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11.10.2021
Durante meses, la población de Nzacko ha huido de su pueblo sin poder acceder a la asistencia humanitaria debido a la inseguridad. Hace unas semanas, un equipo de Médicos Sin Fronteras (MSF) fue el primero en llegar nuevamente a esta localidad cuya historia refleja la crisis que vive la República Centroafricana (RCA) desde hace años.
 
Cuando el personal de MSF y los automóviles con suministros ingresan a Nzacko una tarde de julio, el paisaje ofrece una sucesión de edificios demolidos cubiertos de vegetación, automóviles quemados, mercados y tiendas abandonadas. Reina el silencio, que contrasta con la furia de los enfrentamientos que resuenan en esta zona desde hace meses.
 
 
Como tantas otras aldeas de República Centroafricana, Nzacko se ha enfrentado regularmente a los ataques, saqueos, extorsiones y destrucción en la última década. Sus 15,000 habitantes se han visto atrapados en un ciclo de violencia que afecta drásticamente sus condiciones de vida.
 

"Durante el parto, solo había limón para desinfectar"

Rose*, de 44 años, lo sabe muy bien. Como otras personas de Nzacko, ha experimentado las consecuencias del colapso de su pueblo y su país.
 
"En 2013, nuestras vidas dieron un vuelco", recuerda. "A causa de la violencia y las masacres, tuvimos que huir y escondernos durante meses. No teníamos mucho para comer y mi hija comenzó a enfermarse gravemente. Cuando finalmente regresamos a casa, no había alimentos en la ciudad. Mi hija sufría de desnutrición. Fuimos al centro de salud, pero no había nadie, el personal de enfermería había huido a Bangassou. Mi hija murió esa noche. Con la ayuda de nuestros vecinos, la enterramos a unos metros de la casa”.
 
 
Tres años después de esta tragedia, Rose estaba a punto de dar a luz cuando se reanudaron los enfrentamientos masivos en el pueblo, que resultaron en la destrucción de más de 10,000 viviendas y un nuevo ciclo de miseria para la población.
 
"Obviamente no pude huir y el puesto de salud fue abandonado de nuevo", comenta. "La única partera que quedaba en Nzacko vino a mi casa para ayudarme. Solo tenía una manta de plástico y un limón para desinfectar sus tijeras. Ni siquiera había jabón. Di a luz sobre esa manta... pero cuando mi hija nació, no la oímos gritar, ni llorar. Murió unas horas después. La enterramos junto a su hermana".
 
Esta doble tragedia persigue a Rose y su familia, que tuvieron que huir nuevamente en enero, cuando se reanudaron los enfrentamientos, como sucedió en todo el país tras las elecciones presidenciales de finales de 2020.
 
"Estuvimos cuatro meses en el bosque", dice Jean-Marie*, el esposo de Rose. "Una vez más, luchamos por encontrar alimentos. Todos estábamos muy débiles, especialmente los niños y niñas".
 

Un pueblo aislado de  la ayuda vital

Al igual que Jean-Marie y Rose, la mayoría de las personas de Nzacko huyeron de su pueblo, viviendo en condiciones muy precarias, sin acceso a la asistencia humanitaria a causa de la inseguridad.
 
Es una situación crítica que en realidad ha estado sucediendo durante años.
 
"Con la excepción de MSF, pocas organizaciones han tenido acceso al pueblo desde 2017 a pesar de que la situación allí es preocupante por la desnutrición y las enfermedades transmitidas por el agua", confirma Pelé Kotho-Gawe, supervisor de enfermería de MSF para el viaje a Nzacko. "Aunque nuestros viajes fueron cortos, logramos llegar. Pero con la reanudación de los enfrentamientos a principios de este año, el acceso se ha vuelto imposible".
 
Cuando terminaron los enfrentamientos, Rose, Jean-Marie y el resto de la población regresaron gradualmente a Nzacko. En julio, MSF fue la primera organización humanitaria que pudo volver a la aldea para evaluar las necesidades y apoyar al único centro de salud existente.
 
"Cuando llegamos, nos encontramos con un centro de salud en ruinas", cuenta Pelé, quien lideró el primer viaje de MSF unos días antes. "La farmacia estaba vacía. El equipamiento no existía o era inadecuado, y el personal no estaba lo suficientemente capacitado para brindar una atención adecuada a la población mientras las necesidades eran enormes. En el bosque, la malaria y la desnutrición habían hecho estragos".
 
 
El equipo de MSF que entró en el pueblo esta tarde de julio partió esta mañana temprano desde Bangassou, 190 kilómetros al sur. Los automóviles tardaron más de 10 horas en llegar a su destino. En la temporada de lluvias, el camino está repleto de lodo y cruzar el río no es fácil. A causa de la tormenta, un árbol cayó en la carretera, lo que obligó al equipo a sacar las sierras bajo la lluvia torrencial y derribar el árbol para permitir el paso a los automóviles.
 
El equipo de MSF llegó sano y salvo. El plan es permanecer aquí cuatro días, para reabastecer los estantes de las farmacias, impartir capacitaciones para el personal sanitario y los trabajadores y trabajadoras de salud comunitarios, gestionar las consultas médicas, instalar paneles solares para proporcionar la electricidad necesaria para la refrigeración de las vacunas. Todo es parte de una carrera contra el tiempo dada la cantidad de pacientes apretujados en dos salas mal equipadas, con paredes agrietadas y camas estrechas.
 

"Está en buenas manos"

Acostada en una de esas camas, Octavia Braza, de 33 años, está a punto de dar a luz a su séptimo hijo. Las contracciones comenzaron hace más de tres horas y se siente débil.
 
"No ha comido en todo el día porque no le queda nada y tiene que alimentar a sus hijos", explica Sylvie Grengbo, la partera del centro. Sylvie es la partera que ayudó a Rose a dar a luz en 2017. "Esto va a ser difícil".
 
Estas situaciones de agotamiento y desnutrición pueden poner en peligro la vida de la madre y su bebé. En los últimos meses, ha habido un aumento notable de la mortalidad materna en la zona. Afortunadamente para Octavia, MSF llegó con glucosa y misoprostol, -un medicamento que ayuda a inducir el parto-, que le sirven de apoyo.
 
Recuperando algo de fuerza, Octavia finalmente puede tomar en sus brazos a su bebé después de cinco horas de esfuerzo. Son las 5:30 pm., el bebé está fuera de peligro. Ella también.
 
El sol se pone lentamente sobre el pueblo. Mañana temprano, el personal de MSF regresará a Bangassou antes de volver aquí la semana que viene. Malaria, desnutrición, infecciones respiratorias ... hay mucho por hacer para satisfacer las necesidades de salud de las personas.
 
Al salir, la población agradeció al equipo pidiéndoles que regresen lo antes posible. Entre la multitud, una mujer dio un paso al frente, apoyada por su hermana y acompañada por su hija. Su nombre es Veronique y está embarazada de siete meses. La joven sufre mucho. El equipo la examina y la conclusión es inmediata: hay que llevarla a Bangassou. Esta vez, el viaje solo durará ocho horas.
 
Una vez llegando al hospital que MSF apoya desde 2014, Pelé Kotho-Gawe la lleva a urgencias.
 
"La mantendremos en observación durante unos días", dice. "Si el dolor continúa, dará a luz aquí. En su estado, quedarse en Nzacko no era una opción. Estoy tranquilo. Está en buenas manos".
 
 
Las buenas manos son muy necesarias también en Nzacko, como en tantas aldeas de República Centroafricana, donde años de guerra y violencia han alimentado una situación catastrófica para las personas.
 
Muchas personas en República Centroafricana carecen de los servicios esenciales más básicos. Según la ONU, se considera que más de la mitad de la población necesita asistencia humanitaria. Cerca de 1,4 millones de personas están desplazadas o refugiadas. RCA, sigue siendo uno de los países con las situaciones más críticas en términos de esperanza de vida, mortalidad materna, desnutrición y falta de acceso a la atención médica.
 
* Por razones de privacidad, los nombres fueron cambiados.