Siria: “Había cuerpos por todas partes: en las mesas, en los pasillos, en el suelo.”

Un director de un hospital apoyado por MSF describe el horror ante los bombardeos en el noroeste de Siria.

En la tarde del pasado jueves 5 de junio un terrible ataque con misiles devastó el centro de una ciudad situada en la provincia de Idlib, en Siria. De golpe empezaron a llegar heridos a un pequeño hospital apoyado por Médicos Sin Fronteras (MSF). Inmediatamente, los equipos de MSF empezaron a poner en marcha  todo lo necesario para reabastecer al centro con todos los materiales esenciales para el funcionamiento del hospital. El director del hospital, que pide permanecer en el anonimato por razones de seguridad, describe la situación.
Los aviones revolotean en círculos sobre nuestras cabezas. Parecían esperarnos. ¿Llegaremos nosotros también a ser víctimas? ¿Nos hemos convertido en un número más a la hora de sumar afectados por la guerra?
 
De pronto, sobre las tres de la tarde, oímos un ruido ensordecedor: eran tres bombas que acababan de explotar en un pueblo cercano. La gente estaba abrumada. Las personas de ese pueblo ya convivían con otras personas desplazadas, procedentes de otras zonas de Siria. Casas, edificios enteros, tiendas: en pocos minutos todo se derrumbó y se transformó en escombros.
 
Además, de repente, en el suelo había cuerpos destrozados, carne por todas partes. Una masacre. Una carnicería. Era la destrucción total, algo muy difícil de describir. Hubo un ataque de histeria colectivo: primero entre las familias, buscando desesperadamente  a sus seres queridos, después los vecinos buscaban a sus vecinos, y luego se extendió a nosotros, el personal médico.
 
Solo unos pocos minutos después del primer impacto llegaron los cinco primeros heridos a nuestro pequeño hospital de 12 camas y un solo quirófano. En lugar de las llamadas a la oración procedentes de las mezquitas, lo que oíamos eran gritos y súplicas de ayuda. La gente nos imploraba que les ayudáramos a desenterrar a los heridos y a los muertos atrapados bajo los escombros.
 
 
El flujo de heridos no se detenía. El hospital se llenó en un momento. Había cuerpos por todas partes. En las mesas, en los pasillos, en el suelo. Esto estaba lleno de sangre. El personal médico y los voluntarios se abrieron paso entre los heridos, haciendo lo que podían. En las primeras horas tras los ataques recibimos más de 100 heridos, muchos de ellos niños. Solo pudimos tratar 80 pacientes, y tuvimos que rechazar 50.  No teníamos capacidad para tratarlos.
 
Solo pudimos proporcionar tratamiento para los heridos por metralla, casos ortopédicos y amputaciones, pero no pudimos atender a las personas con complicaciones neurológicas o vasculares: no tenemos los recursos ni el personal médico especializado -como los neurocirujanos- para ello, ya que estos son los únicos capaces de atender este tipo de necesidades. El hecho de tener que dejar de lado y no poder atender a algunos heridos agregó más presión –más si cabe- a nuestro equipo médico.
 
Una madre vino a buscar a su hijo. Hemos sido capaces de identificarlo  por su descripción, pero sabíamos que había perdido la vida. Ella se derrumbó entre lágrimas y se negó a identificar el cuerpo. Yo solo tenía una opción; le entregué la camisa del pequeño. Esta tragedia sucedió en breves segundos, mientras estaba ayudando a mis compañeros a hacer el triage de los heridos, para ser capaces de tratar primero a los heridos en estado más crítico.
 
Había sangre por todas partes y, a su vez, nos estábamos quedando sin bolsas de sangre. Hombres y mujeres donaron su propia sangre a los extraños. Con la caída de la noche se hizo imposible encontrar personas con vida bajo los escombros, pero en los próximos días vamos a seguir buscando cuerpos. Como equipo médico, la única opción que nos queda es reponer suministros, unir nuestras esperanzas y prepararnos para la próxima tragedia".
 
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