23.07.2018
Alberto Macín es un psicólogo mexicano que trabaja con Médicos Sin Fronteras en el proyecto de Tierra Caliente región Norte y Centro, donde presta atención psicológica a víctimas de otras situaciones de violencia desde hace casi un año. En este texto nos comparte sus reflexiones sobre la dura realidad que se vive en las comunidades en las que trabajamos.
 
 
"La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que un índice de 10 o más homicidios por cada 100 000 habitantes es una característica de la violencia endémica. Esto significa que, en varias regiones de México, la violencia prácticamente ha alcanzado proporciones de epidemia.
 
En 2017, el año más violento en los últimos años de  este país, se registraron  30 mil homicidios, que equivalen a 82 personas asesinadas cada 24 horas. En el caso particular de Guerrero, la tasa de homicidios alcanzó  69  por cada 100 mil habitantes de acuerdo al Índice de Paz México 2018 (IPM), elaborado por el Instituto para la Economía y la Paz (IEP), esto significa que cada 24 horas 7 personas perdieron la vida. La violencia ha tomado las calles no solo de las ciudades más grandes de Guerrero como Acapulco, Chilpancingo e Iguala, sino que se expande como una verdadera epidemia endémica a comunidades de Chilapa, Heliodoro Castillo, San Miguel, Eduardo Neri, Zitlala, Teloloapan y, otros lugares más de las regiones de la  Montaña, la Sierra, Tierra Caliente y el  Centro del estado. 
 
Esta situación aunada a la  desigualdad social, la pobreza, la  falta de acceso a la educación y la salud son los factores que pueden llegar a considerar la violencia como un asunto de salud pública. 
 
Asimismo, es difícil encontrar el  origen de esa violencia colectiva, la cual parece que va perpetrándose de generación en generación. Posiblemente de forma aprendida y no contagiada. Nacer varón en esta zona del país puede llegar a ser un  factor de riesgo y a la vez un elemento de propagación de la violencia. Históricamente muchos han tenido que elegir entre formar parte de un grupo delictivo u otro; cosechar amapola para sobrevivir, ser “halcón”, sicario, líder de algún cártel o ser un testigo silencioso de todo lo que acontece.
 
Como trabajadores humanitarios de MSF en esta zona tan castigada de México, a menudo escuchamos historias de secuestro, desaparición, reclutamiento, mutilación, desplazamiento e incursiones  por parte de grupos armados a las comunidades. Los grupos armados entran a la fuerza a sus casas, en las escuelas, inclusive a la iglesias, lo que genera una tendencia de síntomas relacionados con la depresión, la ansiedad y el estrés y acaba impactando tanto en la salud de la propia persona como en el deterioro del tejido social. 
 
Nuestro objetivo como MSF es reducir la morbilidad y mortalidad en 11 comunidades cuyos servicios médicos se han visto afectados por la violencia y el conflicto territorial entre diferentes grupos criminales.
 
En 2017 proporcionamos 7,133 consultas médicas, 1,581 Sesiones de atención en salud mental y atendimos médica y psicológicamente a 71 supervivientes de violencia sexual, 52 de ellas por violación. Gracias a  nuestros principios de neutralidad, independencia e imparcialidad podemos  llegar a donde nadie puede más puede llegar."
 

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