18.07.2019
Miles de personas se han desplazado de un lado a otro de manera constante entre las áreas de Gedeo y Guji en el sur de Etiopía durante los últimos 15 meses, después del estallido de violencia étnica en abril de 2018 y de los esfuerzos constantes de las autoridades para reubicarlos. Los campos donde se alojaban ahora han sido cerrados, pero muchas personas no pueden regresar a sus hogares y permanecen desplazadas en las comunidades de acogida o en sus áreas de origen. La mayoría sobrevive en condiciones difíciles con poca asistencia humanitaria, luchando para proteger a sus hijos de la desnutrición y otras enfermedades.
 
Durante los últimos 15 meses, Desalegn, su esposa y sus cinco hijos han vivido en una docena de lugares diferentes. Después de que incendiaran su casa en Guji Occidental, buscaron refugio con uno de sus vecinos. Cuando el vecino les pidió que se fueran, se mudaron con unos parientes de Desalegn, pero no pasó mucho tiempo antes de que tuvieran que volver a desplazarse.
 
Fueron a un lugar para personas desplazadas, después a un edificio en ruinas, y más tarde a una escuela. Solo se quedaban unos pocos días en cada lugar. Finalmente, decidieron dejar Guji Occidental, en la región de Oromía en Etiopía, para irse hacia Gedeo en la Región de las Naciones, Nacionalidades y Pueblos del Sur (SNNPR), de donde vienen los ancestros de Desalegn. Una vez allí, continuaron moviéndose de un sitio a otro, tratando de encontrar un lugar adecuado para instalarse.
 

Crisis de desplazamiento masivo.

El largo camino de Desalegn y su familia tuvo lugar entre abril y agosto de 2018, cinco meses en los cuales un estallido de violencia étnica en el sur de Etiopía obligó a cientos de miles de personas a abandonar sus hogares. En el punto más alto de la crisis, hasta un millón de personas fueron desplazadas, según cifras oficiales.
 
 
 
En agosto del año pasado, Desalegn decidió regresar a su hogar en el distrito Kercha, donde hace tiempo había regentado una finca con árboles frutales y verduras, y donde la familia había tenido una vida cómoda. "Lo teníamos todo: naranjas, limas, aguacates, falsas bananas y mangos", dice Desalegn. "También producíamos mucho café todos los años y vendía mis productos en el mercado".
 
Desalegn construyó un refugio en las ruinas de su finca, pero poco después de terminarlo, también lo quemaron. La familia se fue de nuevo a Gedeo, donde actualmente viven en una pequeña choza de madera alquilada a un pariente en el municipio de Banko Gotiti. Después de un año de desplazamiento casi continuo, se sienten aliviados de haber encontrado un lugar en el que asentarse por ahora, aunque sea precario.
 
"Pagamos un alquiler de 100 birrs etíopes (unos tres euros) por mes para esta casa", dice Desalegn. "No estamos recibiendo ninguna asistencia [humanitaria] en estos días. Algunas veces consigo un trabajo como jornalero, pero lo que gano no es suficiente para mantener a toda la familia. No tenemos suficiente comida para todos".
 

Altas tasas de desnutrición

Los niños de Desalegn, de entre 1 y 11 años, están todos sanos por el momento. Pero muchos tienen una historia diferente. Las tasas de desnutrición han sido altas desde que comenzó la crisis. Entre julio y diciembre de 2018, Médicos Sin Fronteras (MSF) trató a más de 6.000 niños desnutridos en el marco de una intervención de emergencia más amplia. Cuando los equipos de MSF llegaron de nuevo a Gedeo en abril de 2019 tras un enorme deterioro de la situación humanitaria, sus evaluaciones mostraron que las tasas de desnutrición aguda severa entre los niños menores de cinco años y las mujeres embarazadas y lactantes estaban muy por encima del umbral de emergencia.
 
 
En los primeros días de esta nueva respuesta de emergencia, cada semana al menos un niño llegó muerto a los centros de salud que reciben apoyo de MSF en Gotiti y Gedeb. Este año, la gravedad de las condiciones de los pacientes ha sido mayor en comparación a la del año pasado. Desde abril de 2019, MSF ha inscrito a unos 2.340 niños en programas nutricionales ambulatorios y ha tratado a 560 niños que sufren de desnutrición aguda severa con complicaciones en centros nutricionales intensivos.
 

Campos derribados

En mayo de 2019, las autoridades etíopes destruyeron los campos para personas desplazadas para impulsar un tercer plan para devolverlos a sus áreas de origen. Si bien muchos han regresado, la salud de los retornados y de los que se quedaron en Gedeo sigue en riesgo. Los equipos de MSF en Gedeo continúan atendiendo a un gran número de pacientes, incluidos algunos que vienen desde Guji principalmente para tratar a sus niños desnutridos.
 

 

Pobres condiciones de vida

"Desde que los campos fueron desmantelados, no ha habido un gran cambio en las condiciones médicas de los pacientes que vemos en Gedeo", dice Caroline Harvey, responsable médico de MSF. “Tratamos principalmente diarreas, infecciones respiratorias, algunos casos de meningitis y muchas enfermedades de la piel, todo relacionado con las malas condiciones de vida de las personas. "Pese a no estar ya en los campos, los que optaron por permanecer en Gedeo siguen viviendo en condiciones muy malas, ya sea que hayan alquilado refugios, comprado tierras, estén en iglesias o escuelas o con familiares".
 
Aunque la atención médica que proporciona MSF es gratuita, visitar a un médico en Etiopía generalmente cuesta dinero, lo que disuade a muchos padres de llevar a sus niños con desnutrición o enfermos a instalaciones de salud hasta que están en una situación crítica. En algunos lugares, el tratamiento de la desnutrición no va más allá de la distribución de Plumpy’Nut (una pasta a base de cacahuete con alto contenido calórico), por lo que a menudo los niños no son remitidos a tratamientos especializados a tiempo.
 
 

Asistencia humanitaria limitada

Para algunos, los sucesos del año pasado han traído retos adicionales. Simein, una mujer de 26 años del distrito de Kercha, no solo tiene que cuidar a sus tres hijos pequeños, sino también a los dos hijos de su hermana, que murió hace unos meses. Aguarda sentada en una sala de espera del hospital en Gedeb, donde su sobrino de dos años ha sido admitido para un tratamiento de desnutrición. 
 
"Tengo todos estos niños conmigo. Me preocupa cómo sacarlos adelante, ya que no tengo recursos", dice Simein. Durante la crisis, trabajó un tiempo como promotora comunitaria y logró ahorrar un poco de dinero, pero ahora sus ahorros se han agotado. La historia de Simein es similar a la de Desalegn: una de constante movimiento de un lugar a otro durante los últimos 15 meses.
 
"Esta última vez, cuando el Gobierno anunció el plan de retorno [en mayo de 2019], decidimos unirnos a los demás y regresar también", explica Simein. “Las autoridades en Guji nos dieron mantas y lonas de plástico, y comenzamos a construir un refugio temporal en nuestra tierra. Prometieron que nos proporcionarían más asistencia, algunos artículos esenciales y alimentos. Construimos el refugio y esperamos esa ayuda extra, pero nunca llegó”.
 
Mientras esperaban, Simein y su familia recibieron amenazas y su refugio fue destruido, obligándolos a volver a la carretera. Tras dos semanas fuera, la familia regresó a Gedeo.
 

Nueva vida, nuevas esperanzas.

No todos los retornados afrontan las mismas dificultades. Algunos han logrado dejar atrás al fantasma del conflicto que los arrancó de su hogar y han conseguido reiniciar sus vidas. Es el caso de Bekele, sus tres esposas y 15 hijos. El año pasado buscaron seguridad en Guji después de huir de las tensiones intercomunitarias en Gedeo, pero ahora están de vuelta en su hogar, que se había salvado de la violencia y se mantenía en pie.
 
"Después de dejar nuestra propiedad, cada momento fue un reto y no tuvimos ningún consuelo ni dinero", recuerda Bekele. “Mis hijos enfermaban a menudo; no tenían ropa. Volvimos aquí de forma permanente el pasado mayo. Todos mis vecinos han vuelto también".
 
Bekele confía en que los malos tiempos hayan terminado. "Ahora hay paz y, si la situación continúa así, no debería haber violencia de nuevo", asegura. "Ya no hay problemas con los habitantes de Gedeo y nos comunicamos bien entre nosotros. Ahora he vuelto a plantar maíz y estoy esperando que la nueva cosecha crezca".
 
Bekele y su familia son afortunados y miran hacia el futuro. Pero para muchos otros, todavía hay un largo camino por recorrer.