Esta emergencia es enorme. Nunca había visto nada igual

Helen Ottens-Patterson, del Reino Unido, es enfermera y coordinadora médica de Médicos Sin Fronteras (MSF) en el condado de Maban en el estado del Alto Nilo, en Sudán del Sur. MSF es el mayor proveedor de atención médica de emergencia para más de 110.000 refugiados que han huido de los enfrentamientos en el estado del Nilo Azul en Sudán.

Helen Ottens-Patterson, del Reino Unido, es enfermera y coordinadora médica de Médicos Sin Fronteras (MSF) en el condado de Maban en el estado del Alto Nilo, en Sudán del Sur. MSF es el mayor proveedor de atención médica de emergencia para más de 110.000 refugiados que han huido de los enfrentamientos en el estado del Nilo Azul en Sudán.

En el campo de refugiados de Batil, uno de los cuatro campos en el condado, un estudio reciente realizado por MSF mostró que la tasa de mortalidad en niños menores de cinco años duplicaba el umbral de la emergencia. Aquí, Helen comparte su experiencia a la hora de dispensar asistencia a este grupo especialmente vulnerable de personas.

   

“Recorro a pie diferentes partes del campo e intento entender el reto que supone para la gente vivir aquí. Ayer fuimos a un lugar particularmente aislado; eché un vistazo a mi alrededor, hablé con algunos refugiados allí, miré dentro de las tiendas y vi muy poca comida. Entonces percibí la presencia de un pequeño en la distancia. Estaba tan delgado que parecía casi un minúsculo dibujo hecho a tinta. Su piel estaba arrugada y llena de pliegues, no tenía nada de carne ni en sus brazos ni en sus piernas ni en sus nalgas, y tenía una barriga grande, señal de que tenía gusanos. Estaba en muy, muy mal estado.

Mohammed era el menor de diez hijos. Su madre había muerto durante el embarazo cuando huía del estado del Nilo Azul, de camino a Batil (Sudán del Sur). Su padre era quien se ocupaba de sus nueve hijos. Mohammed fue admitido en el programa nutricional ambulatorio de MSF para niños con desnutrición severa, pero no comía los alimentos terapéuticos que nuestros médicos le habían dado. Su padre no podía con todo; tenía tanto que hacer y estaba solo. Así que decidió admitir al pequeño en nuestro hospital para que recibiese tratamiento intensivo.

Si no me hubiese tropezado con el pequeño por casualidad ayer, probablemente hubiese muerto en cuestión de días. Es muy importante que salgamos y nos paseemos por el campo y lleguemos a donde está la gente. Sin eso, los otros niños y familias que están ahí afuera no van a conseguir el apoyo que necesitan para sobrevivir.

Las familias han perdido y están perdiendo a madres, padres e hijos. La fuerza para enfrentarse a una situación va desapareciendo. La gente que normalmente se las podía arreglar, pero ahora ya no puede. Sus reservas se han ido acabando poco a poco durante el largo y arduo viaje que les ha traído hasta el campo de Batil. Ves sus rostros y no es que no haya emoción, sienten algo dentro, pero simplemente se encierran en sí mismos. Es algo que realmente no puede describirse. Tenemos que salir a buscar y apoyar a estas familias vulnerables y ayudarles en cada paso.

La magnitud de esta emergencia es enorme, estamos hablando de un campo de unas 35.000 personas, no solo de un puñado de familias. De toda esta población, en torno a 9.000 niños son menores de cinco años. Más de 1.500 de estos niños están registrados en nuestro programa nutricional en el estadio más grave de la desnutrición. Según nuestro último estudio sobre moralidad, cada día mueren tres o cuatro niños en el campo de enfermedades prevenibles.

A pesar de esta grave situación, la gente sigue viniendo a nosotros, lo que demuestra que tienen esperanza. No lo harían si pensasen que había posibilidad alguna de que MSF cambiase las cosas. Y ves a gente que sonríe, que te acoge en su refugio, mostrando con pequeños gestos su amabilidad a pesar de la adversidad a la que se enfrentan. De dónde viene eso, no lo sé. Es una lección para todos nosotros, me motiva y me da coraje para seguir trabajando.

La gravedad de esta emergencia es diferente. Nunca había visto nada parecido antes y trabajo con MSF desde 1999. Soy enfermera, es mi trabajo, tengo que afrontar la muerte, la enfermedad, pero normalmente es más equilibrado. Es duro para mí como ser humano y como profesional médico. Me afecta y a veces me hace sentir impotente, incluso con los recursos y el conocimiento de MSF que me amparan.

Esto es lo que sabemos hacer y para lo que estamos aquí: respondiendo a las necesidades más apremiantes. Es increíble lo que hemos podido conseguir, pero no basta. Siempre hay más que hacer y tenemos que luchar para asegurarnos de que estas personas tienen lo que necesitan, no sólo para sobrevivir, sino para conferirles dignidad, darles calidad de vida, asegurarnos de que pueden conservar el espíritu que tienen.”

Junto con los otros tres campos en la zona, Batil está situado en una planicie, inicialmente sin servicios para los aproximadamente 35.000 refugiados que llegaron allí. Todo tuvo que empezarse de cero: la atención sanitaria, el acceso a agua limpia, a la higiene y los sistemas de saneamiento. Era muy difícil imaginarse donde podría vivir la gente y cómo sobreviviría. Esto es una zona muy remota de Sudán del Sur y el acceso por carretera es prácticamente imposible. Todo tiene que transportarse por vía aérea.

En el campo de Batil, MSF rápidamente montó un hospital de emergencia con 130 camas, con consultas externas y hospitalización, maternidad, y un centro nutricional terapéutico. MSF actualmente tiene más de 1.600 niños con desnutrición aguda severa en su programa nutricional terapéutico. Cada semana unos 30 de estos niños tienen que ser admitidos en cuidados intensivos con complicaciones médicas que ponen el peligro sus vidas como diarrea o enfermedades respiratorias. Desde que se abrió el campo de Batil en mayo, MSF ha realizado más de 14.500 consultas médicas. El equipo asistió en la distribución de artículos de primera necesidad cuando llegaron los refugiados y se ha implicado en instalar y mantener una esencial red de distribución de agua corriente.

En los cuatro campos del condado de Maban, estado del Alto Nilo, MSF actualmente tiene más de 160 trabajadores internacionales que trabajan junto a unos 700 trabajadores nacionales, gestionado tres hospitales de campo y realizando más de 7.000 consultas cada semana. MSF también está suministrando agua y haciendo distribuciones, gestionando pozos y bombas manuales y montando puntos de rehidratación oral.

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