20.02.2020
Cuando hay una urgencia médica, tener un centro de salud equipado y cercano puede ser en una cuestión de vida o muerte. Algo especialmente significativo en zonas remotas y de difícil acceso como las existentes en República Democrática del Congo, un país de compleja topografía y donde a menudo hay que caminar durante horas en la maleza para llegar a un hospital.
 
Aquí, la falta de electricidad puede convertirse además en un grave problema para atender a los casos más graves. Desde hace décadas nos enfrentamos a retos logísticos como este mediante el uso de generadores de gasóleo, pero ahora hemos decidido aprovechar la última tecnología en pro de una respuesta más efectiva, económica y sostenible.
 

La solución: el sol

 
Los generadores de gasóleo son la alternativa más habitual para garantizar energía eléctrica en zonas remotas y con suministro irregular, pero plantean varias dificultades. Una de ellas es la enorme dificultad de llevar combustible a lugares donde ni los todoterrenos acceden, sobre todo teniendo en cuenta que transportar gasóleo en moto o por vía aérea multiplica los costes y las dificultades logísticas.
 
Aunque la energía solar lleva ya décadas en desarrollo, hasta hace poco los sistemas de alimentación y las baterías disponibles no eran viables -por precio, capacidad y vida útil- para alimentar un hospital situado, por ejemplo, en medio de las colinas de Kivu del Sur, en el este de República Democrática del Congo.
 
“Estamos usando unas baterías de litio de última generación que ni siquiera se han comercializado a gran escala”, explica Miguel Balbastre, uno de los encargados de nuestro proyecto para dotar de energía fotovoltaica al hospital de Kigulube (área de Mulungu).
 
 
En un lugar como este, donde la población vive en aldeas esparcidas entre colinas, los habitantes suelen ir en moto cuando se puede y, si no, simplemente caminan. Y por si fuera poco, la región sufre el azote de los enfrentamientos entre grupos armados activos en la zona“Este hospital está en el corazón de una jungla y alrededor solo hay caminos malos y senderos llenos de piedras. A la gente le cuesta mucho llegar a cualquier puesto de atención médica”, explica Balbastre.
 
Esto significa que, en caso de emergencia, es muy complicado llegar a la ciudad más cercana, donde haya un hospital equipado. “Los espacios clave para salvar vidas en un hospital son el quirófano o la unidad de cuidados intensivos, y estos requieren especialmente un suministro de electricidad continuo y fiable”, afirma nuestra coordinadora médica en el país, Chiara Domenichini.
 
“Esta instalación con energía solar cambia mucho el tratamiento que podemos ofrecer a los pacientes en el hospital de Kigulube”, afirma el doctor Pacifique, director del hospital. “Antes, teníamos que operar en ocasiones a oscuras porque no había luz en todo el centro. Ahora, todas las salas tendrán energía eléctrica para asegurar el tratamiento médico adecuado de los enfermos”, añade.
 
Usar un sistema fotovoltaico en un lugar como Kigulube o en la zona de Kusisa (en la montañosa región de Ziralo), donde inauguramos hace un año nuestro primer hospital alimentado con energía solar, podía parecer una alternativa obvia. Pero hasta ahora, las baterías que se podían llevar y mantener en un entorno tan complicado como este no permitían almacenar suficiente energía para hacer funcionar equipo biomédico complejo durante noches enteras y con garantías.
 
La instalación en cada uno de los dos hospitales consta de 100 paneles solares y siete baterías capaces de acumular la energía que necesita cada centro durante dos días enteros. Cada una de estas unidades de almacenamiento tiene una vida útil de al menos cinco años (que puede llegar a multiplicarse por dos o tres) y que se benefician de otra de las claves de este montaje: un regulador electrónico capaz de controlar tanto la carga como la liberación de energía de cada una de las baterías, con lo que se alarga mucho su duración.
 
Además, esta centralita reguladora puede detectar anomalías y ser controlada de forma remota gracias a una conexión por internet, de forma que los técnicos pueden monitorear el sistema desde cualquier lugar del mundo. Todo está preparado para garantizar un suministro continuo y autónomo, pero en previsión de un improbable fallo, un generador de diésel está listo para tomar el relevo y mantener en todo momento el suministro de energía en el hospital.
 
 

Por tierra, mar y aire

 
Nuestros compañeros han afrontado el reto de transportar todo este equipo desde Europa hasta un remoto rincón de África. El recorrido es digno de un relato de aventuras.
 
“Los paneles han viajado en barco por el canal de Suez hasta Tanzania, donde han sido descargados en el puerto de Dar es Salam”, explica Miguel Balbastre. “Desde ahí, han cruzado en camión Tanzania y Ruanda hasta llegar a la ciudad fronteriza de Goma, ya en la RDC. Han atravesado el lago Kivu de nuevo en barco hasta la ciudad de Bukavu, capital de la provincia de Kivu Sur, y desde ahí han ido por helicóptero hasta la zona de Mulungu. Y, finalmente, medio centenar de porteadores los han llevado a pie hasta el hospital”.
 
Obviamente, la instalación de un sistema así requiere una fuerte inversión inicial, pero teniendo en cuenta el enorme ahorro en combustible y en tener que transportarlo en moto o helicóptero, el desembolso queda amortizado en dos o tres años. Y a partir de ahí, el sistema cuesta anualmente un 95% menos que un sistema con generadores. En Médicos Sin Fronteras somos una organización médica de emergencias y, tarde o temprano reorientaremos nuestros recursos hacia otras regiones, pero las decenas de miles de habitantes de Kusisa y Kigulube podrán seguir disponiendo de hospitales funcionales.
 
Como explica nuestra coordinadora médica, “cuando MSF ya no esté, no van a necesitar dinero extra y no tendrán las dificultades habituales para conseguir que los generadores funcionen. Podrán tener autonomía y nos aseguraremos que todo el equipamiento que dejamos pueda seguir funcionando y haciendo la labor que se necesita.”