Esperanzas renovadas: asistencia a personas migrantes deportadas en Etiopía

Muntaha camina hacia un rincón tranquilo al aire libre y se sienta sobre el césped. Saca de su bolsillo un pequeño teléfono móvil y marca un número. Aunque lleva mascarilla, se puede adivinar que una sonrisa se dibuja en su rostro al escuchar la voz al otro lado del aparato. Han pasado dos años desde que Muntaha vio por última vez a sus cuatro hijos, y casi un año desde que pudo hablar con ellos, por lo que cada llamada que hace a casa es algo así como una celebración a solas.

Muntaha camina hacia un rincón tranquilo al aire libre y se sienta sobre el césped. Saca de su bolsillo un pequeño teléfono móvil y marca un número. Aunque lleva mascarilla, se puede adivinar que una sonrisa se dibuja en su rostro al escuchar la voz al otro lado del aparato. Han pasado dos años desde que Muntaha vio por última vez a sus cuatro hijos, y casi un año desde que pudo hablar con ellos, por lo que cada llamada que hace a casa es algo así como una celebración a solas.
 
Muntaha tenía 28 años cuando dejó a sus hijos en el distrito rural de Kichicho, en la región etíope de Amhara. Era madre soltera de cuatro hijos y no encontraba trabajo en su comunidad rural, por lo que ya no podía alimentar a su familia. Ante las escasas perspectivas de trabajo, sus amigos le hablaron de las posibilidades de ganar un buen sueldo en Arabia Saudita. Uno tras otro, los vio emprender el viaje para encontrar trabajo rumbo al norte. 
 
Muntaha no tardó en resolver que migrar a un país del Golfo —igual que sus amigos— era la única forma de conseguir estabilidad para su familia. “Mi intención era trabajar allí durante un periodo corto de tiempo para ganar el dinero suficiente para abrir una tienda en mi país, y así poder alimentar a mis hijos más fácilmente”, dice. “Si hubiera sabido lo que me esperaba, nunca me habría ido”.
 

Un viaje peligroso, por tierra o mar

La historia de Muntaha es parecida a la de miles de etíopes que cada año deciden emprender el peligroso viaje hacia Arabia Saudita u otros países del Golfo, con la falsa esperanza de encontrar un empleo bien remunerado. Pese a ser relativamente desconocida a nivel internacional, la ruta migratoria entre el Cuerno de África y Yemen es una de las más transitadas del mundo. Hasta antes de la pandemia, unas 12,000 personas emprendían este peligroso trayecto cada mes, y la mayoría —como Muntaha— procedían de zonas rurales de las regiones etíopes de Tigray, Amhara y Oromia. 
 
Por lo general, las personas que migran atraviesan Yibuti o Somalilandia a pie, y luego cruzan el mar Rojo hasta la costa de Yemen. Atraviesan un país en guerra para llegar a la frontera de Arabia Saudita. En el camino, muchas se quedan varadas en Yemen o son capturadas por traficantes que extorsionan a sus familias. Las que consiguen llegar a Arabia Saudita suelen ser víctimas de la violencia y los malos tratos. Desde 2017, Arabia Saudita detiene a aquellas personas que no tienen documentación y las recluye en condiciones antihigiénicas y de hacinamiento hasta que las deporta a sus países de origen. Antes de la pandemia, las autoridades de Arabia Saudita deportaban aproximadamente 10,000 personas de Etiopía cada mes.
 
En infinidad de tramos a lo largo de la ruta, contrabandistas y traficantes aguardan para entrampar a las personas que se desplazan y les dan paso a cambio de cuantiosos pagos. “Los traficantes están por todas partes, y a lo largo de todo el camino”, recuerda Muntaha. “Las dos alternativas son peligrosas”, explica, “si dices que vas con ellos, puedes ser violada y sufrir otros malos tratos. Y si te niegas, te golpean o te violan”. Muntaha estaba decidida a esquivar a los traficantes y hacer el viaje por su cuenta, pero fue imposible. “Intenté escapar de ellos hasta llegar a la costa de Yemen, pero no pude”, dice, “así que al final me fui con uno de ellos”.
 
Muntaha no sabía que éste sería el primero de varios traficantes a los que sería cedida a lo largo de su viaje. Todos le pedían insistentemente el número de teléfono de su familia para reclamarles dinero, y la golpeaban cuando ella se negaba. En Yemen, los traficantes abusaron de ella durante un mes antes de permitirle cruzar a pie hasta la frontera de Arabia Saudita. “Las personas mueren al intentar cruzar la frontera con Arabia Saudita”, dice, “me crucé con muchos cadáveres en el camino”.
 
 
 

Una crisis que no da tregua

En 2020, la pandemia de COVID-19 no hizo más que exacerbar el sufrimiento de muchas personas migrantes. A pesar de la desaceleración de los movimientos migratorios debido al cierre de las fronteras, al menos 37,535 migrantes llegaron a Yemen en 2020. Los informes de las personas devueltas sugieren que las condiciones a lo largo de la ruta se han deteriorado: se enfrentan a un riesgo aún mayor de violencia, o se encuentran desamparadas en situaciones inseguras y sin acceso a servicios básicos, incluyendo la atención sanitaria.
 
Si bien las deportaciones masivas se suspendieron durante la mayor parte de 2020, las detenciones continuaron tanto en Yemen como en Arabia Saudita, lo que dio lugar a que las personas que migraron fueran retenidas durante largos periodos de tiempo. En el primer trimestre de 2021, más del 60% de las personas de Etiopía devueltas desde Arabia Saudita que fueron evaluadas por Médicos Sin Fronteras pasaron entre 6 meses y 1 año en centros de detención. Se trata de un aumento drástico con respecto a 2019, cuando la duración promedio de las detenciones era inferior a 3 meses.
 
Muntaha fue detenida en Arabia Saudita en 2020 y trasladada a un centro de detención con heridas derivadas de su captura: una fractura de cráneo y una pierna herida. “Estuve detenida allí durante siete meses”, recuerda, “no paré de pedir que me llevaran al hospital para que me cambiaran las vendas de las heridas, pero nadie quería hablar conmigo”.
 
Estas experiencias tan traumáticas afectan gravemente al bienestar de las personas migrantes. Los equipos de MSF advierten que las personas regresan en peor estado que en años anteriores, con importantes necesidades sanitarias y de salud mental. En el primer trimestre de 2021, MSF realizamos 3,457 consultas médicas y 832 consultas individuales de salud mental a las personas que fueron devueltas.
 
Identificaron a 380 pacientes con síntomas psiquiátricos, una cifra superior a todos los casos registrados en 2019 y 2020 juntos. Las enfermedades más comunes siguen estando relacionadas con las condiciones de hacinamiento y la falta de acceso a atención sanitaria, incluyendo las enfermedades dermatológicas y las infecciones respiratorias. Estos indicadores alarmantes probablemente estén vinculados a los peligros crecientes de la ruta, los periodos más largos de detención y las experiencias continuas de malos tratos y abusos.
 
“Nos preocupan las precarias condiciones en las que se encuentran las personas migrantes indocumentadas durante los periodos de detención. Estas personas no deberían ser detenidas. La detención debería ser una medida excepcional de último recurso y durante el menor tiempo posible, y solo si está justificada por un propósito legítimo”, afirma Himedan Mohammed, jefe de misión de MSF para Etiopía. “Si se detiene a las personas migrantes, las autoridades de Etiopía, Arabia Saudita y otros Gobiernos de la región deben garantizar su seguridad y un trato digno”.

Brindar cuidados para devolver la esperanza

Las deportaciones masivas se reanudaron en octubre de 2020 y se espera que sigan aumentando; entre enero y marzo de 2021 se deportaron más de 10,000 etíopes desde Arabia Saudita. Muntaha fue devuelta hace apenas unas semanas. Como la mayoría de las personas que retornan, llegó a una zona especial del Aeropuerto Internacional de Addis Abeba Bole sin ninguna pertenencia y con muy poco apoyo para empezar una nueva vida.
 
Los equipos de MSF que trabajan en esta zona de llegada del aeropuerto desde marzo de 2018 evalúan el estado de salud de las personas que son devueltas y derivan los casos graves a los hospitales locales. Desde octubre de 2020, MSF también ha trabajado en varios centros de tránsito en Addis, donde las personas migrantes que retornan son transferidas durante solo unos días antes de ser enviadas a sus regiones de origen. Los equipos de asistencia de MSF visitan estos refugios con regularidad para ofrecer atención sanitaria y de salud mental durante su corta estancia.
 
Aunque el Gobierno de Etiopía ha hecho importantes esfuerzos para mejorar las condiciones de acogida de las personas que retornan, sigue habiendo necesidades y carencias. La capacidad de acogida para las personas recién llegadas es limitada y las instalaciones están abarrotadas. Además, las medidas adoptadas para reducir la propagación de enfermedades transmisibles, como la COVID-19, son inapropiadas. Asimismo, los servicios de identificación y apoyo a grupos vulnerables sufren las consecuencias del escaso tiempo que las personas permanecen en las instalaciones de acogida. Si aumenta el número de llegadas, como se prevé que suceda a lo largo de 2021, estas limitaciones se acentuarán más aún.
 
A su llegada al aeropuerto, las personas con problemas de salud mental entre leves y moderados son derivadas al centro de asesoramiento en salud mental de MSF en Addis Abeba. Según sus necesidades, las personas migrantes pasan desde unos días hasta un mes o más en el centro, donde reciben alimentación, ropa, alojamiento y asistencia para el transporte hasta que están listas para volver a casa. El personal médico de MSF atiende las heridas y otras necesidades sanitarias. En las sesiones de terapia individual y de grupo, el equipo de salud mental de MSF ofrece asesoramiento y capacita a los pacientes con estrategias de adaptación para superar las enfermedades mentales más comunes, como el trastorno de estrés postraumático, la depresión, la ansiedad y el insomnio. Algunas actividades sencillas, como participar en juegos o actividades de dibujo, lavar la ropa y comer en grupo, ayudan a los pacientes a recuperar la sensación de normalidad y la dignidad.
 
Muntaha, que ahora tiene 30 años, es una de 15 pacientes que actualmente reciben tratamiento en el centro. Allí, por fin está recibiendo tratamiento médico para las heridas que sufrió en Arabia Saudita.
 
Gracias a las sesiones individuales y de grupo con el equipo de salud mental de MSF, ha empezado a procesar lo que ha vivido y a aprender a gestionar sus estados emocionales. Dentro de muy poco, estará lista para volver a su región de origen. Una vez que reciben el alta, MSF pone a los pacientes en contacto con los servicios de su zona, y el personal del centro continúa haciendo un seguimiento a distancia. “En este momento, solo echo de menos a mis hijos”, dice Muntaha, “lo que quiero es reunirme con ellos”.

Un futuro incierto

Para otras personas que han sido devueltas, la perspectiva de volver a casa puede conllevar una serie de nuevos temores y preocupaciones. Después de haber migrado por la necesidad de ganar dinero para sus familias, el hecho de volver con las manos vacías puede resultar vergonzoso e incluso suponer un estigma. Algunas personas han endeudado aún más a sus familias al tener que pagar a los traficantes que se encuentran durante la ruta, y han dejado a sus seres queridos en una situación económica más desfavorable que la que tenían antes de migrar. Además de las presiones de las expectativas no cumplidas, algunas personas deportadas regresan a casa con problemas de salud mental que requieren una atención continua; esta es una realidad que algunas familias o comunidades tienen dificultades para aceptar.
 
Los servicios de apoyo a la reintegración son limitados en el mejor de los casos, y en muchas zonas son inexistentes. Garantizar la continuidad de la asistencia sanitaria y de salud mental también constituye un reto considerable. El acceso a los servicios de salud mental —incluida la atención psiquiátrica— fuera de Addis Abeba es escaso o nulo, especialmente en las zonas remotas de Etiopía. Por lo tanto, después de recibir el alta, los pacientes corren un alto riesgo de sufrir recaídas. La falta de seguimiento, especialmente de las personas que regresan con necesidades de salud y sociales específicas, no solo compromete el acceso a servicios sanitarios esenciales y la reintegración en la comunidad, sino que también aumenta el riesgo de que vuelvan a migrar a otros lugares. Muchas personas deciden que es mejor volver a emprender el viaje, con lo que se exponen de nuevo a repetir el mismo calvario.
 
Por los motivos señalados, MSF ampliará próximamente sus actuales servicios de seguimiento de los pacientes después de que retornen a casa. El equipo del centro ya ha empezado a acompañar a los pacientes especialmente vulnerables en sus comunidades, con el fin de mejorar su aceptación, garantizar la continuidad de la atención médica y facilitar su reintegración. El personal del centro ha sido testigo de la diferencia que supone que las personas retornadas reciban apoyo y recursos, tanto a su llegada como durante su incierta transición de regreso a casa. Para muchas personas, puede convertirse en un factor decisivo para que no repitan el ciclo traumático y destructivo de la migración, la detención y la deportación.
 
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