05.09.2016
Testimonio de una paciente, recogido por Shaista Aziz
 
Amina, de 15 años, parece tener el peso del mundo sobre sus hombros. Su pequeño cuerpo parece encogerse aún más mientras habla sobre lo que ha vivido. 
 
A su lado, durmiendo en una cama de hospital, se encuentra su hijo Yaqub, a quien dio a luz hace unos días en la clínica de MSF en Maimusari, a 15 kilómetros del centro de Maiduguri, la capital del Estado de Borno que se localiza en el noreste de Nigeria
 
La clínica de MSF en Maimusari está llena de mujeres y niños. En cualquier lugar al que mires, las mujeres están sosteniendo a sus bebés o sentadas en las bancas esperando ser atendidas por el personal sanitario. Digo “mujeres”, pero muchas de las caras en la multitud pertenecen a niñas adolescentes como Amina. Algunas de estas niñas ya han dado a luz a su segundo o a su tercer hijo. 
 
Más de 500 mujeres y niños son atendidos diariamente en la clínica de MSF, y más de 70 bebés nacen semanalmente en el lugar. MSF gestiona departamentos para pacientes internos y externos, uno de maternidad, y proporciona servicios prenatatales en la instalación. La organización también gestiona un centro ambulatorio de alimentación terapéutica para niños con desnutrición. 
 
Amina dice que es la segunda esposa de su marido, quien tiene cinco hijos más con su primera esposa. Cuenta que no tiene idea de dónde está y que no ha conocido a su hijo recién nacido. 
 
Amina es oriunda de Bama, una ciudad en el noreste de Nigeria, en las líneas de combate del conflicto entre el ejército de Nigeria y Boko Haram. El conflicto ha dejado a más de 2 millones de personas desplazadas y enfrentándose a una creciente crisis nutricional. 
 
Amina fue evacuada de Bama y referida a la clínica de MSF en Maimusari. El viaje le llevó dos horas y media, porque el camino está en una mala condición y además es peligroso, ya que está lleno de retenes militares y cerca del bosque de Sambisa en Gwozah, en donde se dice que Boko Haram tiene una base. 
 
“No recuerdo el viaje de Bama a Maiduguri porque estaba tan adolorida que me desmayé,” cuenta Amina. “Mi hermana más joven, Noor, de cinco años, me acompañó durante el viaje. ¿Estaba asustada? He pasado toda mi vida asustada. Esta situación no fue diferente.”
 
“Es muy difícil ser una chica en este lugar,” agrega Amina. “Muchas cosas malas le pasan a las chicas, cosas inexpresables, y comienzan a sucederles a niñas pequeñas de incluso 10 años.”
 
 
Amina retuerce la tela de su vestido mientras habla y desvía la mirada frecuentemente, intentando evadir el contacto visual con la enfermera que está con nosotras en la habitación. “Lo que puedo decirte es que es imposible para mí hablar de estas cosas.”
 
Le pregunto cómo se siente ahora que es madre. Encoge sus hombros y después se inclina hacia atrás y mira a la distancia.
 
En el mismo cuarto que Amina se encuentran dos mujeres recostadas en camas junto a sus bebés recién nacidos. Las madres, que se ven más grandes, cuidan a sus hijos con más experiencia y apego, abrazando a sus bebés mientras los alimentan de pecho. En una cama hay unos gemelos que se acurrucan en las mantas sobre las que están acostados. Muchas de las madres tienen rostros inexpresivos. Se ven extremadamente cansadas. 
 
Fatima, de 35 años, dio a luz a su sexto hijo. Cuenta que su bebé nació de forma segura gracias a MSF y que está agradecida de haber tenido a dónde ir en su momento de necesidad. 
 
“Me sentí segura aquí, sabía que sería bien atendida y que mi bebé estaría sano. No sé lo que me depara el mañana, sólo puedo esperar lo mejor para mi bebé y todos los niños.”
 
Etsuko Nakamura, partera de MSF, está realizando sus guardias en la clínica. En la sala de partos, una mujer acaba de dar a luz y tiene placenta retenida, una condición que puede ser mortal y puede causar infección. Las enfermeras masajean su útero para intentar lograr desprender la placenta. 
 
Otra mujer se encuentra en trabajo de parto y el personal se está preparando para atenderla. 
 
“Nuestras pacientes generalmente tienen una mala salud, y para la mayoría es bastante difícil asistir con un médico porque no tienen el dinero o porque sus familiares no lo consideran una prioridad,” explica Etsuko Nakamura. 
 
“Asistimos en el parto de alrededor de 15 bebés diariamente; muchas de las mujeres han tenido embarazos y partos en un corto espacio de tiempo. Sus cuerpos están débiles y exhaustos. Como siempre pasa en nuestro trabajo, vemos el impacto diario del conflicto y la pobreza. Vemos cómo las vidas de las mujeres y los niños se vuelven más difíciles a causa de la violencia y la inestabilidad. Las mujeres y los niños son los más vulnerables y quienes más sufren.”
 
 

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