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15.03.2016
Suar huyó del servicio militar en Siria y tomó el riesgo de ir hacia el Kurdistán iraquí en un viaje que involucró traficantes de personas, campos minados y la pérdida de sus posesiones más preciadas. 
 
Ahora se instaló en el campamento de Domeez, donde trabaja para Médicos Sin Fronteras (MSF) como enfermero. Suar es optimista acerca de las oportunidades que le brinda la vida como refugiado.
 
Las cosas en Daraa se estaban volviendo duras y no me gustó el giro que estaban tomando. A medida que los grupos rebeldes comenzaron a multiplicarse, cada vez más soldados fueron desplegados en peligrosos puestos de control; otros fueron enviados a casas de sospechosos, rompiendo puertas en el medio de la noche, sin importar si había o no mujeres en el lugar. 
 
Ellos se vieron involucrados en vergonzosos actos como robos, saqueos y acoso. No quería formar parte de esto. Armado con una identificación militar siria, y todavía sin documentos de identidad civil, comencé mi camino a Damasco.
 
Estaba aterrorizado de ser detenido por un grupo rebelde en uno de los muchos puestos de control a lo largo del camino y a ser reconocido como un soldado. Mi única esperanza era que no me pidieran en ningún momento mis documentos. Así que tomé un autobús que estaba repleto de pasajeros y recé porque me dieran un asiento al lado del conductor. 
 
Mi deseo se hizo realidad. Los oficiales de seguridad que comprueban los documentos asumieron que yo era el ayudante del conductor y siguieron adelante.
 
En Damasco, encontré una compañía de autobuses para organizar mi viaje al Kurdistán sirio. Les expliqué mi situación y el gerente organizó para que viaje con otros kurdos en un autobús que iba por caminos secundarios. 
 
El viaje duró 24 horas. Los conductores del autobús usaban teléfonos celulares para mantenerse informados entre sí acerca de los peligros a lo largo del camino y sugerirse rutas alternativas. Había una ventanilla secreta en la cual me podría haber escondido en caso de emergencia, pero tuvimos suerte y llegué a casa sin incidentes.
 
Pocos días después de llegar a casa, recibí una llamada de la base en la que me decían que el depósito había sido forzado, las armas robadas y que algunos soldados se habían unido a los rebeldes. Esa fue la gota que colmó el vaso. Sin interés de enfrentar la inevitable investigación, decidí que tomaría el riesgo.
 
Un tío me puso en contacto con algunos traficantes de personas. El día en que iba a salir, hubo un incidente y de repente se incrementó la seguridad en ambos lados de la frontera. Me escondí junto a otras seis personas en una casa durante días, esperando que la situación se calmara. En lo que concierne a todas las partes armadas, éramos combatientes en edad de servicio evadiendo nuestro deber. Desertores.
 
Eventualmente, hicimos un movimiento. Primero a un pueblo y luego a otro. Pagamos el equivalente a 500 dólares y fuimos escoltados a través de tres puestos de control. Luego nos dijeron que caminásemos solos la última milla en la oscuridad. 
 
De repente, fuimos descubiertos por tres hombres armados en motocicletas. Nos dijeron que nos detuviéramos y luego comenzaron a disparar. Me tiré al suelo, como me habían enseñado en el ejército y esperé. Mis amigos siguieron corriendo y casi los mataron. 
 
Cuando los disparos terminaron, me puse de pie pero olvidé recoger el bolso en donde tenía todas mis posesiones más valiosas: mis títulos de estudiante, una muda de ropa y un teléfono celular.
 
 
Llegamos a un puesto bajo control iraquí. Los iraquíes nos interrogaron, tomaron nuestros datos y nos pidieron que esperásemos mientras comprobaban la información con la sede en Bagdad. 
 
Pero un amable oficial se acercó y nos advirtió que corríamos el riesgo de ser deportados a Siria. Nos aconsejó que corriéramos hacia el puesto que se encontraba más adelante. Fue entonces cuando recordé mi bolso. 
 
Mi futuro dependía de los documentos que allí llevaba y no podía irme sin ellos. Mi amigo se ofreció a ir a buscar el bolso y se dirigió a un campo, sólo para descubrir que se trataba de un campo minado. Tuvimos que llamar al amable oficial nuevamente para que venga y lo rescatara.
 
Finalmente llegamos al puesto, aún sin mi bolso, y comenzamos el proceso de registro. Llamaron a alguien del lugar que accedió a ir a rescatar el bolso por mí- a un costo. Tuve que negociar duro, pero al final obtuve devuelta mis valiosas pertenencias.
 
Más tarde, ese mismo día, me crucé al Kurdistán iraquí. Mi ropa estaba hecha harapos, los cortes y las heridas que había sufrido tomaron dos meses en sanar, pero yo estaba a salvo y vivo.
 
Cuando llegué por primera vez al campamento de Domeez, había menos de 100 tiendas de campaña. Para entonces mi familia también se había unido y Domeez era el lugar obvio para solicitar la condición de refugiado. 
 
Empecé a preguntar por trabajo y, por casualidad, tres semanas más tarde, me encontré con un miembro del staff internacional de MSF que hablaba árabe. Llevé mis documentos a la entrevista y me contrató en el acto gracias a mi formación médica.
 
Pero mis padres aún no estaban contentos conmigo. Continuaron molestándome para que me casara. En el pasado, siempre me había negado a causa de mis estudios, y ahora, estaba ocupado con el trabajo y en comenzar una nueva vida. No quería pensar en tener una esposa. 
 
Sin embargo, mis padres fueron implacables. Poco después, mi padre anunció que estaba comprometido oficialmente con la hija de nuestros vecinos. Fue lo mejor que me ha pasado.
 
Ahora tenemos una niña y nos hemos mudado a nuestra propia tienda. La vida en el campo no siempre es fácil; hay cortes de energía seis horas al día y una gran cantidad de polvo. De todas maneras, tenemos trabajo dentro y fuera del campamento; tenemos dignidad.
 
Estoy agradecido por todo lo que me ha pasado, pero sobre todo, estoy agradecido porque me casé con una mujer buena y porque tengo un gran trabajo. De repente, toda nuestra dolorosa vida reconstruida, comenzó a complicarse.
 
Mi hija Helma, que ahora tiene ocho meses, tiene problemas de salud. Soy un enfermero especialista en reanimación -puedo darme cuenta cuando algo está seriamente mal. Ella ha estado teniendo convulsiones, pero no está claro por qué y ninguno de los tratamientos ha funcionado. Como su padre, debo hallarle la mejor atención médica.
 
Si tuviera pasaporte, saldría inmediatamente y la llevaría al mejor hospital de Alemania, donde sé que mi hija recibiría el tratamiento adecuado. Pero soy un refugiado, sin pasaporte. 
 
Estoy atrapado y no puedo ir a ninguna parte. Mi esposa tampoco tiene pasaporte -de hecho, al igual que muchos sirios kurdos, no tiene ni siquiera un documento de identificación sirio.
 
No quiero viajar ilegalmente con mi hija - sería demasiado peligroso para una niña que está tan enferma. Yo mismo lo he hecho, así que sé lo peligroso que puede ser cruzar las fronteras de forma ilegal. La única forma posible es aplicar a través de la ONU para un tratamiento médico en el extranjero, pero se necesita tiempo y hay muchos otros refugiados en la misma situación que nosotros.
 
Los nombres han sido modificados.