30.11.2018
En 2017, casi un millón de personas murieron a causa del VIH. A pesar de la ciencia, las herramientas y los diagnósticos disponibles, las cifras globales de muertes por esta enfermedad apenas han disminuido en los últimos años. “El objetivo global de 150.000 muertes menos al año se cierne en el horizonte como un espejismo”, asegura Florence Anam, nuestra responsable de incidencia sobre VIH.
 
Hoy en día, entre el 30 y el 40% de todas las personas con VIH que inician su tratamiento lo hacen en fases muy avanzadas de la enfermedad y con niveles de inmunidad muy bajos. Así, en gran parte de África Subsahariana, entre el 25 y el 30% de nuestros pacientes mueren a las 48 horas de llegar a nuestros hospitales o a los que apoyamos.
 
Los países de África occidental y central, donde se produce casi el 30% de las muertes relacionadas con esta enfermedad y el 21% de las nuevas infecciones (370.000 en 2017), deben hacer frente a una gran falta de fondos: los recursos necesarios para la estrategia de 'aceleración' prevista (fast-track) son un 81% mayores que los fondos que había disponibles en 2017, según recoge nuestro informe de MSF ‘Declive del tratamiento a la vista. Racionamiento de la respuesta al VIH a la sombra del éxito’.
 
“Este año, ONUSIDA informa que el 75% de los 36,9 millones de personas que viven con VIH conocen que son portadoras del virus, en comparación con solo dos tercios (67%) en 2015, y sobre el hecho de que el 59% de las personas tiene acceso al tratamiento. Sin embargo, el progreso global sigue siendo muy desigual y hay indicios inquietantes de que los donantes internacionales se están desconectando de la lucha contra el VIH”, continúa Anam.
 
La diferencia entre lo que ocurre ahora y lo que ocurría hace 30 años es que hoy muchas de las personas que acuden a nuestros centros ya conocen su estado y están en tratamiento con antirretrovirales. Sin embargo, este tratamiento se ve interrumpido debido a innumerables obstáculos como la falta de diagnóstico cuando el tratamiento falla o la falta de antirretrovirales de segunda y tercera línea. O casos incluso peores en los que el paciente sucumbe a enfermedades prevenibles y tratables como tuberculosis, infecciones bacterianas, meningitis criptocócica, toxoplasmosis y neumonía por pneumocystis.
 

Los países que se quedan atrás

 
República Centroafricana y Guinea enfrentan un déficit de financiación para el tratamiento del VIH con antirretrovirales para el periodo entre 2018 y 2020. Sin recursos adicionales, estos países se verán obligados a reducir el número de tratamientos que se inician en lugar de ampliar los existentes. En Mozambique, la implementación por parte de la administración de Estados Unidos de la Política de la Ciudad de México ha afectado e interrumpido indirectamente los servicios de atención al VIH para los más vulnerables. Por último, Zimbabue tiene una brecha proyectada de 85 millones de dólares para 2020 en lo que se refiere a sus necesidades para tratamientos antirretrovirales.
 
ONUSIDA debe arrojar luz sobre estas brechas y liderar la movilización de donantes internacionales donde se necesitan recursos adicionales. “En los países que dependen en gran medida de la financiación de los donantes, específicamente para los antirretrovirales, el déficit de financiación internacional para el VIH y la reducción del tratamiento parecen inminentes en el momento más crucial. Donde en los últimos 20 años se salvó una generación de vidas gracias a la solidaridad internacional, hoy una nueva generación corre el riesgo de perderse a medida que los donantes se retiran”, explica nuestra responsable de incidencia.

 

Estamos involucrados en la atención del VIH desde el año 2000. En 2017, brindamos tratamiento antirretroviral a 215.900 personas en 27 países de África, Asia y Europa del Este, con un enfoque en la implementación de estrategias de tratamiento para llegar antes a más personas. Estamos desarrollando cada vez más enfoques para tratar el sida y abordar el fracaso del tratamiento, mejorar la atención del VIH en niños y adolescentes, y mejorar la prestación de tratamiento en contextos desatendidos como África occidental y central y países afectados por conflictos.

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