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16.12.2020

El 2020 ha sido considerado como un año histórico para Afganistán. En febrero, 20 años después de la invasión liderada por Estados Unidos, éste país firmó un acuerdo con el Emirato Islámico de Afganistán, también conocido como el Talibán, para allanar el camino hacia una retirada de las tropas estadounidenses basada en ciertas condiciones. En septiembre, en Doha,  comenzaron las conversaciones entre el Talibán y el gobierno afgano.

En 2020, también se cumplieron 40 años del comienzo del trabajo de MSF en el país, y lo que estamos presenciando demuestra que nuestros y nuestras pacientes aún no han visto mejoras tangibles en el acceso a la atención médica.

No tienen más remedio que seguir realizando peligrosos viajes para acceder a la atención que necesitan. Estos desafíos, además, los enfrentan en medio de una segunda ola de COVID-19 y las consecuencias que pronto se sentirán de una reducción de la financiación de los donantes a un país con necesidades humanitarias cada vez mayores.

A continuación, brindamos algo de contexto de las situaciones a las que nuestros y nuestras pacientes se siguen enfrentando cuando intentan acceder a la atención médica y lo que nuestros equipos presencian cuando estas personas logran acceder a ella.

 

Ciudad de Lashkar Gah, provincia de Helmand

Safia tenía siete meses de embarazo cuando una bala perdida atravesó su cuerpo mientras ella se encontraba fuera de su casa. Después de viajar durante horas para llegar al primer centro de salud disponible, tomando una ruta más larga de lo habitual para evitar los enfrentamientos, terminó en el hospital provincial de Boost, apoyado por MSF en la ciudad de Lashkar Gah, capital de la provincia de Helmand.

El hospital de traumatología con capacidad de 100 camas estaba abrumado por las personas heridas que llegaron dentro de las 24 horas posteriores a la intensificación de los combates, y mientras nuestros equipos se preparaban para actuar como una instalación en desbordamiento, nos encontramos con Safia. Ella se sometió a una cesárea que le salvó la vida, pero a pesar de todos los esfuerzos, el bebé que había esperado cuatro años para concebir no sobrevivió. Su hijo había sido asesinado a tiros mientras estaba en su útero.

“Me senté con Safia esta mañana”, relata Marianna Cortesi, la coordinadora del hospital de MSF. “Su fuerza y resiliencia aún estaban presentes, pero el dolor que mostraba mientras estaba en la sala todavía me consume. Mientras estuvo en el útero de su madre, y posteriormente en su tumba, su primogénito no conoció la paz".

MSF ha trabajado en el hospital provincial de Boost desde 2009, y la escalada de violencia del pasado octubre fue de una intensidad que no se veía desde 2016. En solo una semana, mientras solo respondían al desbordamiento de personas heridas, nuestros equipos trataron a 62 pacientes con heridas de bala, heridas de metralla debido a bombardeos y heridas por bombas y artefactos explosivos improvisados.

No nos preocupábamos solo por las personas heridas. Cada semana durante ese mismo periodo de tiempo, el número de pacientes que entraron a triaje en la sala de urgencias se redujo en 700, y las admisiones generales se redujeron en alrededor de 100. Esto indicaba que las personas con lesiones o enfermedades potencialmente mortales, pero no relacionadas con el conflicto, no podían llegar al hospital debido a la inseguridad en las carreteras.

 

Ciudad de Kandahar, provincia de Kandahar

Murad Khan es un paciente del proyecto que MSF gestiona atender casos de tuberculosis (TB) en Kandahar. Nos dijo que un camino que solía tomar para llegar a recoger sus medicamentos ya no era seguro. A menudo, mientras viajaba de una provincia a otra para llegar al centro de tratamiento de TB, tenía que esperar hasta cinco horas para que los combates amainaran antes de continuar su viaje. Viajó con cuatro de sus hijos que también tienen tuberculosis.

Ya sea que las personas reciban una vacuna o se les diagnostique TB, el resultado es el mismo sin un centro de salud donde se les pueda atender. Otras no pueden acceder a los servicios limitados que están disponibles debido a la inseguridad, al costo o al hecho de llegar a una instalación que es incapaz de tratar su condición. Para las mujeres afganas, acceder a la atención médica es un desafío aún mayor, pues un cuidador masculino debe se capaz de acompañarlas y estar dispuesto a hacerlo.

 

Provincia de Khost

Shamila, de 31 años y madre de seis hijos, llegó al hospital de maternidad de MSF en la ciudad de Khost en noviembre. Para el nacimiento de cuatro de sus hijos, los problemas familiares le impidieron acudir al hospital, pero logró convencer a sus parientes varones para que la llevaran al hospital de MSF para el nacimiento de sus dos últimos bebés, pues se sentía increíblemente débil.

Cuando comenzó a tener contracciones al final de su embarazo más reciente, nuevamente pidió a los hombres de su familia que la llevaran al hospital. Era de noche y dijeron que no, señalando que serían atacados en el camino. Le dijeron que tendría que tolerar el dolor hasta la mañana. Al día siguiente, cuando se dirigían al hospital de maternidad, Shamila perdió a su bebé.

 

Ciudad de Herat

Qamar Gull lleva tres años viviendo en un campo para personas internamente desplazadas en Herat, en el oeste de Afganistán. Llegó desde su provincia natal, Faryab, después de que fuera atacado el puesto de control al que estaba asignado su marido. Desde entonces no ha sabido nada de él y se pregunta si aún está vivo.

En diciembre de 2018, MSF estableció lo que originalmente estaba destinado a ser solo una "clínica de invierno" para brindar atención médica a niños y niñas que se encontraban entre las personas recientemente desplazadas que buscaban refugio en Herat.

A medida que el número de personas y las necesidades de salud en los campos crecía y otras organizaciones se iban, nuestra clínica continuó siendo la única en el área.

A pesar de las prolongadas dificultades que supone vivir en un asentamiento informal concebido como una solución temporal, Qamar Gull todavía no siente que sea seguro volver a casa con sus hijas.

 

Ataques a la atención médica

Viajar a centros de salud en Afganistán es arriesgado, pero llegar a uno tampoco garantiza la seguridad de nuestros pacientes. Nuestro personal y pacientes experimentaron dolorosamente esta realidad en la mañana del 12 de mayo, cuando hombres armados irrumpieron el departamento de maternidad del hospital Dasht-e-Barchi gestionada por MSF y con capacidad de 100 camas en el oeste de Kabul.

Los atacantes asesinaron sistemáticamente a 16 madres mientras ellas estaban en sus camas, incluyendo a cinco que estaban a punto de dar a luz, a nuestra colega partera Maryam, a dos niños presentes para una vacunación de rutina y otras seis personas.

Este brutal ataque tuvo lugar cinco años después de que un ataque aéreo estadounidense destruyera el centro de trauma de MSF en Kunduz, matando a 24 pacientes, 14 integrantes del personal y a cuatro cuidadores de pacientes.

Afganistán continúa presenciando ataques contra instalaciones médicas: la Organización Mundial de la Salud reportó 67 incidentes entre enero y octubre de 2020. La violencia indiscriminada sigue siendo la principal causante de víctimas civiles; y las actividades cotidianas, como el viajar hacia y desde los centros de salud, ponen a las personas en un grave riesgo de sufrir lesiones o morir. Las carreteras a menudo son intransitables debido a los combates activos o están llenas de artefactos explosivos improvisados.

El acceso a la atención médica es una de las necesidades humanitarias más urgentes en Afganistán, pero nos preocupa que los pacientes queden atrapados en medio del conflicto en curso mientras intentan llegar a las instalaciones médicas. También observamos una discrepancia entre la narrativa oficial sobre las ganancias apoyadas internacionalmente en el sistema de salud pública y la realidad sobre el terreno.