18.07.2018

Hellen, 30 años de edad. Refugiada eritrea y trabajadora social de MSF en el campo de refugiados Hitsats

Llegué a Etiopía hace 11 meses. Traté de abandonar el país legalmente, pero me negaron el permiso.

Tenía una bonita vida en Eritrea. Fui lo suficientemente afortunada de hacer un servicio militar corto en comparación con el de otras personas. Me reclutaron para servir sólo por un año y ocho meses. Una vez que lo cumplí, me dieron un trabajo como oficial de documentación en el Ministerio de Justica. Trabajé ahí por casi dos años. Entonces decidieron moverme de un sector a otro. Me dieron trabajo como oficial de turismo, después como cajera en una tienda y finalmente como mesera en un restaurante. El gobierno puede cambiarte de tu trabajo a otro de acuerdo con lo que piensan que el país necesita en ese momento.

Durante todo ese tiempo, ganaba suficiente dinero para proveer para mi hijo y para mí. Era madre soltera así que me consideraba muy afortunada. Pero un día me enamoré de un hombre musulmán. Realmente me entendía y nos amábamos el uno al otro. Pronto quedé embarazada de mi segundo hijo. El problema era que los miembros de nuestras familias y comunidades no aceptaron ver a una cristiana y a un musulmán como pareja. Fuimos víctimas de muchos estigmas y prejuicios. Mi familia condenó mi elección y mis compañeros de trabajo comenzaron a hostigarme. Me sentía muy aislada, caí en depresión y empecé a tener un mal desempeño en el trabajo. El hecho de que estuviera embarazada no ayudaba y temía por la salud del niño que llevaba en mi vientre.

Fue en ese entonces cuando decidí dejar el país. Al principio, traté de hacerlo legalmente, pidiendo permiso para ir a Etiopía. Desde que terminé mi servicio militar tenía pasaporte válido, pero no me permitieron ir debido a mi primer hijo, que en ese tiempo tenía nueve años. En Eritrea, los niños mayores de cinco años no pueden abandonar el país hasta que hagan el servicio militar.

La situación en casa iba de mal en peor. Sentí que necesitaba escapar, sin importar si era de forma legal o ilegal. Esperé hasta que mi bebé naciera y entonces me fui lo más lejos que pude dentro de Eritrea. Vendí todo mi oro y joyas y le pagué a traficantes para llevarnos a Sudán. No teníamos suficiente dinero para que mi pareja nos acompañara. Él se quedó atrás.

Durante el viaje de Eritrea a Sudán, mi bebé enfermó. Una vez que llegamos a Sudán, los traficantes nos dejaron en un almacén. Decidí salir y buscar atención médica, aunque estuviera asustada de que las personas nos vieran, nos reportaran a la policía y nos regresaran a Eritrea. Hablo muy bien árabe, así que le pregunté a un hombre si podía darme la dirección del doctor más cercano. Se veía muy amable y se ofreció a enseñarme dónde estaba la clínica. Nos llevó hasta un edificio y me dijo que la oficina del doctor estaba adentro. No lucía como un consultorio u hospital, pero me convenció de entrar. Después de entrar, me atacó y violó brutalmente frente de mis hijos. Ese fue mi primer día en Sudán.

El viaje fue complicado porque las heridas del ataque no me permitían moverme bien. Estuve muy deprimida y desarrollé severos dolores en la espalda y en una pierna. Mi salud se deterioró durante los cuatro meses que permanecí en Addis. Me desmayé en un par de ocasiones y el dolor empeoró. Las personas eritreas con las que me quedaba me llevaron al hospital, pero no estaba lista para hablar con un extraño sobre lo que había pasado. Así que tomé la decisión de solicitar el estatus de refugiada. Fui a las oficinas de ARRA (Administration for Refugee & Returnee Affairs/Administración para Asuntos de Refugiados y Repatriados) en Addis y me enviaron al centro de recepción Edabugna, al norte del país cerca de la frontera con Eritrea. Después del registro, fui transferida al campo de refugiados Hitsats.

Estaba en mal estado cuando llegué. No me sentía segura y constantemente volvía a experimentar lo que había sucedido en Sudán. Era incapaz de cuidar apropiadamente a mis hijos. Debido a todo esto ARRA me derivó al proyecto de salud mental de MSF. Era la primera vez que escuchaba de la organización, pero de todas formas fui para ver si podía conseguir ayuda. La primera sesión no salió muy bien. Estaba agitada y tenía miedo de que me expusieran al juicio público y me avergonzaran delante de todos por lo que me sucedió. Lo bueno es que me asignaron una enfermera psiquiatra y una asesora. No creo que hubiera sido capaz de hablar con un hombre. Esto lentamente me permitió recuperar la confianza. Aún así fue un proceso complicado, pero desarrollé una muy buena relación con la consejera. Las cosas comenzaron a mejorar, especialmente después de empezar a tomar medicamentos para mi depresión, los problemas para dormir y el dolor.

Ahora han pasado siete meses desde que asisto las sesiones, voy a una por semana. Mi vida ha mejorado muchísimo gracias a estos servicios, al punto donde puedo decir que siento muy bien. Como madre es terrible no ser capaz de cuidar a tus hijos. Ahora puedo estar ahí para ellos y me siento muy feliz. La asistencia a la salud mental es muy importante para las personas que han pasado por estas experiencias. MSF me devolvió mi vida. Estoy muy agradecida por esta nueva oportunidad de vivir.

Después de cuatro meses de asesoramiento, estaba casi libre de la mayoría de los síntomas que tenía. Me dije a mí misma que podía ayudar a otros y que mi experiencia ayudaría a relacionarme con ellos. Entonces fui con el supervisor de salud mental para preguntarle si había algo que pudiera hacer para ayudar. Así es como me convertí en trabajadora social del equipo de salud mental de MSF. En el futuro espero ser capaz de seguir ayudando a otros sobrevivientes de violencia, independientemente del lugar del mundo en que me encuentre.

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