La historia de Mariam

En el campo de Hebrón, entre colinas áridas y rocosas, conocí la historia de Mariam, de casi 20 años. Vivía con su padre y el resto de su familia, 15 hermanos y las dos esposas del padre, tan solo un poco más mayores que ella, en una gruta al sur del distrito, en un ambiente hostil, húmedo y privado de cualquier servicio básico.

En el campo de Hebrón, entre colinas áridas y rocosas, conocí la historia de Mariam, de casi 20 años. Vivía con su padre y el resto de su familia, 15 hermanos y las dos esposas del padre, tan solo un poco más mayores que ella, en una gruta al sur del distrito, en un ambiente hostil, húmedo y privado de cualquier servicio básico.

El padre de Mariam es pastor y nunca se aleja de su tierra por miedo a pederla. La tierra no está muy lejos de un asentamiento y a menudo sus vecinos han intentado convencerle de que se marche.
La vida de Mariam ha sido una vida difícil. Al margen de la sociedad palestina, marcada por el conflicto pero también por limitaciones socioculturales y religiosas, Mariam no ha podido acceder a una educación básica, relegada tras un velo oscuro que sólo deja entrever unos ojos brillantes pero marcados por tanta injusticia.
Mariam nos acogió a mí y a la trabajadora social palestina como si fuera el cabeza de familia, nos invitó a sentarnos en uno de los colchones sobre el cual duermen y nos ofreció un vaso de te preparado en una hornacina humeante de la gruta. Rodeada de sus hermanos y de las otras mujeres, también ellas con la cara tapada, empezó entonces a contar su historia. Nos habló de su sufrimiento cuando ella y su padre fueron golpeados por unos soldados. Los colonos, sus vecinos, llamaron a los soldados en cuanto vieron que estaban construyendo una cisterna de agua financiada por una organización internacional pero situada en una zona bajo control israelí y, por tanto, no autorizada.
Mariam habló del miedo y de la desesperación que sintió cuando su padre, el pilar de la familia, fue arrestado, y del sentimiento de impotencia y confusión que le causó no saber dónde se encontraba. Habló de su angustia al sentirse responsable de sus hermanos y hermanas sin tener ni los medios ni los conocimientos para ayudarles. Del miedo de que aquellos soldados regresasen y se la llevasen también a ella.
El sentimiento de impotencia no le impidió, sin embargo, intentar proteger a su padre en el momento del arresto. A pesar de la desesperación mientras nos contaba su historia, permanecía erguida y orgullosa entre tanta degradación y miseria. Antes de irnos, le propusimos una cita con una de nuestras psicólogas, que podría ayudarle a afrontar sus emociones. Mariam aceptó con una sonrisa en los ojos y, olvidando por un instante nuestros orígenes diversos y diferencias, nos despedimos con un fuerte abrazo de mujer a mujer.
Mariam inició la terapia con la psicóloga a las pocas semanas de nuestra visita y el resultado ha sido positivo. Ahora se ha trasladado a vivir a la ciudad de Yatta, a algunos kilómetros de distancia de su gruta, donde ha empezado un curso de alfabetización y se ha casado.

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