión Europea (UE) y sus Estados miembro no pueden seguir siendo testigos y cómplices de esto. Deben revertir su política hacia los refugiados y los migrantes que llegan a sus fronteras. En lugar de centrarse en medidas de disuasión y acuerdos de externalización, Europa debería invertir mucho más en la recepción de acuerdo con sus propias normas y adoptar un enfoque diseñado para atender las necesidades médicas, humanitarias y de protección de las personas que llegan a sus fronteras.
 
La UE debe respetar el derecho de estas personas a solicitar asilo y asumir la necesidad urgente de vías legales y seguras para que miles de personas no tengan que arriesgar la vida en esta mortal travesía.

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