"Mi primer caso de difteria me dejó desconcertada, pero ahora siento que soy una veterana en su diagnóstico".

Nina GoldmanMédico de MSF
05.01.2018
 
Nina Goldman es médico de Médicos Sin Fronteras. Actualmente trabaja en Bangladesh tratando a los refugiados rohingya que huyen de la violencia en Myanmar.
 
 
En la mayoría de los países la difteria es una enfermedad que pertenece al pasado, dado que existe una vacuna para prevenirla y se puede tratar. También es una enfermedad que estudié en la facultad de medicina, pero que nunca pensé que vería en persona durante mi vida profesional.
 
A pesar de ser una enfermedad prevenible, hoy en día se están dando brotes de difteria en Yemen y Venezuela. La gran inestabilidad que reina en ambos países ha alterado sus sistemas de salud, lo que ha llevado a que el acceso a las vacunas sea limitado o inexistente. En estos momentos la difteria está muy presente entre los rohingya de Bangladesh. En su mayor parte la población rohingya no está vacunada, y actualmente, desde que huyeron de Birmania, vive en precarios asentamientos improvisados e superpoblados.
 
 
Cuando llegó el primer caso de difteria a la clínica Kutupalong yo estaba fuera. El doctor de guardia lo diagnosticó, dio parte y comenzó el tratamiento. Desgraciadamente, el paciente se fue y nunca más volvió.
 
Aproximadamente una semana después se presentó el segundo caso: un chico que llegó con el cuello inflamado, fiebre, dolor de garganta y una pseudomembrana (una gruesa capa gris de residuo cubriéndole la garganta) como se pudo comprobar tras explorarlo. Fue el primer caso que veía en mi carrera, y era de libro. Lo ingresamos en aislamiento y comenzamos el tratamiento. Le recetamos antibióticos. A mí me preocupaba que le pudieran obstruir la entrada de aire, pero era nuestra única alternativa con los pocos medios de los que disponíamos. Lo monitorizamos mientras permaneció aislado.
 
Pocos días después el chico comenzó a mostrar signos de mejoría: la inflamación del cuello se redujo, era capaz de tragar otra vez, y comenzó a comer. Nos encargamos de que sus padres y sus siete hermanos recibieran antibióticos profilácticos y vacunas.
 
El pronóstico era positivo hasta que una mañana su ritmo cardiaco cayó a niveles críticos. Hicimos todo lo que pudimos para que su corazón volviera a latir pero, desgraciadamente, murió de fallo cardiaco, probablemente como consecuencia de la toxina diftérica producida por la bacteria. Esta toxina puede afectar gravemente al corazón, los riñones y el sistema nervioso central. Se puede tratar con una anti-toxina, pero no estaba disponible en Bangladesh.
 
A partir de ese momento comenzamos a ver un constante reguero de dos casos por día. Los índices de mortalidad eran altos en aquellos pacientes que llegaban con síntomas severos; muchos de ellos presentaban las vías respiratorias casi totalmente obstruidas. No era difícil imaginar la escala a la que podía llegar el problema, dado que todos los pacientes pertenecían a familias de 10 miembros o más que compartían un solo refugio en el campamento. A esto había que añadir que ninguno de los pacientes que vimos había sido vacunado durante su niñez. Todas ellas eran condiciones ideales para la propagación de una enfermedad que se contagia a través de gotas respiratorias. 
 
El número de casos aumentó rápidamente. La clínica Kutupalong ya estaba desbordada de pacientes antes de la emergencia, y no estaba diseñada para tantos casos con necesidad de aislamiento. Nuestra capacidad de ingresos ya había aumentado de las 70 camas que existían cuando llegué, nueve semanas antes, a más de cien.
 
 
Por suerte, Médicos Sin Fronteras es conocida por su gestión de este tipo de emergencias. Se decidió trasladar a todos los pacientes con difteria a la otra clínica de MSF en el campamento improvisado de Balukhali, una maternidad que se acababa de adaptar para responder preventivamente a potenciales casos de hepatitis E, y que se rebautizó como sala de aislamiento de difteria. También organizamos un autobús para transportar a los pacientes de difteria desde nuestra clínica en Kutupalong a Balukhali.
 
Cada brote requiere suministros médicos específicos. Necesitábamos diferentes tipos de antibióticos tanto para el tratamiento como para la profilaxis de los familiares. Necesitábamos más mascarillas para evitar que familiares y personal contrajeran la enfermedad; y, por supuesto, necesitábamos vacunas. 
 
El Ministerio de Salud ha llevado a cabo una campaña de vacunación con el apoyo de otros actores. Médicos Sin Fronteras ha colaborado estableciendo puntos fijos de vacunación en sus puestos de salud. Es la tercera de las campañas de vacunación más recientes, después de la del cólera y el sarampión. Pero ésta presenta dificultades técnicas y logísticas aún mayores que las anteriores, dado que consiste en administrar tres vacunas con un mes de tiempo entre sí. Asegurarnos de que la población objetivo recibe estas tres dosis será un reto enorme. Y habrá que esperar para comprobar el efecto inmunizador de la vacuna.
 
Los epidemiólogos de MSF están creando un modelo del brote; ayudan a planificar los suministros y la capacidad de aislamiento que necesitaremos, y aportan soluciones para intentar controlarlo. El equipo de sensibilización busca casos de manera activa para intentar que ingresen en estadios más tempranos de la enfermedad. Los localizan y rastrean, ayudan a que las personas que han estado en contacto con ellos reciban antibióticos profilácticos, y educan a la comunidad sobre la enfermedad.
 
En una semana, la clínica de Balukhali pasó de ser un centro de aislamiento a un centro de tratamiento de difteria (pacientes con otras enfermedades están siendo trasladados a otros lugares). En el día con más afluencia hasta la fecha se llegaron a visitar 180 pacientes en la clínica.
 
Mi primer caso de difteria me dejó desconcertada, pero ahora siento que soy una veterana en su diagnóstico. La buena noticia es que una proporción bastante grande de pacientes ha mejorado con el tratamiento comparado con los primeros casos, probablemente gracias a que llegan y son tratados antes. Lo más triste es que una población tan vulnerable como los rohingya, que ya ha pasado por el gran trauma de tener que huir de sus hogares, que ha sido objeto de violencia y que vive en terribles condiciones, está siendo golpeada además por una enfermedad totalmente prevenible con un mínimo acceso a la sanidad y a una vacunación rutinaria que se inventó hace 90 años.