La desesperación se acumula en Dadaab, ya que las promesas de soluciones duraderas fallan ante la COVID-19

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Mental Health Crisis is Brewing in Dadaab

Una crisis de salud mental está creciendo en el complejo de refugiados de Dadaab, donde cientos de miles de somalíes han estado atrapados durante décadas. Una mezcla fatal de desesperación reprimida, ansiedad y miedo, combinada con nuevas incertidumbres provocadas por la pandemia de COVID-19, está obligando a los refugiados a tomar medidas extremas.

Una crisis de salud mental está creciendo en el complejo de refugiados de Dadaab, donde cientos de miles de somalíes han estado atrapados durante décadas. Una mezcla fatal de desesperación reprimida, ansiedad y miedo, combinada con nuevas incertidumbres provocadas por la pandemia de COVID-19, está obligando a las personas refugiadas a tomar medidas extremas.

Desde Médicos Sin Fronteras gestionamos una clínica de salud mental en nuestro hospital con capacidad de 100 camas en el campo de Dagahaley, uno de los tres que componen el complejo de refugiados de Dadaab. La clínica brinda tratamiento médico a pacientes con diversas enfermedades mentales, como depresión, esquizofrenia, trastornos de personalidad y de ansiedad.

 

 

En MSF somos testigos de un dramático deterioro en la salud mental de los y las residentes del campo. En Dagahaley, el número de intentos de suicidio está en aumento y las consultas psicosociales incrementaron en más del 50 por ciento con respecto al año pasado, de 505 a 766. En los últimos dos meses, cinco personas intentaron suicidarse, dos con resultados fatales.

Muchas personas refugiadas en Dadaab ya estaban frustradas por la falta de progreso en la búsqueda de soluciones duraderas. Ahora se enfrentan a la nueva situación de COVID-19, donde la escasa asistencia humanitaria de la que dependen se ha reducido aún más en medio de la preocupación de los donantes por la ampliación de las brechas de financiamiento. El Programa Mundial de Alimentos se ha visto obligado a recortar las raciones de alimentos en un 40 por ciento y muchos otros organismos han reducido drásticamente su presencia, interrumpiendo gravemente el acceso de las personas a los servicios básicos.

Estos recortes en el acceso a los alimentos, junto con la falta de empleo remunerado y una incertidumbre constante sobre el futuro, han creado una nueva crisis de salud mental.

En agosto, el hijo de 24 años de Haret Abdirahman se suicidó en el campo de Dagahaley, después de lo que él dice fue una vida sin expectativas en el futuro. “A pesar de terminar su educación secundaria, siguió hablando de lo difícil que era para él la vida en el campo sin trabajo. A menudo decía que deseaba poder quitarse la vida, pero nunca pensé que realmente lo haría“.

 

 

No hay soluciones duraderas a la vista

“La COVID-19 ha puesto fin a las pocas posibilidades que tenían los y las refugiadas de escapar de sus vidas degradantes en los campos, agravando la angustia mental de muchas personas que ya no tenían nada más a que aferrarse salvo la esperanza”, explica el coordinador del proyecto de MSF para Dadaab, Jeroen Matthys. "Estamos viendo una oleada de desesperación en el campo”.

El número de personas refugiadas que volvieron a ser trasladadas desde Kenia ya se había reducido a un mínimo incluso antes de la COVID-19; y ahora se ha detenido casi por completo. Regresar voluntariamente a Somalia, donde la inseguridad es generalizada y el sistema de salud está profundamente afectado, parece una alternativa aún menor para la mayoría de quienes viven en los campos. En agosto de este año, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) no reportó retornos de Kenia a Somalia. La promesa de integración local para los y las refugiadas también se ha disipado gradualmente a medida que las iniciativas para extender los servicios estatales a los refugiados siguen estancadas.

La pandemia dificultó mucho la búsqueda de soluciones sostenibles, pero las acciones significativas en pro de los y las refugiadas de Dadaab siempre se han quedado cortas. Una serie de compromisos, desde la Declaración de Nairobi de 2017 sobre los refugiados somalíes, que buscaba una solución regional a una de las crisis de refugiados más antiguas del mundo, hasta las declaraciones de apoyo en el primer Foro Mundial sobre los Refugiados, han fracasado. El poco progreso que se había logrado en la expansión de las oportunidades de educación para las personas refugiadas ahora se ve socavado por las interrupciones inducidas por la COVID-19.

Fawzia Mohamed, de treinta años, llegó al campo con su familia en 1992, cuando apenas tenía dos años. Ha vivido en el campo desde entonces. Lamenta la nube de incertidumbre que ensombrece sus vidas. “¿Cómo puedes permanecer en un país durante tres décadas, sin saber a dónde perteneces? Sigues siendo una refugiada sin perspectivas. Tiene un impacto aún mayor en los muchos jóvenes de este campo, que están sufriendo económica y socialmente. La tasa de desempleo es muy alta, pero si se pudieran eliminar las restricciones de movimiento, las condiciones de vida de las personas refugiadas realmente podrían cambiar“.

Para la mayoría de los y las refugiadas somalíes que no han conocido más que los campos, las soluciones duraderas han llegado a parecerles frustrantes e inalcanzables. Los refugiados de Dadaab enfrentan la perspectiva de una cadena perpetua en uno de los lugares más duros del mundo. La prolongada vida en el campo y las esperanzas de una vida libre de las humillaciones diarias del campo que se desvanecen rápidamente, tienen consecuencias devastadoras en su salud física y psicológica.

 

 

La COVID-19 aumenta su incertidumbre

Es probable que la COVID-19 empeore significativamente las condiciones en los campos de migrantes y solicitantes de asilo, ya que las preocupaciones de las personas que viven en Dadaab corren el riesgo de descender aún más en la lista de prioridades de los donantes.

Al mismo tiempo, los choques económicos generados por la pandemia en todo el mundo disminuyeron en gran medida las remesas que alguna vez recibieron de familias en el extranjero. Las secuelas de la COVID-19 probablemente serán un duro golpe para la comunidad keniana y las personas más marginadas no se salvarán. Pero los refugiados, incluso los que tienen acceso a algún tipo de asistencia humanitaria, siguen siendo extremadamente vulnerables y el menor cambio en sus vidas puede suponer el riesgo de cambiarlas por completo.

“A medida que el gobierno de Kenia elabora planes de recuperación de la COVID-19, la integración de las personas refugiadas representa un reconocimiento rotundo de su compromiso por buscar una solución permanente para las personas olvidadas de Dadaab”, dice Dana Krause, jefa de misión de MSF. “Para los donantes, nunca ha habido un momento más propicio para demostrar solidaridad internacional con los refugiados, no solo a través de compromisos financieros, sino también a través de la restauración de sus asentamientos y de la reapertura de vías de tránsito para los refugiados“.

 

 

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MSF en Dagahaley

MSF ha brindado atención médica a las personas refugiadas en Dadaab durante la mayor parte de la existencia del complejo del campo. Los servicios de salud de Médicos Sin Fronteras están abiertos a las comunidades de acogida y son un salvavidas crucial para los y las refugiadas no registradas a quienes se les niega el acceso a los servicios básicos en los campos. Los proyectos actuales de MSF se centran en Dagahaley, donde brindamos atención médica primaria y secundaria integral a personas refugiadas y a comunidades de acogida. Los servicios médicos incluyen servicios de salud sexual y reproductiva, asistencia médica y psicológica a sobrevivientes de violencia sexual, atención en salud mental y cuidados paliativos.

Desde el comienzo del brote de COVID-19, MSF ha implementado medidas para garantizar un control de infecciones adecuado. Esto incluye el implementar una etapa de detección en el triaje, establecer un área de aislamiento y organizar sesiones de educación sanitaria. En el campo de Dagahaley, MSF instaló una unidad de aislamiento con 10 camas con la capacidad para expandirse a 40 camas si fuera necesario, y también capacitó a los trabajadores de la salud para crear un grupo de socorristas de primera línea. Al mismo tiempo, MSF también apoyó a los gobiernos de los condados de Garissa y Wajir, organizando cursos de formación para el personal sanitario y reforzando las medidas de prevención de infecciones en dos hospitales de los subcondados.

 

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