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17.12.2020

El desplazamiento y la migración en lugares afectados por la violencia son una realidad e impacta fuertemente en la salud física y mental de la población. A pesar de esto, estas situaciones son invisibilizadas y las personas migrantes, retornadas y desplazadas no reciben la atención necesaria y, además, los mecanismos de ayuda no son suficientes ni adecuados.   

En Médicos Sin Fronteras expresamos nuestra preocupación sobre esta realidad y pedimos que se tomen acciones adecuadas que permitan garantizar la protección y la asistencia médica para las personas que son forzadas a huir. Los siguientes testimonios, recabados por nuestro equipo en El Salvador, evidencian este fenómeno. 

“No logré llegar a Estados Unidos, pero lo intentaría de nuevo”

Testimonio de un migrante salvadoreño menor de edad*

Mi nombre es Eduardo. Vivo en una comunidad de un municipio de San Salvador, en El Salvador. Yo me fui del país en octubre del 2020 para ayudar a mi familia. Una mañana, me despedí de mi mamá. No me dejó despedirme de mis hermanos porque me dijo que se pondrían a llorar. Caminé por la calle hasta tomar un bus y pensé “ya nunca voy a volver a este lugar y sentí tristeza y ansiedad. El bus me llevó a la frontera. 

Llegué a la frontera con Guatemala acompañado por un familiar. Cada uno habíamos pagado 800 dólares por un guía. Nos tuvimos que bajar y debíamos cruzar el río. Nos dijeron que nos teníamos que desnudar, una chica se quedó en ropa interior. Tuvimos que cruzar rápido, escondidos de la policía. Nos dijeron que a veces les disparan desde arriba, así que teníamos que correr. Nos subimos en un vehículo que nos esperaba y nos perdió en un pueblo hasta llegar a una casa. La dueña de la casa y el señor del vehículo nos dijeron que les teníamos que pagar más. Un pan esa noche fue mi primer bocado. 

Cruzamos Guatemala en carro, esquivando retenes de la policía. Cruzamos a México por la noche, escondidos y ya dentro de México nos paró la policía. Una patrulla nos encontró y el señor que nos acompañaba les dijo que éramos familia. Mientras hablaba, escapamos corriendo. 

En México, nos tocó caminar. Decían que en la primera parte debíamos caminar al menos 200 kilómetros. Y así hicimos. Caminábamos bajo el sol y en la carretera se veía a las serpientes cruzando. Daba miedo porque eran grandes. Esas mismas serpientes pasaban alrededor nuestro cuando descansábamos o nos escondíamos ahí de la policía. 

No llevábamos nada con nosotros, solo una botella de agua, un poco de dinero y la mascarilla. Perdí la mascarilla, era mía, me sentí triste y con temor pues me podía enfermar de COVID-19 y nadie allá lleva mascarilla. El agua se nos terminaba, solo me quedaba un poco en la botella. En eso, vimos un poco de agua que salía para regar los cultivos. Corrimos a llenar la botella, pero una vez llena, la botella se volvió café, el agua estaba sucia y habíamos desperdiciado nuestra agua limpia, nos tocó botarla. No teníamos más. Y aún teníamos que caminar, nos tocaba tomar agua de nuestro propio sudor, del que se quedaba en la camisa. Pero finalmente, aprendimos que debíamos tomar del agua sucia y de los charcos en los cultivos.

Seguíamos caminando, bajo el sol. Un día pudimos llamar a nuestros familiares en Estados Unidos. Todos nos dijeron que nos regresáramos, que en la frontera estadounidense estaba más difícil, que ni siquiera estaban aceptando a menores de edad ni embarazadas y que ignoraban las solicitudes de asilo. Me dijeron que me iban a mandar el dinero para pasar con coyote pero que volviera a El Salvador, así que decidí entregarme a las autoridades, pero para hacerlo, tuve que volver todo lo que había caminado y separarme de mi familiar, que siguió el camino. Volví en vehículo, y miraba que todo lo que había avanzado había sido en vano.

En una ciudad, fui al consulado de un país centroamericano, y no me quisieron ayudar porque no era salvadoreño. Estaba solo, me sentí sin esperanzas y con miedo. Yo solo ahí, y sin ayuda. Me puse a llorar en la puerta y alguien me llevó a la policía de migración. Ahí vi una señora a la que su marido le había cortado los dedos. Eso me impactó.

Me dirigieron a un centro de migrantes. Éramos miles ahí, separados. Yo estaba con los menores de edad, cuando cumplí mis 17 años. Pude hablar con mi familia, mi madre lloraba y me dijo que mi familiar se había entregado. Sin darnos cuenta habíamos estado en el mismo centro. 

Nos dijeron que pronto a los menores también nos enviarían de vuelta a nuestros países. Algunos llevaban semanas, otros incluso meses. Un niño centroamericano vivía en México desde hacía mucho tiempo, pero las autoridades lo encontraron en la calle vendiendo y lo iban a deportar. Los papás estaban en México y estaban viendo cómo sacarlo. Yo estuve ahí unos diez días. Finalmente, nos subieron en un vehículo, pensábamos que ya íbamos al aeropuerto, pero no fue así: nos llevaron a otro albergue. 

Todo se complicó por los huracanes Iota y Eta, cancelaron los vuelos. Solo sabíamos que dos grandes huracanes estaban a punto de golpear Centroamérica. Muchos lloraban, sobre todo los hondureños y nicaragüenses, porque sus familias no les contestaban. Pensaban que algo les había pasado. Yo no lloraba. Sentía que pronto iba a volver a ver a mi familia. Pero en el segundo albergue todo se salió de control. Todos estábamos mezclados, adultos y niños. Había quienes decían que pertenecían a pandillas. Eso me dio miedo, pero no lo demostré. Yo solo observaba. Un día escuché que uno amenazó de muerte a otro, porque era sucio. Pero dijo que no lo mataría porque quería volver a su país. 

Luego de casi dos semanas, nos enviaron de vuelta. Me vine en avión y pude ver desde arriba todo lo que había cruzado. Al volver, nos hicieron la prueba para la COVID-19. Me dolió mucho. Muchos lloraban después que se las hacían. Yo no lloré. 

Al volver en bus a San Salvador, desde la ventana vi a muchas personas afuera del lugar esperando a sus hijos. Entre ellas vi a mi madre esperándome, pero nos dijeron que no nos podíamos abrazar. 

Yo me fui de El Salvador y quería irme a Estados Unidos porque buscaba mejores oportunidades y quiero ayudar a mi familia. No pude llegar a Estados Unidos, pero si tengo la oportunidad, volvería a intentarlo.

*Recopilado por Gabriela Escalante, secretaria de MSF en San Salvador y Luis Romero, coordinador de terreno.

 

El estigma de la migración en tiempos de violencia y coronavirus*

Apenas tres días después que el primer caso del nuevo coronavirus se registrara en América Latina, volví a El Salvador luego de trabajar como coordinador de proyecto para Médicos Sin Fronteras en la frontera colombo-venezolana. Ahí, el equipo de MSF trabaja brindando atención en salud primaria integral a migrantes venezolanos que, aparte de enfrentar condiciones de vulnerabilidad, no tienen acceso a salud. También se enfrentan a la xenofobia: varias personas me dijeron que, aparte de traer la delincuencia, el virus sería traído por los venezolanos a Colombia, que era necesario reforzar más las fronteras.

El conflicto entre las principales guerrillas colombianas y las fuerzas de seguridad se estaba reactivando, generando desplazamientos forzados internos a causa de la violencia. A algunos de estos respondimos con clínicas móviles. Y este es uno más de los escenarios que enfrentan en común la población local y los migrantes. 

Volví a San Salvador a coordinar el proyecto en medio del confinamiento temprano por la COVID-19 decretado por el gobierno salvadoreño. 

El primer caso de coronavirus en El Salvador, anunciado por el gobierno, fue de un hombre que entró al país por un punto ciego. Inmediatamente, y por meses, hubo una situación de incertidumbre. Nadie podía andar por las calles, la policía y las pandillas castigaban a las personas que no acataban las medidas, escasearon la comida y el agua. Y la violencia a causa del conflicto entre pandillas y fuerzas de seguridad, siguió.

Desde MSF, nuestros equipos llevaron atención de salud mental a centros de contención en donde las personas que ingresaban deportadas desde Estados Unidos o México permanecían en la incertidumbre a esperas de salir a las calles de un país del cual huyeron. Y el que, al salir, no les brindaba oportunidades. 

La persecución al migrante también se producía fuera de los centros: Un día nos llamaron de una comunidad en el que un retornado estaba siendo acosado. Había emigrado desde El Salvador buscando nuevas oportunidades, se estableció en Europa y regresó a El Salvador solo para visitar por unos días a su familia. La suspensión de los vuelos internacionales lo dejó en tierra, no podía regresar a Europa. La pandilla local, que lo acusaba de portar el virus, lo había expulsado de la comunidad. Si no se iba, lo iban a agredir. 

Coordinamos con el Ministerio de Salud y nuestros equipos para poder dar seguimiento a él y a su familia en caso de que presentara síntomas, y le ofrecimos el resto de nuestros servicios, médicos y psicológicos.  

Lo mismo hicimos en otra comunidad, donde la pandilla y la comunidad tenían rodeada una vivienda, exigiendo que un señor que había trabajado en Honduras y regresado en los días anteriores al cierre de fronteras, se fuera. Realizamos también actividades de sensibilización con la población local, por teléfono o videollamada, debido a la incapacidad de hacer actividades grupales para prevenir contagio de COVID-19. Pero la historia se repetía. En otra comunidad, la policía capturó a un señor por denuncia de ser migrante, y llevado a un centro de contención. No fueron episodios aislados.

*Luis Romero, coordinador de terreno en San Salvador

 

 

“Mataron a mi esposo y nos obligaron a dejar el hogar”

Un grupo de pandilleros encapuchados que controlaban la zona, querían el hogar de Leticia (nombre ficticio) para convertirla en “su casa destroyer”. A partir de ese deseo, las amenazas hacia ella y su familia llegaron, pero cada vez se negaban a entregar la casa que había sido su hogar por varias generaciones.

Una tarde, los encapuchados decidieron no esperar más. Se acercaron a las puertas y ventanas y apuntaron con sus armas. Sin aviso, entraron a la fuerza para hacer valer sus peticiones. El esposo de Leticia corrió, pero sus hijos se paralizaron bajo la advertencia “no corran o los mataremos”. Dispararon. “¡Mataron a mi papito!”, “no, no le dieron”, gritaban sus hijos esperanzados a que la puntería de los hombres quizás había fallado. “Si, lo mataron”, decía la inconsolable Leticia a sus hijos. 

Tenían que irse lo más pronto posible de ahí o los mataban a todos. Huyó con sus hijos por temor y sin alternativas. El dejar atrás sus terrenos, sus medios de vida y sus siembras, fue otro golpe más para esta familia. Sin resguardo y expuestos, se dedicaron a buscar refugio en San Salvador. En busca de ayuda, llegaron a una institución donde MSF brindamos atención médica y de salud mental. Es ahí donde nos encontramos con Leticia y su familia. “Estoy viva, pero tengo perdida la mente en medio de tanto desconsuelo”, me dijo en su llegada. “Quiero platicar sobre todo este dolor que llevamos dentro. Que nos digan cómo volver a construir nuestras vidas.” Después de asistir a las consultas médicas y varias sesiones de salud mental, tanto Leticia como sus hijos se han sentido mejor, más aliviados. Continuó buscando un hogar donde establecerse. 

“Santiago”, psicólogo de MSF.