MSF en primera línea: protegiendo a madres e hijos en el campo de refugiados de Nduta

Soline es una de las muchas personas refugiadas de Burundi que han reconstruido su vida en el campo de refugiados de Nduta, al noroeste de Tanzania.

Una enfermera auxiliar de MSF y una madre atienden a un bebé en la sala de maternidad del hospital de MSF en el campo de Nduta.
Una enfermera auxiliar de MSF y una madre atienden a un bebé en la sala de maternidad del hospital de MSF en el campo de Nduta. © Eugene Osidiana/MSF

Cuando Hatungimana Soline habla, su voz carga el peso de una vida marcada por el conflicto, el desplazamiento, la maternidad y la resiliencia. A sus 45 años, es madre de diez hijas e hijos; los más pequeños son trillizos de ocho años. Soline es una de las muchas personas refugiadas de Burundi que han reconstruido su vida en el campo de refugiados de Nduta, al noroeste de Tanzania.

Soline nació en 1979 en Burundi. Su infancia terminó pronto. A los 17 años se casó y, como cientos de miles de personas burundesas afectadas por el conflicto de 1996 entre dos grupos armados, tuvo que huir a Tanzania en busca de seguridad. Se estableció en el campo de refugiados de Mtendeli, donde nacieron sus primeros cuatro hijos. Tiempo después, su esposo se fue a la República Democrática del Congo (RDC) y Soline regresó a Burundi para criar a sus hijos en Cankuzo, una provincia que acogía a muchas familias desplazadas de países vecinos.

 

Entrada del hospital de MSF en el campo de Nduta, Tanzania.
Entrada del hospital de MSF en el campo de Nduta, Tanzania. © Eugene Osidiana/MSF[/caption]

 

De vuelta en su país, la vida dio otro giro. Soline volvió a casarse, tuvo tres hijos más y abrió un pequeño negocio vendiendo productos en el mercado. Pero su hogar dejó de ser un lugar seguro. Su hija mayor, que entonces cursaba séptimo grado, comenzó a sufrir acoso sexual reiterado por parte del esposo de Soline. Cuando ella intentó protegerla, fue agredida violentamente. La situación escaló hasta que la niña fue violada. Aterrada y decidida a proteger a sus hijos, Soline enfrentó a su esposo. La confrontación terminó con ella herida y él huyendo.

Esa misma noche, Soline tomó a sus hijos y salió de Burundi rumbo al campo de refugiados de Nduta, donde miles de personas burundesas ya habían buscado refugio.

El trayecto hasta Nduta duró tres días: tres días de miedo, incertidumbre y la esperanza de que, por fin, sus hijos estarían a salvo. Llegó el 16 de octubre de 2016 a un campo que había abierto un año antes para recibir a más de 400 mil personas refugiadas que huían de la crisis política de 2015 en Burundi.

En Nduta encontró seguridad, pero no una vida fácil. El día a día implicaba enfrentar la escasez, las enfermedades y el trauma. Aun así, Soline logró reconstruir su vida y volvió a casarse. La noche del 6 de mayo de 2018, entró inesperadamente en trabajo de parto. Absorbida por la lucha diaria por sobrevivir, no había acudido con regularidad a los controles prenatales. Cuando el dolor se intensificó, avisó al líder comunitario, quien llamó a una ambulancia. Fue trasladada de urgencia al hospital que Médicos Sin Fronteras (MSF) operaba dentro del campo.

 

Antoinette ayuda a una madre a sostener a su bebé en la sala de maternidad del hospital de MSF en el campo de Nduta.
Antoinette ayuda a una madre a sostener a su bebé en la sala de maternidad del hospital de MSF en el campo de Nduta. © Eugene Osidiana/MSF[/caption]

 

El 7 de mayo de 2018, Soline dio a luz de forma prematura a trillizos. Eran bebés muy pequeños y frágiles, que fueron ingresados de inmediato a la unidad neonatal.

“Rezaba mi rosario todos los días”, recuerda. “Eran tan pequeños… cada vez que iba a verlos no sabía si llorar o mantenerme fuerte. La carga emocional era enorme, pero la tranquilidad y el cuidado del personal de MSF me daban esperanza”.

Los equipos médicos de MSF monitorearon a los bebés y les brindaron atención las 24 horas. Dos meses después, los trillizos estaban lo suficientemente fuertes para salir de cuidados neonatales. Pocos días después, Soline regresó a casa con sus tres hijos en brazos.

“Era feliz. No sabía si iban a sobrevivir, pero MSF los salvó”, dice.

Sus trillizos —Nasasagare Save, Riuuzimana Jean Dlare y Nsengiyunva Davi— forman parte de los 5,540 recién nacidos atendidos en la unidad neonatal de MSF en Nduta en los últimos diez años. Soline también es una de las más de 12,000 mujeres que han dado a luz de manera segura con el acompañamiento de MSF, incluyendo 1,828 atenciones obstétricas solo en 2025.

“Aquí las mujeres ya no tienen miedo de dar a luz”, explica. “Nos cuidan. Ya no parimos en casa y vemos morir a menos madres y bebés”.

Criar trillizos en un campo de personas refugiadas no es sencillo. La comida es limitada, el entorno es duro y las niñas y niños están expuestos a enfermedades. Aun así, Soline se mantuvo atenta: acudió a todas las consultas médicas y siguió las recomendaciones de salud.

 

Los trillizos Nasasagare Save, Riuuzimana Jean y Nsengiyuba Davi, nacidos el 7 de mayo de 2018 en el campo de refugiados de MSF en Nduta.
Los trillizos Nasasagare Save, Riuuzimana Jean y Nsengiyuba Davi, nacidos el 7 de mayo de 2018 en el campo de refugiados de MSF en Nduta. © Mildred Wanyonyi/MSF[/caption]

 

“No sabía si estos niños iban a sobrevivir”, dice. “Hoy, cuando los veo, me siento en paz”.

Para sostener a su familia, Soline cultiva un pequeño huerto, donde siembra verduras y vende lo que logra cosechar. Su objetivo es alcanzar la autosuficiencia; sueña con tener una máquina de coser para confeccionar ropa para su familia y su comunidad. Para ella, la independencia significa brindar estabilidad y construir una base sobre la cual sus hijos puedan crecer.

Hoy, con ocho años, sus trillizos corren, ríen y juegan como cualquier otro niño del campo. Soline espera que, en el futuro, puedan apoyar a su familia. Ante los procesos de repatriación en Nduta, asegura que aún no está lista para regresar a Burundi. Como mujer divorciada y sin tierras ni propiedades, teme no tener nada a lo cual volver.

La historia de Hatungimana Soline refleja la resiliencia de miles de personas refugiadas de Burundi que han hecho de Nduta su hogar durante más de una década. También subraya la importancia de mantener una atención médica y humanitaria constante en campos como Nduta, donde las familias reconstruyen su vida en condiciones difíciles, pero siguen adelante con esperanza, trabajo y perseverancia.

La vida de Soline está sostenida por el valor, marcada por el desplazamiento, impulsada por la esperanza y fortalecida por la atención médica que permite a miles de personas refugiadas reconstruir su vida, un día a la vez. Para MSF, su historia es un recordatorio de por qué la atención médica en contextos humanitarios no solo es esencial: es vital y salva vidas.

 

Samuel Nzoyisaba, miembro de la unidad de control de vectores de MSF, instala una trampa para mosquitos dentro de una casa en el campamento de Nduta.
Samuel Nzoyisaba, miembro de la unidad de control de vectores de MSF, instala una trampa para mosquitos dentro de una casa en el campamento de Nduta. © Eugene Osidiana/MSF[/caption]

 

Compartir