Pakistán: las duras condiciones del invierno profundizan la crisis humanitaria de las personas refugiadas afganas en medio de deportaciones forzadas

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Vista de casas de barro en Raees Golam Mustafa Golla, en Dera Murad Jamali. Estas viviendas suelen sufrir daños cuando las lluvias ponen en peligro la vida de los residentes durante la temporada de monzones, que suele durar de julio a septiembre. Pakistán, febrero de 2025.
Vista de casas de barro en Raees Golam Mustafa Golla, en Dera Murad Jamali. Estas viviendas suelen sufrir daños cuando las lluvias ponen en peligro la vida de los residentes durante la temporada de monzones, que suele durar de julio a septiembre. Pakistán, febrero de 2025. © Gul Nayab/MSF
“Era plena noche fría de noviembre cuando sonó un golpe en la puerta. Mi esposa está dando a luz. ¿Podría llevarla al hospital? No podemos salir. Si dejamos nuestra casa, la policía nos detendrá. Por favor, como ser humano, ayúdenos”. Estas fueron las palabras de un refugiado afgano, pronunciadas mientras estaba de pie en la puerta de un conductor de rickshaw aquella noche. Su esposa estaba en trabajo de parto, pero en medio de las deportaciones generalizadas de afganos en Pakistán, temían salir de su hogar, incluso para recibir atención médica urgente. La familia se enfrentaba ahora a lo inimaginable: dar a luz sin apoyo, en aislamiento y bajo un estrés extremo.

Aun sabiendo que la familia no tenía dinero, el conductor aceptó llevar de urgencia a la mujer al hospital. “Como ser humano, sentí su dolor y decidí llevarla al hospital, completamente sola, sin ningún acompañante a su lado”, dijo, recordando el trayecto hasta un centro de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Baluchistán, Pakistán.

“Fui testigo de todo. Ella gritaba durante todo el camino al hospital. Dio a luz a su bebé en mi rickshaw; estaba lleno de sangre. No puedo describirlo con palabras. Me rompió escucharla gritar y conducir al mismo tiempo. Quedé con un trauma mental”.

En el centro de MSF, el personal atendió a la mujer y a su bebé. Tras una experiencia peligrosa y aterradora, ambos estaban sanos y, al menos por el momento, a salvo. Pero la experiencia de esta mujer y su hijo no es un caso aislado.
La deportación masiva de personas refugiadas afganas desde Pakistán se ha convertido en una crisis humanitaria catastrófica, profundizando el sufrimiento de una comunidad ya de por sí vulnerable. Estas deportaciones dejan a muchas personas refugiadas sin refugio en algunos centros de retención con pocas o nulas instalaciones, atención médica o medios de subsistencia. Las temperaturas medias rondan los 10 °C y descienden por debajo de los 5 °C durante las noches y madrugadas. El miedo al arresto y la detención ha impedido que muchas personas busquen atención médica. Este temor provoca abortos espontáneos inducidos por el trauma, enfermedades no tratadas y la negativa a recibir atención médica debido a la falta de documentación.

Desde finales de la década de 1970, Pakistán ha sido hogar de millones de personas refugiadas afganas. Durante las últimas cuatro décadas, muchas han huido del conflicto, la persecución y la inestabilidad en Afganistán, buscando refugio en el país vecino. Con el tiempo, muchas han establecido comunidades, medios de vida, familias y pequeños negocios para sobrevivir a un desplazamiento prolongado.

Muchas de ellas han pasado más tiempo de sus vidas en Pakistán que en Afganistán y tienen hijos que nunca han estado en Afganistán. Sin embargo, desde noviembre de
2023, el Gobierno de Pakistán ha estado implementando el Plan de Repatriación de Extranjeros Ilegales (IFRP, por sus siglas en inglés), que afecta principalmente a la numerosa población refugiada afgana. La campaña de deportaciones comenzó enfocándose en afganos indocumentados y luego amplió su alcance para incluir a personas titulares de la Tarjeta de Ciudadano Afgano (ACC), una protección otorgada previamente por el Gobierno de Pakistán que permitía a ciudadanos afganos permanecer en el país. Más recientemente, también han sido objeto de repatriación forzada los afganos con tarjetas de Prueba de Registro (PoR), a quienes se les había concedido una estancia legal temporal por el Gobierno de Pakistán en colaboración con las Naciones Unidas.

Según ACNUR, hasta octubre de 2025 se estimaba que más de 2.18 millones de afganos vivían en Pakistán, y muchos de ellos habían nacido en Pakistán o habían pasado la mayor parte de sus vidas en el país.

El aumento de las deportaciones desde septiembre de 2025, coincidiendo con la llegada del invierno, ha empeorado drásticamente la situación de las personas refugiadas afganas, ya que la política ahora obliga indiscriminadamente al retorno de todas las personas afganas, independientemente de su estatus en el país.


“El bebé jadeaba. Esos fueron sus últimos momentos”

En noviembre, un bebé en estado crítico fue llevado a un centro de MSF en Baluchistán, cerca de la frontera con Afganistán. La familia había sido referida desde un centro de retención. “Me acerqué y vi al bebé; estaba jadeando. Esos fueron sus últimos momentos. Nunca antes había visto los últimos momentos de ninguna persona. Me quedé en shock”, comparte un miembro del personal de MSF, visiblemente emocionado mientras toma un sorbo de agua para tranquilizarse. “Con el corazón muy apesadumbrado, le pregunté al médico: ‘¿Qué pasó?’. El médico me dijo que el bebé estaba en estado crítico: ‘Hicimos todo lo posible. Le proporcionamos oxígeno, pero no había pulso. Nada’”.

El bebé tenía apenas cinco meses y había sufrido toda la noche el frío intenso. “Hacía muchísimo frío. En el centro de retención no hay saneamiento, ni agua limpia, ni comida. Las duras condiciones dejan a las personas refugiadas expuestas a los elementos más difíciles, dice un trabajador humanitario del centro. “El clima ha sido demasiado frío. También quedamos afectados al enterarnos de la muerte de este bebé”.

“Informamos al padre sobre la muerte del bebé. Dijo que el bebé había estado sufriendo toda la noche”, comparte otro miembro del personal de MSF. La familia cuidó al bebé durante toda la noche, ya que no había servicios de salud disponibles y una derivación médica solo fue posible por la mañana, cuando una organización humanitaria comenzó a brindar servicios básicos. “Estas condiciones son insoportables. Nadie debería tener que soportarlas. Como ser humano, siento su
situación. Siento su dolor. Por la noche, yo no puedo estar sin un calentador, pero ellos están sin calentador todas las noches”.

El cuerpo del bebé fue trasladado a la frontera en una ambulancia proporcionada por una organización humanitaria que había derivado al bebé al centro de MSF.

Un refugiado afgano mencionó que las familias refugiadas enfrentaban retrasos significativos para cruzar la frontera entre Afganistán y Pakistán, con escasez de alimentos y niños enfermando debido al frío. “Por la profunda temporada invernal y el frío intenso, mis hijos sufrieron y se enfermaron”, dice. Una refugiada afgana habló del dolor persistente de la incertidumbre: “No tenemos una casa en Afganistán, no tenemos dónde quedarnos si nos deportan. Ahora que el invierno ha comenzado y somos una familia con niños, no sabemos qué hacer”.

“Mi familia y yo estamos expuestos al frío a diario. No tenemos nada para mantenernos calientes. Tengo miedo a la deportación. Si nos obligan a regresar a Afganistán, los desafíos se duplicarán. Temo por mi esposa y mis hijos”, comparte otro refugiado que vive con la comunidad local, pero que por miedo no sale a trabajar. Sufre la exposición al frío, agravada por el alto costo de la calefacción y las condiciones inadecuadas de vivienda.

Los equipos médicos de MSF observan claramente que, para las comunidades vulnerables, el invierno sin refugio es mortal. Las temperaturas bajo cero aumentan drásticamente las enfermedades y la muerte, especialmente entre niños y niñas con desnutrición. La exposición al frío obliga al cuerpo a quemar más calorías solo para sobrevivir, pero los niños y niñas con desnutrición no tienen reservas para mantenerse calientes. Se deterioran rápidamente. Su inmunidad se debilita, lo que hace que las infecciones respiratorias sean comunes y peligrosas, y que enfermedades menores se vuelvan rápidamente mortales. Sin acceso a atención médica, refugio urgente, protección y nutrición, el invierno se convierte en un asesino silencioso.

Con el invierno ya instalado, la necesidad de mantas y kits de invierno para las personas refugiadas afganas está aumentando. Los centros de retención a menudo carecen de lo esencial, lo que empeora aún más la situación, ya que no hay agua, ni saneamiento, y las personas detenidas tienen suerte si reciben siquiera dos comidas al día, con existencias de alimentos frecuentemente insuficientes. Ante las barreras para acceder a la atención médica necesaria, la necesidad de ayuda humanitaria inmediata nunca ha sido tan urgente.


Barreras para la atención médica y el aumento de la crisis de salud

Los desafíos de salud, tanto físicos como psicológicos, están incrementando los riesgos para la salud y la supervivencia, contribuyendo a mayores niveles de morbilidad y mortalidad. “Mi esposa tenía tres meses de embarazo cuando la policía me detuvo por primera vez. Esa noche, cuando me detuvieron, ella se asustó terriblemente y se angustió mucho”, comparte un refugiado afgano. “Cuando me liberaron y regresé a casa al día siguiente, ella seguía muy alterada. Me dijo que había comenzado a sangrar mucho debido al estrés y la profunda tristeza. La llevé de inmediato al médico, pero era demasiado tarde. Mi esposa ya había tenido un aborto espontáneo”. Posteriormente, fue detenido nuevamente junto con su esposa y luego obligado a regresar a Afganistán.

En octubre de 2025, una mujer refugiada afgana acudió a un centro de MSF para atención posnatal. Había dado a luz en el campo de retención, pero el bebé nació sin vida. Tras recibir atención, fue devuelta al campo. A la mañana siguiente, fue llevada nuevamente al centro de MSF en estado inconsciente, acompañada por su madre y su suegra. Su suegra contó a nuestro equipo: “Cuando estaba dando a luz, no teníamos nada para cubrirla. Dio a luz frente a todos”. Mientras hablaba, las lágrimas corrían por su rostro, su voz cargada de dolor al revivir la humillación y la impotencia de ese momento. Su estado era crítico y fue referida a Quetta para atención especializada. Permaneció cuatro días en el hospital de Quetta, pero no pudieron costear un tratamiento y falleció. Justo después de su muerte, la familia fue informada de que era su turno para cruzar la frontera. Fueron deportados a Afganistán.

Según la evaluación del equipo de MSF en el este de la ciudad de Kandahar, Afganistán, a finales de octubre, las personas retornadas enfrentan condiciones severas en refugios improvisados. El acceso al agua potable es limitado, las instalaciones de saneamiento son casi inexistentes y los niños enfrentan mayores riesgos de infecciones respiratorias, sarampión y diarrea. Las comunidades también encuentran importantes barreras para acceder a la atención médica: no hay servicios médicos regulares en los refugios y las familias deben pagar de su bolsillo para acceder a atención en la ciudad. Además, los miembros de la comunidad reportaron altos niveles de estrés vinculados al desplazamiento, la pérdida de ingresos y perspectivas inciertas.


El miedo y la incertidumbre implacables de la deportación

El impacto psicológico es inmenso, con crisis de salud mental que empeoran a medida que las personas refugiadas son acosadas por la incertidumbre sobre su futuro y la experiencia traumática de verse obligadas a dejar atrás sus hogares y medios de vida. El acoso, las detenciones arbitrarias y las separaciones familiares agravan su sufrimiento. “Trabajamos con el gobierno anterior de Afganistán como policías y militares”, comparte un refugiado afgano, a quien las autoridades han detenido varias veces para preguntarle su nombre. “Ahora tengo miedo de que el gobierno de Pakistán me arreste. Si regreso a Afganistán, me matarán”.

Junto con las deportaciones indiscriminadas, las familias también viven con el estómago vacío por el miedo a ser arrestadas si salen a buscar comida o trabajo. “Con
frecuencia no puedo comprar comida para mi familia. A menudo nos vamos a dormir con hambre”, comparte otro refugiado afgano. “La última vez no tenía comida en casa. Un vecino fue al mercado y me compró comida. Pasa de vez en cuando que mis hijos y yo no tenemos qué comer por la noche”.

Por un lado, las personas refugiadas afganas sufren barreras para acceder a la atención médica en Pakistán, y por otro, la falta de un sistema de salud adecuado en Afganistán, particularmente para las mujeres, solo empeora su situación. “Mi esposa sufre de hipertensión. Me quedé en shock cuando escuché sobre este proceso de repatriación para las personas refugiadas afganas. Pensaba en mi esposa embarazada y en mis hijos”, comparte otro refugiado afgano. Había llegado a Pakistán hace 35 años debido a las guerras y se había establecido allí. Cuatro de sus hijos murieron por abortos espontáneos, y su esposa tiene ahora seis meses de embarazo.

Durante décadas, Pakistán ha brindado refugio a millones de afganos que huían del conflicto y la persecución. Muchos no han conocido otro hogar. Su retorno no debe ser forzado ni apresurado, sino llevado a cabo únicamente de manera voluntaria, segura y digna, con tiempo suficiente y la posibilidad de llevar sus bienes para que las familias puedan reconstruir sus vidas con dignidad.

“Hay vidas en juego. Las familias afganas están siendo obligadas a elegir entre vivir con el miedo a la deportación y el peligro al regresar. Pakistán debe garantizar que nadie sea obligado a volver a situaciones de daño, y la comunidad internacional debe aumentar urgentemente el apoyo humanitario y de protección”, afirma Xu Weibing, Jefe de Misión de MSF en Pakistán. “Movilizar ayuda humanitaria es fundamental para brindar alivio inmediato a las personas refugiadas afganas que viven en comunidades locales y a quienes están siendo deportados, garantizando que tengan acceso a alimentos, refugio y servicios esenciales. En paralelo, debe abordarse el tema de los retornos forzados, con un enfoque en la reubicación segura en terceros países y la protección de los grupos vulnerables frente a nuevos daños. La seguridad, la dignidad y la humanidad no son opcionales”.
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