21.10.2020

Ilina Angelova fue oficial de asuntos humanitarios de Médicos Sin Fronteras a bordo del barco de búsqueda y rescate Sea-Watch 4 durante agosto y septiembre. Escuchó numerosos relatos de las personas rescatadas sobre sus experiencias en sus países de origen, en sus viajes a través del Sahara, Libia y en el mar.

Patrick me contó cómo fue mantenido en cautiverio en Libia. Un día fue llevado por sus captores a trabajar en un complejo, propiedad del comandante de un grupo armado. El complejo estaba cerca de una gran carretera en el centro de la ciudad, escondido detrás de un alto muro de hormigón para que nadie pudiera saber lo que estaba pasando dentro. Patrick, junto con otras personas refugiadas y migrantes, fue obligado a trabajar en la casa del comandante. Había una regla: no se les permitía hablar, toser o hacer ningún tipo de ruido. Cualquiera que rompiera esta regla era fusilado.

De los muchos relatos que las personas compartían conmigo, este es el que más me cuesta olvidar. Puedo imaginar la carretera transitada y la ciudad llena de vida, mientras que detrás de un alto e impenetrable muro un grupo de hombres sin voz y aterrorizados trabajan en completo silencio, escondidos del resto del mundo, temerosos de perder la vida en cualquier momento.

Escuchando su historia, puedo entender por qué se subió al endeble bote de goma en medio de la noche. Todo lo que quería era escapar, a cualquier costo, de cualquier manera posible; sin importar la probabilidad de volcar y ahogarse. El destino de las más de 473 personas que han perdido la vida en el Mediterráneo Central este año no fue suficiente para disuadirlo. Tampoco lo fue el hecho de que no supiera nadar.

 

 

Los rescates

Para las 354 personas que rescatamos, las horas y días que pasaron a merced de las olas, en barcos inestables y abarrotados, en el calor agotador del sol de agosto - y en las frías y oscuras horas de la noche - empujaron a muchas al límite.

La situación por la que pasaron era inmediatamente visible. Las personas llegaron a cubierta al final de sus fuerzas, luchando por mantenerse en pie o dar unos pequeños pasos. Con mareos y deshidratación, algunas se desplomaron inmediatamente por agotamiento y fueron incapaces de ponerse de pie, incluso durante varias horas les resultó imposible levantar una cucharada de arroz. Alrededor de 150 sobrevivientes soportaron tres días y noches en un bote de goma con el motor roto, sin comida ni agua. Muchos pasaron horas sentados en una peligrosa y corrosiva mezcla de gasolina y agua salada, que les causó severas y dolorosas quemaduras químicas en la piel.

La mayoría de las personas con las que hablé en estos primeros minutos ni siquiera podían recordar su edad o nacionalidad. Mientras les hacía la pregunta de nuevo, en otro idioma, a menudo me encontraba con una mirada de silencio aturdido que hablaba de su trauma más fuerte que las palabras.

Las historias

Las frenéticas horas de las operaciones de rescate acabaron cediendo, para ser sustituidas por otro conjunto de imperativos apremiantes: la distribución de alimentos, ropa y artículos de higiene, la prestación de atención médica para los casos que no fueran de emergencia y la evaluación de las vulnerabilidades y necesidades. A medida que las personas recuperaban fuerzas y se sentían lo suficientemente seguras para hacerlo, acudían a mí e insistían en que escuchara sus experiencias.

Conocí a un joven con metralla todavía en su cuerpo, resultado de una explosión en Trípoli que mató a su padre y a su hermana menor. Hablé con un adolescente cuyo pie estaba marcado con una herida de bala; le disparó un francotirador mientras caminaba para conseguir comida y luego se negó a recibir tratamiento en el hospital porque era un africano negro. Me senté con una madre demasiado asustada, que impedía que su pequeño hijo se alejara de ella unos pocos metros; había presenciado cómo hombres armados enterraban vivos en la arena a los bebés de otras mujeres.

John me dijo que un día estaba haciendo trabajos de construcción en una casa cuando accidentalmente rompió una ventana. El dueño de la casa llamó a su empleador y le pidió una indemnización de 500 dinares libios (aproximadamente 300 euros). El hombre escuchó la respuesta de su empleador: "Este africano no vale 500 dinares; haz lo que quieras con él". Y eso es lo que pasó. El propietario hizo otra llamada telefónica y, unas horas más tarde, el hombre fue encarcelado durante tres meses. Me dijo que lo golpeaban, torturaban y electrocutaban todos los días. Cuando me mostró uno de sus dedos, estaba completamente desfigurado por el abuso físico. Todo por una ventana rota.

La lista sigue y sigue. Excepto que es menos una lista y más un macabro catálogo de vergonzosos e inexcusables actos de brutalidad y discriminación. Cada cicatriz, cada mordedura de perro, cada miembro desfigurado e incapacitado sirve para trazar un mapa de los muchos puntos durante sus viajes en los que la humanidad ha sido asaltada. Estas son las historias de una devolución vida humana.

 

 

El juego de la espera

Esperamos que las autoridades asignaran un lugar seguro al Sea-Watch 4 durante 11 días. Fue devastador ver cómo el retraso deliberado para permitir el desembarco de las personas estaba causando un intenso e innecesario sufrimiento a quienes habíamos rescatado.

Después de una semana, una mujer vino a mí, angustiada. Me tomó las manos y me preguntó con voz suplicante y en pánico si íbamos a llevarlos de vuelta a Libia. El vacío en sus ojos, normalmente llenos de empatía y calidez, me dijo que en su mente estaba de vuelta allí, en el lugar del que había estado intentando huir. Todos los días, ella seguía haciéndome la misma pregunta, varias veces al día, con creciente urgencia y aprensión:

"Dime. ¡Dímelo! ¿Vas a llevarnos de vuelta?"

Algunos de los niños y adolescentes no acompañados perdieron su capacidad para dormir, lo que se desencadenó por la inquietud a bordo y la falta de perspectivas de una resolución rápida. Los más jóvenes perdieron el apetito y dejaron de comer, lo que empezó a ser motivo de preocupación para los médicos. El retraso estaba pasando factura.

Tan agotados y ansiosos como parecían en esos días difíciles, era conmovedor ver cómo estas personas mantenían su conducta educada y cuidadosa hacia la tripulación. La combinación de trabajo en cubierta durante las 24 horas del día con el calor abrasador y los agotadores turnos de guardia nocturna habían empezado a deslucir nuestros rostros de color, dejando un aspecto agotado que - incluso bajo las capas del equipo de protección personal (EPP) - era difícil de ocultar. Las personas rescatadas seguían ofreciéndose a ayudarnos con nuestras tareas en la cubierta, diciéndonos que descansáramos un poco, preguntándonos si estábamos bien. Antes de comer, muchos preguntaban primero si ya habíamos comido y nos invitaban repetidamente a compartir su comida.

Esos momentos de camaradería y solidaridad humana, y los numerosos gestos considerados y desinteresados, con los que las personas rescatadas se cuidaban entre sí - y a nosotros - restauraron el sentido de esperanza y desafío a bordo, incluso en los días más sombríos.

Diciendo adiós...

El undécimo día después del primer rescate, finalmente recibimos la noticia que trajo el tan necesitado consuelo y alivio: las autoridades italianas habían instruido al Sea-Watch 4 que fuer a Palermo en Sicilia, donde las personas serían trasladadas a un barco para pasar la cuarentena.

Empezaron a irse, uno por uno. Debido a las medidas de prevención de COVID-19, no pudimos abrazarles ni darles un apretón de manos, así que les saludamos con corazones de silueta hechos con nuestras manos y les dijimos adiós. Nos saludaron de vuelta mientras bajaban del barco y subían al ferry, habiendo llegado, después de meses y años de profunda adversidad, a Europa.

Reconozco el inconcebiblemente alto precio que pagaron para llegar a este lugar. Los meses o años de explotación, los padres, hijos y parientes perdidos en el camino, los amigos que fueron dejados atrás o que se ahogaron, y los momentos más oscuros donde estuvieron completamente abandonados, cuando se les negó compasión y asistencia.

Recuerdo todos los momentos con los rescatados con más gratitud y admiración por su resistencia, paciencia y amabilidad - a mí y a mis colegas - de lo que nunca pude expresar.

En los últimos minutos que pasamos juntos, hubo palabras finales de gratitud y aliento. Algunas personas nos pidieron que siguiéramos salvando vidas en el mar, para asegurarse de que nadie se quede atrás. Queríamos decir que lo haríamos, pero sabíamos que era una promesa que no podíamos mantener, que el destino de nuestro barco estaba previsto. Y que una vez que entráramos en Italia había pocas posibilidades de que se nos permitiera salir de nuevo.

Teníamos razón. Quince días después de que los rescatados desembarcaron, el Sea-Watch 4 fue puesto bajo un bloqueo administrativo. Los tecnicismos utilizados como motivo de detención sirvieron para dar un barniz de legalidad a la decisión políticamente motivada de bloquear al quinto activo salvavidas del Mediterráneo Central en los últimos cinco meses.

Mientras me siento aquí ahora, impedida de hacer mi trabajo en el mar, pienso en quienes no tuvimos y no tendremos, la oportunidad de rescatar. Pienso en lo que se necesita para arriesgar la vida por la oportunidad de una existencia segura, normal y digna. Pienso en estas personas que probablemente nunca conoceré y espero que también desafíen las probabilidades que Europa tiene en su contra y de alguna manera lleguen a un lugar seguro.

Recuerdo a todas esas personas que todavía están atrapadas en Libia, sostenidas detrás del alto e infranqueable muro que es ahora el Mediterráneo Central. Ocultas a la vista y obligadas a guardar un silencio absoluto -como los hombres del recinto de Patrick- decenas de miles de personas siguen soportando cada día una brutalidad, una crueldad y una injusticia inhumanas, mientras Europa cierra los oídos y mira hacia otro lado.

Los nombres han sido cambiados