06.03.2017
El Dr. Shadi Abdelrahman es un joven cirujano de El Cairo. Acaba de terminar su primera misión con MSF en un hospital en Agok (Abyei), una zona en disputa entre Sudán y Sudán del Sur. Shadi recordará siempre la primera cesárea que practicó y que supuso la milagrosa llegada al mundo de una niña nacida tras un embarazo extrauterino.
 
"Hay muy pocas cosas que puedan sorprender a un cirujano general. Y eso que, en el terreno, como cirujano, puedes ver de todo.
 
Normalmente tienes que realizar los procedimientos quirúrgicos generales habituales que consisten en cirugías intestinales y sus distintas variaciones. También tienes que tratar casos ortopédicos así como urgencias obstétricas. Estas últimas eran las menos familiares para mí. Como cirujanos generales, ya no recibimos mucha formación en obstetricia y ginecología.
 
Realicé mi primera cesárea en el terreno en Agok, durante mi primera misión con MSF. Lo llaman 'El paraíso de Agok’. Y en muchos sentidos lo es.
 
Me uní a un cirujano experimentado en el terreno que amablemente me enseñó el A, B, C de este tipo de intervenciones. Las cesáreas no son tan complicadas si todo sale como está planeado. Pero como todo médico sabe, las cosas no siempre salen como se conciben.
 
 
 
Se trataba de una señora de 32 años que llegó al hospital de Agok quejándose de un dolor abdominal. Estaba embarazada y estimamos que estaba en la última fase de gestación. La mujer venía de una aldea a pocas horas de distancia y no había visto a un médico durante todo el embarazo; no había tenido seguimiento prenatal, lo cual no resulta raro en estas latitudes, especialmente si, aparentemente, no hay ninguna complicación. Durante el embarazo, la mujer no presentó grandes problemas, aunque previamente había sufrido un aborto involuntario. Ahora estaba preocupada por el dolor. Y no tenía buen aspecto.
 
Estaba tendida sobre la parte derecha de su abdomen y bajo sus costillas parecía sobresalir un bulto duro.
 
Sin embargo, los latidos del feto parecían fuertes: una buena señal. La ecografía mostraba que esta masa era la cabeza del feto. El bebé estaba en posición transversal, lo que significa que estaba de costado, echado sobre el abdomen de la mujer. Por lo general, un bebé no puede nacer de lado. Tiene que nacer con la cabeza o los pies primero, es una cuestión de simple física.  La mujer, dolorida y con malestar general, tenía que dar a luz lo antes posible y, debido a la posición del feto, tenía que ser por cesárea.
 
Empezamos, como es usual, con una incisión transversal bajo el abdomen. Para nuestra sorpresa, cuando vimos el útero, nos pareció que tenía un tamaño normal, el tamaño de un útero sin embarazo.
 
“Esto no tiene ningún sentido”, pensé.
 
 
Antes de empezar podía sentir al bebé a través del abdomen. Sobre el útero se encontraba esta masa que no conseguí reconocer a primera vista. Dada la situación, decidimos extender nuestra incisión original hacia arriba: ahora en forma de T. Traté de localizar el extremo superior de esta masa para encontrar lo que creí que debía ser la vesícula. De repente, esta me golpeó y lloró. Se trataba de un embarazo abdominal.
 
Está de más decir que ni yo, ni mi compañero más experimentado, habíamos visto uno antes. El feto se había desarrollado completamente fuera de la matriz.
Había leído acerca del tema. En los libros el tema aparecía sin fotografía alguna y solía estar ilustrado con un dibujo explicativo. 
 
Para poner las cosas en perspectiva, un embarazo fuera del útero, o embarazo ectópico, representa el 1 o 2% de todos los embarazos. La mayoría de las veces, se desarrolla en una de las trompas de Falopio. Y solo el 1% de los embarazos ectópicos se desarrollan en la cavidad abdominal. E, incluso, una menor proporción llegan a completar el embarazo. Estábamos ante un caso excepcional.
 
Cuando esta situación es descubierta prematuramente durante el embarazo, normalmente este se interrumpe porque conlleva un riesgo altísimo para la madre y un índice alto de malformaciones fetales. En nuestro caso, en un hospital de campaña en esta parte del mundo, no había ninguna posibilidad de que esta circunstancia se detectase antes.
La vesícula que lloraba era la cabeza del bebé. La masa por encima del útero era la placenta. Conseguimos sacar al bebé y eliminamos con sumo cuidado la mayor parte de la placenta posible sin causar sangrado.
 
El bebé estaba llorando, lo que siempre es grato de escuchar. 
 
Su madre también parecía encontrarse bien. Había gastado una vida.
 
En cualquier momento del embarazo, las cosas podrían haber salido mal. Pero llegó hasta el final y estuvimos allí para presenciarlo. Se trata de un caso insólito para
cualquier ginecólogo, por no hablar para un cirujano general. Y en este caso tuvo un final feliz.
 
 
Durante las dos semanas siguientes tuvimos que estar muy pendientes de ambos. La madre seguía en riesgo de sangrado o de contraer una infección que podría poner en peligro su vida. Dado que estábamos en un hospital de campaña, no contábamos con las mismas herramientas y equipos para monitorear a un paciente en riesgo que en un centro convencional. Dependíamos, como en otros casos, de nuestro sentido clínico. Esperábamos que todo fuera bien. Y así fue.
 
La madre se recuperó de la operación y la pequeña también parecía evolucionar bien. En un par de semanas, ambas estaban preparadas para volver a casa. Planificamos las visitas de seguimiento y, en la primera, un mes después, ambos estaban sanos y felices.
 
Hay cosas que solo se viven una vez en la vida, y esta es una de ellas. Podría haber sido una historia extraordinaria incluso con un final distinto. Pero un final feliz es mucho mejor."
 

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