Agua y saneamiento

Kivu Norte, RDC 2022
Un equipo de MSF instalando un tanque de agua potable en una escuela primaria que alberga a personas desplazadas en la zona sanitaria de Munigi, en Goma. © MSF

Cada año mueren más de 800.000 personas en el mundo por enfermedades diarréicas provocadas por insalubres condiciones de agua, higiene o saneamiento, según la Organización Mundial de la Salud, que también calcula que la mejora de estas condiciones reduciría en un 10% la carga de enfermedad mundial.

En efecto, además de la diarrea, numerosas patologías pueden prevenirse con el acceso a agua potable y saneamiento, mejores hábitos de higiene y una correcta gestión de residuos –por ejemplo la malaria, la desnutrición, las infecciones de la piel, el Chagas, las fiebres hemorrágicas o la enfermedad del sueño–.

Por tanto, las actividades de agua y saneamiento no son un fin en sí mismas: son parte integral de la acción médica y, al igual que otras actividades preventivas como la vacunación, están destinadas a reducir la mortalidad y la morbilidad, y son cruciales en situaciones de rápido deterioro de las condiciones de vida, como por ejemplo el desplazamiento masivo de una población.

¿En qué consisten?

Básicamente, estas actividades pueden resumirse en dos áreas fundamentales: asegurar la suficiente disponibilidad de agua potable y eliminar todo aquello que pueda propagar enfermedades (tanto los reservorios como las vías de transmisión).

Dependiendo del contexto, asumimos la potabilización de las fuentes de agua o, en caso de no existir, el transporte de agua potable en camiones cisterna; la rehabilitación o construcción de letrinas y sistemas de gestión de aguas negras y residuos; la instalación de duchas y fuentes para el lavado de manos; o la distribución de artículos para la higiene personal.

En situaciones de emergencia, donde puede haber riesgo de brotes epidémicos, estas actividades deben implementarse de forma inmediata. Existen unos estándares mínimos en emergencias agudas o crónicas: trabajamos para que cada persona disponga de entre 15 y 20 litros de agua potable al día (para beber, cocinar y lavarse). 

Por ejemplo, al comienzo de la epidemia de cólera en Haití en 2010, nuestros equipos distribuían unos 300,000 litros de agua al día a los 15,000 habitantes del barrio chabolista de Cité Soleil, en Puerto Príncipe.

También existen estándares mínimos en las demás áreas: una letrina para cada 20 personas, y para cada 80, dos duchas, un depósito de residuos orgánicos y una zona de lavado de ropa. Dentro de los artículos de higiene, el jabón de manos es esencial ya que reduce la transmisión de todo tipo de enfermedades: nos aseguramos de que cada persona reciba el equivalente a 250 gramos al mes.

Por supuesto, todas estas actividades deben implementarse también en los centros de salud, dispensarios y hospitales en los que trabajamos, con el fin de asegurar el control de infecciones y evitar que tanto los pacientes como sus familiares y el personal sanitario se contagien. Por ejemplo, son cruciales durante brotes de enfermedades como el Ébola.

Todas estas actividades están estrechamente relacionadas con la promoción de la salud, y ninguna de las dos es eficaz sin la otra: por muy bien construidas que estén una fuente de agua o unas letrinas, no servirán de nada si no se utilizan correctamente o no se mantienen en buen estado. 

Y viceversa: la promoción de una correcta higiene no tendrá ningún impacto si no hay agua ni jabón. Por eso, en las actividades de agua y saneamiento son importantes los aspectos técnicos (que las instalaciones sean duraderas y de rápida construcción y fácil mantenimiento) pero también los aspectos humanos relacionados con los usos y costumbres de las personas a las que asistimos.

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