20.02.2018
Kate Nolan, coordinadora de emergencias de MSF en Bangladesh
 
Bangladesh ha recibido casi 700,000 refugiados rohingyas desde el 25 de agosto de 2017. Se unen a decenas de miles que ya se encontraban en el país tras huir de otros momentos de tensión y violencia en el vecino estado de Rakhine, en Myanmar. Lo que más me sorprende de esta situación es su magnitud: la gran cantidad de personas que han cruzado la frontera en tan poco tiempo, apenas seis meses. De hecho, todavía sigue llegando gente.
 
El número de personas que viene ahora no es masivo, como al comienzo de la crisis, pero todavía vemos que algunos centenares arriban cada semana después de cruzar el río Naf. Los recién llegados dicen que se sienten inseguros, amenazados y hostigados en sus lugares de origen, en aldeas que a menudo están casi vacías. Intentan vender sus bienes o animales de cualquier manera para tomar un bote y llegar a un país que ha hecho y sigue haciendo un gran esfuerzo para acogerlos.
 
Los refugiados terminan en asentamientos improvisados ​​precarios y densamente poblados en el distrito suroriental de Cox's Bazar. Sus casas están construidas generalmente a base de plástico y bambú, con poca distancia de separación entre unas y otras, y con condiciones inadecuadas de agua y saneamiento. Como vemos a través de nuestras consultas médicas en todos los asentamientos, los rohingyas ya estaban marginados y excluidos en Myanmar. Tenían muy poco o ningún acceso a atención médica y no estaban vacunados de forma rutinaria contra las enfermedades transmisibles, por lo que su estado de inmunización es muy bajo.
 
 
 
Nuestros médicos tratan a muchas personas con diarreas e infecciones del tracto respiratorio, enfermedades relacionadas con las condiciones de vida en los campamentos. También vemos heridas que se han convertido en infecciones graves después de no haber sido tratadas a tiempo, enfermedades crónicas que nunca se han abordado adecuadamente y familias fragmentadas en las que niños o personas discapacitadas tienen que cuidar de muchos otros, asegurar suministros esenciales o construir sus propios refugios.
 
Todos estos factores combinados: el tamaño de la población, la alta densificación, el refugio inadecuado y el estado de inmunización aparentemente muy bajo crean una tormenta perfecta para la situación de salud pública. Es una situación muy frágil que requiere de la atención constante de nuestro personal y de otras organizaciones que trabajan sobre el terreno.
 
Algo que me preocupa es la posibilidad de que surjan nuevas emergencias dentro de la emergencia actual. Por ejemplo, la inminente llegada de la estación lluviosa, con el monzón y las tormentas tropicales en una zona propensa a fuertes ciclones, presenta un obvio mayor potencial de que haya enfermedades transmitidas por el agua, como diarreas acuosas agudas, algo que supone una preocupación importante. Ya hemos visto cómo la vulnerabilidad de las personas puede aumentar rápidamente; en estos momentos estamos aun tratando a personas por sarampión y difteria.
 
Siempre existe el riesgo de enfrentarnos a enfermedades para las cuales los trabajadores humanitarios y el sistema de salud están mal preparados. En este sentido, todos los actores que están respondiendo a esta crisis tienen la oportunidad de aumentar tanto el número de personas seleccionadas para la cobertura de vacunación como el número de enfermedades contra las que vacunarlas.
 
Además, hay muy pocos asentamientos a los que se pueda acceder en vehículo. La mayor parte de los mismos deben ser atravesada a pie. Nos preocupa la consistencia de los refugios y si están realmente preparados y equipados para las fuertes lluvias. Estamos considerando la posibilidad de que se produzcan deslizamientos de tierra o incluso algo tan simple como que los caminos se vuelvan muy embarrados, lo que lleve a más personas a caer y sufrir lesiones y fracturas.
 
 
Estamos preparando nuestra propia respuesta de emergencia, tratando de anticipar daños potenciales en las estructuras de salud, de modo que tengamos los suministros para hacer reparaciones rápidas y volver a estar pronto operativos. Después de las prisas de los últimos meses, nuestra prioridad ahora es consolidar las actividades médicas, centrarnos en servicios de atención médica secundaria y en la respuesta de emergencia a brotes de enfermedades, así como estar listos para responder si la crisis se prolonga y cae en el olvido.
 
En los primeros días, el agua y el saneamiento y la atención en salud primaria eran nuestras prioridades, pero ahora vemos cómo otros actores también pueden trabajar en ello. Sin embargo, sigue habiendo una falta de servicios hospitalarios. Los servicios de salud mental siguen siendo también una parte importante de la asistencia a una población que ha experimentado niveles extremadamente altos de violencia, como lo confirmaron los estudios de mortalidad retrospectivas que publicamos en diciembre.
 
Mientras continuamos respondiendo a la emergencia, en coordinación con las autoridades, es importante hacer un esfuerzo para mejorar la aceptación y comprensión del crucial trabajo humanitario. La zona ha visto cómo su población ha aumentado drásticamente, con la consiguiente presión adicional sobre la economía local, el medio ambiente y la vida cotidiana de una comunidad y un país de acogida que han mantenido sus fronteras abiertas en una crisis que está lejos de su fin.
 
Desde el 25 de agosto de 2017, MSF ha ampliado enormemente sus operaciones y ahora gestiona 15 puestos de salud, tres centros de salud primarios y cinco instalaciones con servicios hospitalarios. Las principales morbilidades entre los pacientes en nuestras clínicas son las infecciones del tracto respiratorio y las enfermedades diarreicas, que están directamente relacionadas con la precariedad del refugio y las condiciones de agua y saneamiento en los asentamientos. Más de 200.000 pacientes han sido tratados en instalaciones ambulatorias de MSF y 4.938 pacientes han sido hospitalizados entre finales de agosto y fines de diciembre.
 

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