Dentro de estos muros que intenté olvidar, la esperanza encuentra su camino

Maryam Srour, gestora de comunicaciones en Líbano, reflexiona sobre su experiencia visitando a familias que viven en un refugio tempora

Beirut, Líbano
© Maryam Srour/MSF

Médicos Sin Fronteras (MSF) apoyamos a las comunidades desplazadas por la fuerza en todo Líbano mediante clínicas móviles que brindan atención primaria de salud, medicamentos para enfermedades no transmisibles, servicios de salud sexual y reproductiva, y apoyo en salud mental.

El acceso a agua y saneamiento sigue siendo uno de los pilares más esenciales de la salud, la protección y la dignidad en las personas desplazadas. En todo el Líbano, MSF hemos estado mejorando las condiciones de agua y saneamiento en los refugios para garantizar que las personas recuperen el acceso a lo esencial, incluyendo la capacidad de lavarse, limpiar sus espacios vitales, gestionar los residuos y proteger su salud, privacidad y dignidad, tras verse obligadas a abandonar sus hogares abruptamente debido a los bombardeos israelíes y las órdenes de evacuación generalizadas.

 

Beirut, Líbano
© Maryam Srour/MSF[/caption]

 

Maryam Srour, gestora de comunicaciones en Líbano, reflexiona sobre su experiencia visitando a familias que viven en un refugio temporal, donde la vida diaria está marcada por el desplazamiento prolongado y las difíciles condiciones de vida.

“Estuve aquí en octubre de 2024, durante la última escalada de la guerra en Líbano. En aquel entonces, los equipos de MSF reparaban tuberías y baños deteriorados para que las personas que se habían refugiado allí, muchas con necesidades especiales, tuvieran acceso a agua potable y condiciones de vida seguras. No me di cuenta hasta que volví a entrar al edificio en marzo de cuánto había intentado olvidarlo.

Paredes grises. Techos grises. Suelos grises.

Las mismas escenas. Las mismas dificultades.

Entro en un espacio desprovisto de calidez y color. Charcos de agua cubren los suelos y las esquinas. Las habitaciones con ventanas abiertas están repletas de trozos de tela y cartón: cualquier cosa para protegerse del inevitable frío y la lluvia.

Y los sonidos.

El goteo del agua y la tos de las personas me reciben a través de los pasillos en ruinas.
Este edificio fue en su día uno de los hospitales más avanzados de Beirut. Mi madre me cuenta que albergaba la primera máquina de resonancia magnética de la ciudad. Mi abuela incluso recibió atención médica aquí en 1990. Tras años de disturbios civiles, quedó abandonado y en ruinas.

Un edificio que alguna vez representó atención médica y recuperación, ahora representa algo completamente distinto.

Un refugio colectivo, hogar de casi cuatrocientas personas desplazadas una vez más.

Madres. Personas mayores. Pacientes en diálisis y tratamiento oncológico.

Familias de diferentes ámbitos de la vida, unidas por el desplazamiento.

Sin baños. Sin agua corriente.

Y una lucha diaria que se ha vuelto mil veces más difícil.

 

Beirut, Líbano
© Maryam Srour/MSF[/caption]

 

Estoy aquí como parte de un equipo de MSF. Nuestras clínicas móviles y diferentes equipos visitan refugios como este, respondiendo a la enorme cantidad de necesidades que enfrenta la población.

Mi colega, Mohammad Dandash, responsable de logística de MSF, me muestra el edificio de 12 pisos. MSF trabajó aquí durante la escalada de 2024, limpiando aguas grises y reparando baños para personas con discapacidad o necesidades especiales. Tras el alto el fuego, las familias regresaron a sus hogares.

Dieciséis meses después, con la intensificación de los bombardeos israelíes y las órdenes de evacuación generalizadas, más de un millón de personas en Líbano se han visto obligadas a abandonar sus hogares. —algunos por segunda o tercera vez.

De piso en piso: Un viaje arduo

El sótano es una zona prohibida, deteriorada por décadas de basura y agua estancada.

En la escalera, un himbre mayor pasa cargando bidones vacíos. Mohammad me dice que pronto esta subida y bajada diaria —una y otra vez— ya no será necesaria. Los equipos de MSF han instalado tanques de agua de 15,000 litros y están trabajando para restaurar el sistema de tuberías y así llevar agua potable y fiable al edificio.

Llegamos al rellano del tercer piso; la monotonía gris que me rodea se ve interrumpida por prendas de colores vivos colgadas en cuerdas, y una puerta beige cada pocos metros. La luz es tenue, pero hay señales de vida. Una silla de ruedas torcida descansa junto a una puerta; su dueño no está por ninguna parte.

Y entonces, una mujer me saluda con una sonrisa.

“Tenemos una recién nacida en este piso. ¿Le gustaría verla?”

Le devuelvo la sonrisa instintivamente, aunque siento un nudo en el estómago al pensar en una recién nacida en un lugar donde gotea agua constantemente. La sigo hasta la habitación número 302 y se me encoge el corazón.
La pequeña Nour yace envuelta en una manta rosa. Nació el 16 de marzo, una noche en que los bombardeos israelíes azotaron su antiguo barrio. Su madre recuerda el sonido del incesante bombardeo cuando entró en trabajo de parto. Una semana antes, la familia había huido de su casa en los suburbios del sur de Beirut y se había refugiado en esta habitación con una abertura enmarcada. Un trozo de tela sustituye ahora al cristal, intentando proteger del viento y la lluvia. En un rincón hay colchones apilados. Una alfombra desgastada marca el lugar donde hay que quitarse los zapatos.
Su madre es cálida y acogedora. “Desinfecto y limpio constantemente”, me dice. “Soy casi obsesiva con eso. Es tan pequeña y no quiero que se contagie de nada”.

Al otro lado del pasillo, Ali (10) y Abbas (5) juegan tranquilamente. Ambos nacieron con dificultades cognitivas y de movilidad. Ambos necesitan cuidados especiales.

 

Beirut, Líbano
© Maryam Srour/MSF[/caption]

 

“Abbas estaba mejorando, ayudaban muchísimo con la fisioterapia y la logopedia”, dice su tía, Zainab. Pero la guerra se lo arrebató. Ella y su hermano perdieron sus trabajos e ingresos. La terapia se interrumpió.
Luego llegó el desplazamiento forzado. ¿Cómo pueden continuar los cuidados y la recuperación cuando la vida diaria gira en torno a asegurar lo básico: agua potable, calefacción y protección contra inundaciones?
Zainab trabajaba como limpiadora en un restaurante, así que entiende de primera mano lo que significan estas condiciones.

“Solo quiero que tengan un futuro”, dice.

“Mantenerse sano se convierte en una lucha diaria”.

La falta de agua potable, saneamiento e higiene adecuados no solo es una cuestión de dignidad, sino también un grave riesgo para la salud pública. Aumenta la probabilidad de padecer afecciones cutáneas prevenibles y enfermedades contagiosas, especialmente entre los niños, niñas y las personas con problemas de salud preexistentes.

Además, transforman la vida cotidiana de maneras más sutiles e insidiosas. Nuestros equipos médicos incluso han visto casos de personas que desarrollan infecciones del tracto urinario por reducir su consumo de agua para evitar tener que ir al baño.

“Las personas desplazadas a estos lugares a menudo llegan sin nada, pero lo que empeora la situación es la falta de las condiciones mínimas para vivir con seguridad”, explica Elena Fernández, subcoordinadora de logística de MSF.

“Sin agua potable ni saneamiento, incluso mantenerse sano se convierte en una lucha diaria”.
En todo el Líbano, los equipos de MSF trabajan en 252 refugios como este para proteger la salud de las personas y satisfacer la necesidad básica de agua potable y saneamiento, rehabilitando los sistemas de agua y respondiendo a las necesidades urgentes de agua, saneamiento e higiene (WASH). Hasta el momento, han instalado 490 inodoros y 160 duchas, y han colocado alrededor de 250 lavabos y 50 tanques de agua, ayudando a las familias a acceder a agua segura y reducir el riesgo de enfermedades. Para cubrir las necesidades diarias, los equipos han distribuido 1,197 kits de limpieza y 15,715 kits de higiene, así como artículos de primera necesidad como mantas y colchones, además de proporcionar 419,127 litros de agua potable y transportar más de 19,5 millones de litros en camiones cisterna a los refugios, apoyando a miles de personas que intentan sobrellevar la vida en situación de desplazamiento.

Paralelamente, las clínicas móviles llegan a quienes de otro modo no tendrían acceso a la atención médica, mientras que los equipos médicos tratan enfermedades crónicas, brindan apoyo en salud mental y responden a las emergencias provocadas por la violencia en curso.

Nuestro trabajo se realiza en coordinación con las autoridades libanesas, apoyando y complementando la respuesta local. Se están realizando esfuerzos para ampliar el acceso a servicios esenciales para las comunidades desplazadas. Pero las necesidades siguen siendo inmensas.

Un piso más arriba, conozco a Hassana.

La primera vez que la veo, lleva una mascarilla y tiene los ojos pesados. Me confunde con un miembro del equipo de logística y me aparta. “Gracias por trabajar en los baños”, dice. “Tengo una petición especial”.

Cuando llega Mohammad, se aferra a él. Las lágrimas que había estado conteniendo se desbordan.
A Hassana le diagnosticaron cáncer apenas una semana antes de ser desplazada. Le prescribieron radioterapia de inmediato. Después de cada sesión, su médico le indicó que se aislara, tanto por su propia seguridad como para proteger a los demás.

Pero ¿cómo aislarse en un refugio compartido?

¿Cómo proteger a los demás cuando se comparte un baño comunitario con otras 40 personas?

“Estoy preparada para morir”, me dice en voz baja. “Pero no quiero hacerle daño a nadie más mientras lo hago”.
La segunda vez que la veo, está diferente. Más alegre. Más radiante.

Los equipos de MSF han instalado una letrina en su habitación, lo que le permite continuar su tratamiento de forma segura, con privacidad y dignidad.

Me lleva a conocer a sus dos pájaros, Kiko y Koukou. Sonríe al describir su reacción cuando regresó a rescatarlos.

“Son almas, como mis hijos. ¿Cómo podría abandonarlos?”

Hay algo difícil de describir en la forma en que la gente mira a mi colega Mohammad y a otros que llevan el chaleco de MSF. Se acercan al equipo solicitando artículos básicos como atención médica, artículos de higiene, pañales. No con vacilación, sino con sonrisas y confianza.

Y me doy cuenta de que esta confianza se basa en nuestra presencia, en la constancia, en estar presentes y responder, una y otra vez.

Mientras anoto sus peticiones, me aferro a esa misma creencia: que seguiremos respondiendo.

“Esto pasará”, me dice Hassana. “Mi enfermedad pasará. Esta guerra pasará. Todo pasará, siempre y cuando regresemos a casa, sanos y salvos y victoriosos”.

Sus palabras resuenan mientras recorremos el edificio, pasando junto a cientos de vidas sumidas en la incertidumbre.
Este refugio no es una excepción. En todo el Líbano, en escuelas, tiendas de campaña y edificios sin terminar, miles de personas desplazadas viven en condiciones similares: sin acceso fiable a agua, saneamiento ni servicios básicos.

Los equipos de MSF están interviniendo en lugares como este en todo el país, trabajando para recuperar lo perdido. No solo la infraestructura, sino también las condiciones mínimas para la salud, la dignidad y la posibilidad de recuperación”.

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