12.05.2019
A. es una enfermera de 26 años que trabaja con MSF en Mozambique. Ella y sus hijos sobrevivieron al ciclón Idai, pero su esposo falleció. A pesar de la tragedia, atiende a pacientes en las zonas más remotas de Mozambique, en comunidades que resultaron devastadas debido al ciclón. Esta es su historia.
 
"Nací en una ciudad pequeña, pero me mudé a Nhamatanda para estudiar enfermería. Conocí a mi esposo en un partido de fútbol, justo aquí en este terreno donde aterrizó un helicóptero para establecer una clínica móvil. Él estaba estudiando para ser profesor. Es usual organizar partidos entre estudiantes de enfermería y educación, y en uno de estos juegos nos enamoramos.
 
En 2015, nos graduamos y muy pronto nos casamos. Nos mudamos a su casa para comenzar una familia cerca de sus padres. Tuvimos a nuestro hijo, que ahora tiene dos años, y mi esposo me ayudó a criar a mis otras dos hijas, de mi primer matrimonio.
 
Él encontró un trabajo como profesor en Buzi y se mudó lejos de casa para enseñar en una escuela primaria. Nos visitaba cada mes. Estaba tan orgullosos de su trabajo enseñando a los niños y niñas a convertirse en mejores ciudadanos. Mientras tanto, me hice cargo de la casa y trabajé aquí y allá para llegar a fin de mes. Éramos felices.
 
Todo cambió el 14 de marzo de este año.
 
Ya sabíamos que se avecinaba un mal clima, pues escuchamos en la radio las noticias del ciclón. Pero nada podría habernos preparado para lo que sucedió. Mi esposo nos llamó justo antes de que golpeara para preguntar cómo estábamos y decirnos que nos mantuviéramos a salvo. Estaba muy preocupado, pero le dijimos que nos cuidaríamos. A su vez, el dijo que haría lo mismo y que nos amaba. Esa fue la última vez que hablamos.
 
Empezó a llover a las 10 de la noche. No puedo explicarte cómo fue, pero nunca en mi vida, ni en la de mis padres y abuelos, habíamos visto llover así. El agua comenzó a subir en nuestra casa y los muebles flotaban. Puse a mis hijos en la mesa de la cocina para que no se mojaran y oré porque tenía mucho miedo. Pensé en mi marido.
 
Todo lo que sé sobre su lo que le pasó lo escuché de sus colegas y amigos que estuvieron con él esa noche. Dicen que el agua comenzó a subir en la escuela hasta que alcanzó sus cuellos y tuvieron que nadar hasta el techo. Pero pronto el techo también estaba cubierto de agua y la corriente era fuerte. Las personas tuvieron que nadar hasta los árboles más cercanos y rezar para que éstos resistieran los vientos y el agua. Mi esposo y muchos otros subieron al árbol equivocado. Él cayó al agua y fue arrastrado por la corriente. Pasó muchas horas aferrado al árbol y se quedó sin fuerzas para nadar. Muchos niños de la escuela murieron de esta manera porque sus brazos eran débiles.
 
Al día siguiente, muchos cuerpos aparecieron en las costas de Beira. Después de dos días sin recibir noticias de él, sus hermanos fueron a la playa para buscar a mi esposo entre esos cuerpos. Pasaron un día entero bajo el sol, pero no lograron encontrarlo. Quienes fueron encontrados son afortunados, pues sus familias tuvieron la oportunidad de decir adiós. Yo no tuve esta oportunidad.
 
Pasé dos días en cama después de lo ocurrido, sin poder moverme ni hacer nada. Mi casa quedó destruida, mi esposo falleció… mi vida cambió por completo en una noche. Y de pronto, una mañana me azotó el siguiente pensamiento: estaba desempleada, sola, y con tres hijos. Tenía que luchar.
 
Gran parte de mi fortaleza para seguir adelante proviene de mi profesión como enfermera. Una enfermera debe ser fuerte. Vemos tristeza y dolor todos los días, y nuestra función en el mundo es brindar apoyo y atención médica. ¿Cómo puedo llorar cuando mi trabajo es consolar a quienes sufren? Esta tragedia no solo me golpeó a mi o a mi casa; hay muchas personas a mi alrededor que han sufrido y perdido demasiado. Nunca olvidaré lo que sucedió, pero seguiré adelante, no solo por mí, sino por los demás.
 
Mi trabajo en MSF me lleva a lugares donde las personas han perdido mucho más que yo, y me ayuda a darme cuenta de cómo esto ha afectado a mi gente. Cuando tus compatriotas observan el paisaje desde un helicóptero, tú ves las áreas inundadas y los árboles caídos, pero hay muchas más cosas que no puedes ver. Debajo de las aguas, debajo de las ramas rotas, nos encontramos nosotros, nuestras historias, nuestra tristeza y nuestra determinación de vivir.
 
Todavía no le he dicho a mi hijo que su padre está muerto. No he podido encontrar la fuerza para hacerlo, aunque lo intento. Él es muy pequeño. Cuando me pide que llame a su padre, llamo a uno de sus tíos y le pido que finja ser su padre. Sueño con que mis hijos estudien y terminen la escuela. A veces me permito soñar con reconstruir nuestro hogar, y tal vez incluso agregar una pequeña tienda para vender comestibles a mis vecinos. Espero que mi esposo esté orgulloso de lo que nos convertimos ahora que se ha ido ".