03.06.2016
Las llamadas “poblaciones clave”, como las trabajadoras sexuales y los hombres que mantienen relaciones sexuales con otros hombres, corren un mayor riesgo de contraer VIH  y tienen un menor acceso al tratamiento con medicamentos antiretrovirales (ARV) debido al estigma y la discriminación a la que se enfrentan; al igual que, en muchos casos, su estatus legal y gran movilidad.
 
Los nuevos medicamentos para prevenir que las personas VIH negativas contraigan el virus (profilaxis previa a la exposición o PreP) son una prometedora herramienta para reducir el avance de la pandemia de VIH, pero su acceso sigue siendo limitado en las áreas más afectadas del sur de África. Para poder encontrar formas innovadoras de incrementar el acceso a medicamentos ARV y una mayor adherencia al tratamiento y a la PreP para poblaciones clave, MSF lanzó un ambicioso proyecto llamado “Corredor” en enero de 2014, que abarca Mozambique y Malawi, y se extendió recientemente hacia Zimbabue.
  
 
Nota: los nombres de las trabajadoras sexuales fueron cambiados. 
 
Mary es de Zimbabue pero vive en Beira, Mozambique. La mañana en que nos conocimos, ella estaba sentada en el piso de cemento fuera de la casa de huéspedes en donde convive con una docena de trabajadoras sexuales de Zimbabue. Su brazo estaba enyesado. “¿Quién te hizo eso?, pregunta Edna, una promotora de la salud de MSF. Mary se encoge de brazos. “Mi novio. Nos peleamos.” “Sabes que deberías ir a la policía, ¿verdad? Él no puede hacerte eso. Es una cuestión de derechos humanos.” Otro encogimiento de hombros por parte de Mary. “Ya veremos”.
 
Beira es una ciudad portuaria muy ocupada, un paradero de principio y fin de ruta para los camioneros que distribuyen mercancías por todo el sur de África. Para las mujeres, aquí es donde está el dinero. No en sus aldeas de la empobrecida Zimbabue. Aunque “dinero” es una definición muy vaga: cuando el coito tiene un precio de apenas 50 meticais (1 dólar estadounidense), se necesitan muchos clientes para poder enviar dinero a sus familias. “Es puro negocio, como sabes, no hay tiempo para el romance. El hombre necesita estar listo desde el principio. Si no termina rápido, él paga más o le va mal,” explica Edna. 
 
Es de noche, y estamos viajando a través de los puntos clave de Beira. El primer vecindario luce bastante peculiar en la oscuridad: unas cuantas tiendas de láminas de hierro corrugado, plantadas en la arena, modestamente de pie bajo los altos cocoteros. “Principalmente, son las chicas mozambiqueñas quienes trabajan aquí”, explica Sandrine Leymarie, oficial de apoyo a los pacientes de MSF.
 
Señala hacia un cuarto abierto detrás de la tienda, con el piso sucio. Es el lugar en el que se realizan las transacciones sexuales, la cruda realidad detrás de la aparente postal. Hacia el centro de la ciudad, en la Avenida Robert Mugabe, grupos de mujeres con faldas cortas y blusas abiertas esperan a sus clientes. Son, en su mayoría, de Zimbabue. Una encuesta realizada en 2012 contabilizó a 714 trabajadoras sexuales profesionales en Beira, es decir, mujeres que tienen más de siete clientes por mes. 
 
 

Durante los primeros 18 meses de actividades, el proyecto de MSF en la ciudad había captado a 600 trabajadoras sexuales (90% del número que arrojó la encuesta), gracias a un equipo de promotores que se comprometió a dar asesoramiento a grupos de hasta 50 trabajadoras sexuales. Sin embargo, si sumamos a estas cifras aquellas que corresponden a trabajadoras ocasionales, es probable que el número de trabajadoras sexuales en Beira aumente hasta 7,000.

Es lunes, una noche tranquila, pero aun así, el negocio del sexo está en todos lados. Sin embargo, no hay condones disponibles. Si MSF u otra ONG no los distribuyen de manera gratuita, las trabajadoras sexuales necesitan gastar el dinero que ganan con sus clientes para comprar lo que es su única protección contra el VIH. No es de extrañarse, entonces, que el virus pueda circular tan libremente: 30% de las mujeres encuestadas por MSF que eran VIH negativo hace un año, contrajeron el virus en un lapso de 12 meses, la tasa más elevada de seropositividad registrada en el proyecto de Beira. 
 
La escasez de condones gratis, y la dificultad de imponer su uso a un cliente, son algunos de los tantos obstáculos que tienen las mujeres con alto riesgo de contagio para acceder a una protección contra el VIH. La gran cantidad de trabajadoras sexuales de Zimbabue son especialmente reticentes a ir a las clínicas, pues saben que la mayoría de los trabajadores sanitarios del lugar podrán inferir cuál es su profesión y tendrán que enfrentarse al estigma y la discriminación.
 
 
Tampoco tienen acceso a medicamentos profilácticos post- exposición, que previenen que contraigan VIH después de mantener relaciones sin protección. Por esta razón Gloria, una mujer de Zimbabue que vive con VIH desde hace 10 años, viaja regularmente a su hogar o pide que le traigan sus medicamentos ARV a Beira. Ella está orgullosa de tener supresión viral y, por tanto, su bebé de 8 meses es VIH negativo. Pero esta situación no es la misma para las cientos de mujeres extranjeras que necesitan protección contra el VIH. “Entonces, ¿debemos tratar primero a un sistema de salud enfermo?”, pregunta Christophe Cristin, coordinador de terreno de MSF en Beira. 
 
Hay un gran consenso entre quienes deciden sobre las políticas de VIH y los donadores sobre el hecho que los grupos que se encuentran en mayor riesgo deben ser una meta de los proyectos más ambiciosos contra el VIH, puesto que son clave para controlar la epidemia. No sólo es una cuestión de promover el uso del condón, sino también de incrementar la baja cobertura de medicamentos ARV, como tratamiento efectivo que reduce dramáticamente el riesgo de transmitir el virus a otros. Pero “¿cómo hacerlo?” sigue siendo una pregunta sin respuesta. 
 
Con el proyecto “Corredor”, MSF está probando distintas maneras para aumentar el acceso y mejorar la adherencia al tratamiento. Entre Mozambique y Malawi, los proyectos de MSF cubren el tratamiento de alrededor de 3,800 trabajadoras sexuales y 4,500 conductores de camiones (muchos de ellos son clientes). MSF también ha comenzado a trabajar con hombres que mantienen relaciones sexuales con otros hombres, un grupo al que es extremadamente difícil de acceder debido a la intensa discriminación y criminalización hacia su forma de vida en Malawi y, hasta hace poco, en Mozambique. El objetivo es llegar a 200 de ellos para ofrecerles tratamiento oportuno y garantizarles atención adecuada. “Nuestro sueño es encontrar una forma de asegurar la continuidad de la atención médica de estos grupos vulnerables y nómadas”, explica Marc Biot, coordinador de operaciones de MSF para el sur de África. 
 
 
El primer obstáculo a superar fue lograr que los propios equipos locales aceptaran trabajar con poblaciones tan estigmatizadas. En Beira, MSF hizo un gran avance al emplear como promotores de la salud a nueve trabajadoras sexuales y a dos hombres de Lambda, la única asociación mozambiqueña para hombres que mantienen relaciones sexuales con otros hombres. Igualmente, fue un gran reto ganarse la confianza de estos pacientes, que tristemente están acostumbrados al estigma y la discriminación, y desconfían de los actores externos. 
 
“Es difícil, ¿sabes? Al principio, recibes muchos insultos. Las mujeres me hablaban a las 4 de la mañana con preguntas, y se quejaban con mi jefe si no contestaba el teléfono. Pero ahora tengo mis técnicas, sé cómo lidiar con ellas y ahora la situación es mejor. Nos necesitan, ¿sabes?”, dice Patty Marume, consejera de MSF en Beira.
Llegar a las poblaciones más vulnerables requiere una considerable inversión de tiempo y recursos humanos. Quién mejor que un promotor de la salud -que es o fue un trabajador sexual activo-, podría entender de qué contextos vienen, y hacer dramatizaciones en el medio de la calle para demostrar la forma en la que se debe colocar un condón femenino, mientras se escuchan las risas de quienes se están preparando para una noche difícil con 20 clientes.
 
“Estoy orgullosa de trabajar como promotora de la salud: siento que soy un buen ejemplo para las demás trabajadoras sexuales,” dice Cecilia Mondar Khanje, promotora de la salud de MSF en Zalewa, Malawi. “Siempre estoy feliz de ayudar a esta gente porque soy parte de ellos, calzo sus zapatos. Las chicas me conocen, y me ven junto a ellas día con día, y como resultado confían más en mí que en cualquier otra persona. ¡Y es muy difícil ganarse su confianza!”