23.08.2017
Diala Ghassan, MSF, junio de 2017.
 
“Los letreros que dicen ‘las mujeres son la revolución’ y ‘no emigraré’ te dan la bienvenida cuando llegas al norte de Siria. En ambos lados de la carretera hay campos de trigo y árboles de olivo que han sido cultivados y cosechados por los habitantes. Al principio no notas que estás en una zona de conflicto, o al menos no hasta que recorres el camino y comienzas a ver las fotos y carteles de las personas que han muerto durante los enfrentamientos. 
 
A partir de ese momento es imposible ignorar las señales: conducimos a lo largo de una gran pared que fue construida recientemente para separar a Turquía del norte de Siria; otras paredes tienen hendiduras debido a las bombas y hay edificios arruinados por todos lados. Algunas ciudades y pueblos han sido destruidos casi por completo debido a los años de guerra. Pero a pesar de la devastación Siria tiene un olor particular que me recuerda a mi niñez: una mezcla de tierra y pan recién horneado. 
 
Visitaré el hospital Tal Abyad, en la gobernación de Raqqa, justo en el sur de la frontera de Turquía. A la esquina de la entrada del hospital puedo ver los escombros de un edificio que fue destruido durante los enfrentamientos en el área. La misma bomba que destruyó este edificio también dañó el hospital, que durante un par de meses fue apenas funcional porque la estructura del edificio fue dañada y la mayoría del equipo técnico del lugar fue destruido o robado. Cuando se detuvieron los enfrentamientos el hospital tuvo que ser reconstruido antes de que pudiera volver a funcionar.  
 
En los últimos meses Médicos Sin Fronteras (MSF) ha estado proporcionando apoyo a los departamentos de pediatría, maternidad y cirugía del hospital. Las personas que asisten a este hospital vienen de pueblos y ciudades cercanas, y de lugares que están hasta a 120 kilómetros de distancia como Raqqa, Maskaneh, Hazeema, Deir Ezzor y Al Tabqa.
 
Las calles circundantes están llenas de escombros y edificios que aún no han sido totalmente reconstruidos; en ellos hacen eco los ladridos de los perros callejeros. El número de perros en la zona me sorprendió al principio, pero después descubrí que la mayoría de las personas aquí eran criadores de ovejas, que normalmente suelen tener uno o dos perros para proteger su ganado. Cuando las personas huyeron de la guerra durante estos años oscuros para ir a áreas más seguras algunos lograron llevarse su ganado, pero otros dejaron atrás a sus animales pensando que podrían regresar en algunas semanas o días. Los sirios me han dicho que estos perros se han vuelto muy peligrosos. Los dejaron sin comida y cuando las calles se llenaron de cadáveres, los perros comenzaron a alimentarse de estos cuerpos. “Ahora son incontrolables y peligrosos,” me comenta un hombre, “pero no podemos matarlos, ya hay demasiados muertos en este país.”
 
Me reuniré y hablaré con los equipos de vacunación, esa es mi principal razón para visitar el hospital. Normalmente ellos trabajan en el hospital un día a la semana y el resto del tiempo se trasladan en las clínicas móviles para vacunar a los niños menores de cinco años en los pueblos que rodean Tal Abyad. 
 
El equipo de vacunación se compone de tres personas que trabajan de las 8 de la mañana a las 3 de la tarde todos los días y vacunan a unos 100 niños diariamente en cada uno de los lugares que visitan. El principal desafío al que se enfrentan es que a veces las vacunas son limitadas. Y algunos niños no han sido vacunados antes, ya sea por la escasez de vacunas o porque sus padres no saben qué tan importantes son para la salud de sus hijos. 
 
Camino por el hospital y entro al cuarto de rayos X. Ahí veo a un niño recostado sobre una cama. Uno de sus ojos está cubierto con una venda, tiene heridas en toda la parte superior de su cuerpo y su playera está cubierta de sangre. Dos hombres y un médico están con él. 
Pregunto qué le pasó al niño. El padre me contesta, con lágrimas en sus ojos, “estaba jugando con una batería que encontró en el jardín. Desafortunadamente resultó ser un artefacto explosivo.”
 
El niño de 8 años perdió su ojo izquierdo, tiene una herida en el abdomen y heridas de metralla por toda la parte superior de su cuerpo. “Su hermana menor estaba con él pero sus heridas no fueron tan graves,” dice el padre del niño. La familia es de Tishreen, un área que fue abandonada recientemente por el conflicto pero que sigue llena de minas y artefactos sin detonar que son vestigios de la guerra.
“Despejaron el área, pero al parecer no completamente,” me dice el padre del niño. “Regresamos a nuestras casas pensando que el área estaba totalmente limpia, pero parece que aún hay artefactos que llaman la atención de los niños, y ellos no saben que les harán daño. Esta no es la primera vez que un niño de la ciudad ha sido herido por un artefacto explosivo.”
 
Al final el hombre no puede evitar llorar y sus lágrimas comienzan a salir. El niño grita de dolor esporádicamente y, cada que lo hace, su padre pierde un poco más de fuerza. 
 
En algunas partes de Siria puedes ver y escuchar la guerra. Otras áreas son silenciosas, no se escucha activamente la guerra pero aún así hay mucho sufrimiento y exposición a eventos traumáticos. Más adelante, el niño necesitará cirugía en su ojo, y el procedimiento no está disponible en Tal Abyad, así que tendrá que ser transferido a Qamishli o a otro hospital fuera de Siria. Ese es el mejor escenario. Si su familia no puede pagar la cirugía el niño tendrá que vivir con esa herida el resto de su vida. Esta guerra es injusta con él y con toda su generación. 
 
Camino un poco más por el hospital, veo a los equipos de MSF corriendo de un lado a otro, arreglando o instalando máquinas, capacitando a los equipos médicos, atendiendo a los pacientes u organizando la farmacia y los suministros. Todos trabajan contrarreloj, intentando desesperadamente que el hospital sea tan funcional como sea posible en una zona de guerra, en donde los suministros médicos y el equipo técnico pueden tardar muchísimo en llegar, donde los retrasos y los obstáculos son un hecho.
 
Tropiezo con un integrante del equipo médico del hospital. Es originario de Raqqa y huyó de esa ciudad hace un año. Lo logró pagándole a un traficante para que lo ayudara a salir. Decidió escapar porque no había suficientes suministros médicos o equipo técnico para que él pudiera trabajar en la zona. Antes había unos 66 cirujanos en Raqqa, pero ahora sólo quedan tres, de acuerdo con lo que dice. Al principio su familia y él fueron a una ciudad en el oeste de Siria; eso fue antes de que decidieran venir a Tal Abyad, en donde él sabe que hay una limitada cantidad de personal sanitario y las necesidades son extremadamente elevadas. Me dice: “recibimos casos quirúrgicos y de emergencia todos los días, independientemente de que estén o no estén relacionados con la guerra. Recibimos a personas que han sido heridas por los artefactos explosivos, minas y trampas.”
 
Continúo mi camino por el hospital y lo dejo trabajar. El departamento para pacientes internos y el de pediatría están llenos de pacientes y sus cuidadores, todos de diferentes áreas del norte de Siria. Muchos sufren de diarrea aguda e infecciones respiratorias. 
 
Camino un poco más por los pasillos de este hospital de lágrimas y llego al departamento para adultos. La mayoría de los pacientes están dormidos pero al final de la sala hay un joven que sigue despierto, su pierna ha sido amputada. Titubeando, me acerco y le pregunto qué sucedió. 
 
“Pisé una mina mientras viajaba en motocicleta con un amigo,” me dice el joven de 21 años. “Mi mejor amigo murió y yo resulté herido. Ese mismo día, él me buscó para decirme que una casa había sido bombardeada durante un ataque aéreo, matando a 14 integrantes de una familia. Necesitábamos saber si podíamos salvar a alguien. Subimos a mi motocicleta, mi amigo sentado detrás de mí, y nos dirigimos a la casa bombardeada. En ese momento explotó una mina debajo de nosotros.”. Se queda en silencio por un par de segundos antes de continuar, “él quería salvar la vida de alguien pero al final murió.”
 
Un largo silencio llena el cuarto después de que me cuenta su historia. Le deseo una pronta recuperación, le ofrezco mis condolencias y rápidamente salgo del hospital. No puedo soportar el ver o escuchar más historias de guerra y tragedia.
 
Entre los recuerdos de mi vida en una zona de guerra asediada y las heridas físicas y mentales de estas personas, me quedo sin palabras. Durante unos minutos pierdo el control de mis emociones. Al salir del lugar escondo mis lágrimas detrás de mis gafas de sol, que en este momento actúan como un escudo.
 
Antes de salir del edificio, doy la vuelta y miro por última vez el hospital. Los equipos siguen ocupados atendiendo pacientes, distribuyendo medicamentos e instalando máquinas. 
 
Este es sólo un día normal en un hospital en el norte de Siria. No puedo comenzar a imaginar lo que debe haber sido vivir durante estos siete años de guerra.”
 

Entradas relacionadas