El lugar de las batallas perdidas

En mi último día libre en Foya, Liberia, fui a visitar el cementerio. No es un cementerio usual. Aquí no hay cementerios. La gente entierra a sus muertos cerca de ellos, en sus casas, en sus aldeas.

En mi último día libre en Foya, Liberia, fui a visitar el cementerio. No es un cementerio usual. Aquí no hay cementerios. La gente entierra a sus muertos cerca de ellos, en sus casas, en sus aldeas. 
 
Éste, que tiene el tamaño de un cementerio cualquiera, es un lugar nuevo, no tiene más de unos meses. Es el cementerio del Ébola. En carro, a media hora del centro. En un lugar alejado y vacío, rodeado de altísimas palmas, descansan ahora aquellos que no pudieron regresar a casa. 
 
Era ya la tarde cuando nos bajamos del carro. Y me encontré de pronto frente a todas esas tumbas. Cientos de montoncitos de tierra sobresalen, cada uno con una tablita blanca que indica el nombre, la edad, la fecha de muerte y cuando se sabe, la aldea de la que vinieron. La epidemióloga, maravillosa, nos fue guiando a través del laberinto. Los primeros casos y como se propagaron, como creció la epidemia. Como historia, me pareció fascinante, casi salida de una novela. Como si no fuera real, aunque lo sea. 
 
Caminamos despacio hasta que llegamos a nuestro tiempo, el tiempo de MSF, allí. A los nombres que sí conocía.  En mi práctica habitual esto sería imposible, jamás hubiera pasado. Nunca antes me encontré la tumba de uno solo de mis pacientes. Aunque tampoco es que la haya buscado, claro. 
 
Pero nada en mi formación como médico, en mi vida previa, me preparó para lo que sentí ahí parada, rodeada de todos aquellos a los que no salvé. Todos los muertos, mis muertos. Todas mis batallas perdidas. Aquellos por los que luché y perdí. Por unas horas, por varios días. Hombres, mujeres, niños, familias enteras, o casi. Los recordé a todos. Sus rostros y sus historias. 
 
Pensé, ¿si me oyeran, qué diría? Lo siento… siento que haya tenido que ser así… No era culpa lo que sentía, sé que hicimos absolutamente todo lo que pudimos, pero aun así… Me di cuenta de que cuando hablo de la muerte de un paciente siempre digo: “se me murió”, como si se me muriera un pedazo. Y supongo que un poquito es así. 
 
Y allí, al atardecer, parada frente a ellos pensé: ¿Qué hago aquí? ¿A qué vine? Y volví a leer sus nombres, uno a uno. Fui porque esto pasó, porque fue real. Y porque yo no quiero olvidarlos. Y escribo esto, meses después, porque olvidar es fácil. Y yo no quiero que el mundo cierre los ojos, y los olvide, otra vez. 
 
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